Hay un dato que condensa la mutación del mercado editorial en la última década: una mujer que dedicó quince años de su vida a la abogacía y quince más a consolidar una carrera novelística de gran escala, tomó la decisión de cambiar de género y formato. Viviana Rivero, la escritora nacida en Córdoba en febrero de 1966, presentó en Buenos Aires su libro número 16, un volumen de relatos titulado Ellas, editado por Plaza & Janés bajo el sello de Penguin Random House, conglomerado al que selló su traspaso recientemente. La novedad no es menor. La autora, que se consolidó como referente del realismo romántico y la novela histórica en Argentina y en toda la región de habla hispana, abandonó esta vez la extensión tradicional de la novela para incursionar en el micro relato y el cuento breve. La decisión, según explicó la propia Rivero en una conversación mantenida en el café del Hotel Anselmo en el barrio porteño de San Telmo, rodeada de su equipo editorial, no obedeció a una imposición de mercado ni a un cálculo estratégico de ventas, sino a una conversación con su hermana, a quien describió como una lectora voraz. La hermana le confió que le costaba mucho leer, que le generaba reparo comprar un libro de cuarenta mil pesos sin saber si lograría terminarlo, y que por las noches se quedaba pegada al celular con las redes sociales. Ese testimonio íntimo funcionó como disparador. Si le estaba pasando a su hermana, razonó la escritora, le estaría pasando a muchas lectoras. Así nació Ellas, subtitulado Historias breves y no tanto de mujeres como vos, un libro que reúne alrededor de cien relatos que retratan vivencias comunes a las mujeres: la mujer que corre sola a la noche para llegar a salvo a su casa, la que da pelea para participar en una competencia reservada tradicionalmente a los hombres, la que decide sobre la posibilidad de maternar, la que resiste las presiones estéticas, la que discute por un lugar en un mundo laboral asimétrico y la que brega por el reconocimiento de las tareas de cuidado como trabajo.
La génesis del proyecto tiene un componente metodológico que resulta revelador del oficio de escribir. Rivero no se limitó a inventar ficciones de gabinete: salió a recolectar testimonios reales. Le pidió historias a sus amigas íntimas —aunque reconoce que esas caben en una mano—, a sobrinas de dieciocho años que aún no terminan de trazar sus caminos, a una señora de setenta u ochenta años, a la mujer que trabaja en su casa. A algunas les cambió el nombre porque le contaron cosas fuertes; otras le pidieron explícitamente que aparecieran con su nombre real. Al final de cada relato, la autora incluye una nota en la que aclara el origen testimonial de cada historia y el tratamiento dado a la identidad de la fuente. Esa decisión editorial dota al libro de una capa documental que lo distingue de la ficción pura y lo aproxima al territorio del testimonio recogido y transformado en literatura.
El volumen no se agota en las voces contemporáneas. Incluye también un apartado de relatos que la autora denomina históricos, fruto de una investigación meticulosa. Entre ellos recupera dos episodios de valor simbólico mayor. El primero es el paro total de mujeres en Islandia del 24 de octubre de 1975, cuando el 90 por ciento de las mujeres del país dejaron de trabajar, tanto en empleos remunerados como en las tareas domésticas, en una jornada bautizada como Kvennafrídagurinn, el Día Libre de la Mujer. Con una población de doscientos veinte mil habitantes, veinticinco mil mujeres se concentraron en Reikiavik para exigir igualdad salarial y reconocimiento del trabajo no remunerado. Las fábricas de pescado debieron cerrar temporalmente ante la ausencia de su fuerza laboral femenina. El evento, coordinado por las cinco organizaciones de mujeres más grandes del país, con treinta mil afiliadas en total, se convirtió en un punto de inflexión que la historiografía contemporánea asocia directamente con la posterior elección de Vigdís Finnbogadóttir como primera presidenta mujer de Islandia en 1980. El segundo relato histórico que recupera Rivero es el de Vera Menchik, la ajedrecista nacida en Moscú en 1906 que se convirtió en la primera campeona mundial femenina de la historia en 1927, a los veintiún años, ganando diez partidas, empatando una y no perdiendo ninguna. Menchik fue la única mujer de su época admitida en torneos de maestros de nivel internacional, compitiendo contra los mejores jugadores del mundo y venciéndolos con regularidad. Defendió su título mundial durante diecisiete años consecutivos hasta su muerte en 1944, cuando una bomba alemana sin piloto destruyó su casa en Londres y borró todos sus registros, trofeos y anotaciones. De ella solo quedó una medalla de oro abollada de 1939 rescatada entre los escombros.
La estructura interna del libro incorpora una clasificación visual que facilita la navegación del lector. Cada relato está catalogado con un ícono que anticipa su tono: los relatos duros y amargos se marcan como una taza de café; los dulces, como un trozo de torta de chocolate; los agridulces, como la salsa chutney; y los picantes, aquellos protagonizados por mujeres que se atrevieron a hacer cosas prohibidas y traspasaron límites, llevan la marca de la pimienta. Ese sistema de clasificación cumple una doble función: orienta al lector sobre el registro emocional de cada pieza y condensa una poética de la experiencia femenina que oscila entre la dureza, la dulzura, la ambivalencia y la transgresión.
El contexto editorial en el que aparece Ellas no puede soslayarse. La autora venía de publicar en un lapso de tres años Apia de Roma (2023), Los soles de Santiago (2024) y Secretos de sangre, su primera novela bajo el sello Penguin Random House, presentada en noviembre pasado como continuación de su ópera prima. Secreto bien guardado, publicada originalmente en 2010, narraba la historia de amor entre una joven de familia judía acomodada y un diplomático nazi enviado a la Argentina en nombre del Führer, con el Hotel Edén de las sierras cordobesas y el hundimiento del buque Graf Spee en el Río de la Plata como telón de fondo. La novela fue un best seller a pocos meses de su edición y terminó convertida en formato audiovisual con Oriana Sabatini y Victorio D’Alessandro en los roles protagónicos. Secretos de sangre retomó esa historia quince años después, apelando a dos tiempos narrativos en los que los actos del pasado tienen consecuencias en el presente y los descendientes de los protagonistas originales descubren a sus antepasados. El nazismo, el hundimiento del Graf Spee, el mundo gitano y los poderes medicinales de una laguna cordobesa atraviesan dos historias de amor en dos temporalidades.
Rivero, que se formó en Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba y trabajó como litigante, asesora legal de empresas y capacitadora en autoliderazgo para el desarrollo de la mujer antes de cerrar su estudio en 2010 y dedicarse de lleno a la escritura, declaró que este libro lo escribió en sus ratos libres, al terminar Secretos de sangre. La diferencia entre la práctica de la novela histórica y el micro relato no es menor: mientras que la primera exige vivir inmerso en la época retratada durante meses —la autora confiesa que en los últimos dos meses de escritura de una novela apenas tiene otro tema de conversación que no sea la ambientación de la obra—, el relato breve le permitió un registro más inmediato, más cercano a la oralidad y a la crónica íntima.
Las implicancias de este cambio de formato trascienden a la propia autora. De un lado, evidencia una transformación estructural de los hábitos de lectura: el incremento del coste del libro, la competencia de las pantallas y la fragmentación de la atención del lector están reconfigurando los formatos con los que la industria editorial llega a sus públicos. El testimonio de la hermana de Rivero que, pese a su condición de lectora apasionada, se sentía incapaz de enfrentar una novela de extensión tradicional, resume en una anécdota lo que las estadísticas de venta ya venían marcando. Decir que Ellas responde únicamente a esa lógica comercial sería simplificar un gesto que también es estético y político: la decisión de dar visibilidad a cien voces femeninas distintas, de distintos estratos sociales, edades y circunstancias, constituye en sí misma una intervención en el debate público sobre la representación de las mujeres en la literatura. La propia autora lo planteó en otros términos, al sostener que además de un libro de historias, Ellas funciona como una herramienta para que los hombres puedan comprender con mayor profundidad la realidad que atraviesan las mujeres a diario.
El dato biográfico no es menor en la lectura del libro. Rivero estudió Derecho en Córdoba y ejerció como abogada hasta 2010, año en que cerró su estudio y se dio un año de gracia para apostar a la escritura. A la abogacía nunca regresó. Esta trayectoria —de la profesión regulada a la creación literaria pasando por el entrenamiento de grupos de autoliderazgo femenino y la producción de contenidos audiovisuales— explica en parte la mirada que la autora proyecta sobre sus personajes: mujeres que negocian su autonomía en contextos adversos, que construyen su independencia a partir del trabajo y la decisión, y que frecuentemente descubren que el camino hacia la libertad empieza por el reconocimiento de su propio valor en el orden económico y social. En ese sentido, la frase que titula este artículo, la independencia empieza con el trabajo, condensa el programa narrativo de una escritora que ha hecho de la mujer trabajadora y decidida el eje de sus últimas dos décadas de producción.
Con Ellas, Rivero no abandona la novela romántica que la consagró. Lo ha confirmado explícitamente, y ha dado pistas sobre el tema en el que trabaja, sin descartar además y a futuro nuevos volúmenes de relatos. La coexistencia de ambos registros —la novela extensa y el relato breve— configura un escenario de producción dual que le permite alternar la inmersión histórica de largo aliento con la inmediatez del testimonio recogido y transformado. El resultado, a juzgar por la recepción en la Feria del Libro de Buenos Aires de 2026, donde presentó el volumen y se reencontró con sus lectores, confirma que la apuesta encontró un público dispuesto a acompañarla en el cambio de registro. Los lectores de Rivero, acostumbrados a sus novelas de gran formato, se mostraron dispuestos a transitarla en otro formato. El desafío, ahora, es si el relato breve sostenido puede alcanzar el impacto de una trayectoria novelística que la ha convertido en una de las autoras más leídas de la lengua española, con ediciones en Argentina, México, Colombia, Chile, Uruguay, España, Italia y otros países, y una carrera de dieciséis títulos que no muestra signos de agotamiento.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
