Bastan unos pocos minutos de recorrido por el séptimo piso del Palacio Libertad para comprender que la muestra de Mariela Yeregui no es una exposición convencional. Su título, «No me quedan más lágrimas», y su subtítulo, «Exhibición donde las lágrimas en su fuerza y fragilidad se vuelven una experiencia compartida», anticipan una premisa estética e intelectual poco frecuente: convertir el llanto, un gesto fisiológico efímero y por tradición íntimo, en materia de análisis científico, político y artístico. La muestra, que puede visitarse hasta finales de noviembre, reúne el trabajo de una artista cuya trayectoria combina la práctica visual con la investigación académica, y que ha desarrollado un proyecto sostenido durante tres años dedicado a un único propósito: coleccionar sus propias lágrimas y transformarlas en obra.
Yeregui, fundadora y directora de la Maestría en Tecnología y Estética de las Artes Electrónicas de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), y profesora asociada del Departamento de Digital + Media de la Rhode Island School of Design, presenta esta exhibición en diálogo con su amiga y colega Gabriela Golder, quien actúa como curadora. La propuesta se completa con la participación de dos artistas invitadas: Julia Pagani, hija de Yeregui, y Mene Savasta, acompañadas por el diseño de montaje de Leo San Juan. Las instalaciones, los textiles, las pinturas y los videos materializan un recorrido en el que la lágrima guía la experiencia y adopta formas diversas a lo largo de las dos salas.
El proceso creativo de Yeregui se sustentó en una decisión metodológica rigurosa: durante tres años, la artista recolectó sus propias lágrimas y las destinó a distintos usos. Una parte fue observada bajo dos microscopios, revelando estructuras cristalinas y morfologías que no son visibles a simple vista. Otra porción del material se empleó para ablandar pinturas al agua, estableciendo un vínculo material entre el llanto y la práctica pictórica tradicional. Una tercera línea de trabajo integró las lágrimas en tejidos, bordados e instalaciones que combinan lo performático, lo digital y lo manual. De este modo, el llanto deja de ser un fenómeno fugaz que se evapora en segundos y se convierte en un material persistente, manipulable y susceptible de ser transformado en textura, ritmo, imagen y sistema.
El marco teórico de la muestra encuentra un antecedente directo en abril de 2025, cuando la académica y crítica de arte española Estrella de Diego recibió el Doctorado Honoris Causa de la UNTREF y pronunció una conferencia magistral titulada «Los afectos como una suerte de derecho a las lágrimas». En aquella intervención, y en declaraciones recogidas por la prensa argentina, de Diego problematizó la convención social que desaprueba el llanto público, señalando que «estaba mal visto llorar en público» y que frente a quien llora se responde de inmediato con un ‘no llores’, «como si fuera posible dejar de duelar un sentimiento profundo». La pensadora española introdujo además un concepto central para leer la obra de Yeregui: el denominado ‘síndrome del ojo seco’, según el cual «no lloramos y ello deviene en el ojo seco que, al no llorar, quizás no ve mucho; es un ojo al que le falta al menos un matiz». La cita condensa la hipótesis curatorial de la muestra: la capacidad de llorar no es un defecto o una debilidad, sino una función perceptiva plena, un modo de ver el mundo que la cultura contemporánea tiende a inhibir.
En un ensayo compartido con el medio que publica esta reseña, la artista desarrolla su posición con una densidad conceptual notable: «Comenzar con las lágrimas es comenzar con algo pequeño, casi insignificante. Las lágrimas aparecen y desaparecen rápidamente. Se evaporan. Dejan poco rastro. Y sin embargo cargan una intensidad que excede su escala. Son al mismo tiempo materiales y afectivas, fisiológicas y políticas, íntimas y relacionales. Son constitutivas. Participan en la formación de relaciones entre cuerpos, entornos y sistemas de sentido». Esta declaración ubica la muestra dentro de una corriente de pensamiento que reivindica lo biológico como dimensión política: el cuerpo que llora no aísla al individuo, sino que lo conecta con una red de relaciones, afectos y sentidos compartidos.
La dimensión científica de la obra no es decorativa. Las lágrimas humanas están compuestas por agua, sales, proteínas y lípidos, y son producidas por glándulas reguladas por procesos fisiológicos. La película lagrimal se organiza en tres capas: una capa lipídica superficial, una capa acuosa intermedia y una capa de moco en contacto con la córnea. La función de esta estructura es triple: lubricar la superficie ocular, protegerla de agentes externos y nutrir el tejido corneal. Sin embargo, existen distinciones químicas relevantes entre los tipos de lágrimas. Las lágrimas basales, que lubrican el ojo de manera constante, y las lágrimas reflejas, que responden a irritantes físicos, difieren en su composición de las lágrimas emocionales. Estas últimas, producidas ante estímulos afectivos intensos, presentan niveles más altos de proteínas, hormonas y neurotransmisores, entre ellos prolactina, oxitocina y endorfinas, así como leucina encefalina, un analgésico natural. Esta evidencia bioquímica respalda la tesis según la cual el llanto emocional no es un subproducto casual de la evolución, sino una función diferenciada con efectos medibles sobre el organismo.
Un dato relevante contextualiza la singularidad del fenómeno: entre los mamíferos y las aves, solo la especie humana llora de manera emocional. En el resto de las especies, la producción de lágrimas cumple exclusivamente funciones de lubricación o de eliminación de elementos intrusos. Esta exclusividad filogenética confiere al llanto humano un estatus particular: se trata de un comportamiento biológicamente universal en nuestra especie, pero socialmente regulado, sujeto a normas culturales que varían según época, género y contexto. La muestra de Yeregui interroga precisamente ese punto de tensión entre la fisiología —que produce lágrimas con independencia de la voluntad— y la cultura, que dictamina cuándo, dónde y ante quién está permitido llorar.
La exposición en el Palacio Libertad, organismo que depende de la Secretaría de Cultura de la Nación, se inscribe además en un engranaje institucional mayor. La presencia de Yeregui en el campo artístico internacional se sustenta en una trayectoria que incluye residencias en el HyperMedia Studio de la Universidad de California en Los Ángeles, el Banff Centre for Arts and Creativity en Alberta, Canadá, el Media Centre d’Art i Disseny de Barcelona y la Stiftung Künstlerdorf Schöppingen en Alemania. Su producción ha sido distinguida con el Primer Premio en BEEP_Art de Barcelona, el Primer Premio del Salón Nacional de Artes Visuales de Argentina en 2005, el Tercer Premio del Festival Transitio_MX, el premio MAMBA / Fundación Telefónica en 2004 y el Primer Premio de la Academia Nacional de Bellas Artes de Argentina en 2014. Este currículo sitúa la muestra dentro de un corpus de trabajo que cruza el net.art, las intervenciones en espacios públicos, las videoesculturas y la robótica, campos en los que Yeregui ha incursionado desde fines de la década de 1990.
Las implicancias de una obra como esta superan el ámbito estrictamente artístico. En primer lugar, interpela a un campo profesional, el de la crítica y la teoría del arte, que ha tendido a marginalizar lo afectivo en favor de categorías más abstractas. La muestra propone, en cambio, una lectura donde la emoción es inseparable de la materialidad. En segundo lugar, incide sobre un debate contemporáneo acerca de la masculinidad hegemónica y la represión emocional, que la académica española Estrella de Diego sintetiza en la fórmula del ‘ojo seco’: la incapacidad de llorar deviene en una incapacidad de ver. En tercer lugar, la exhibición plantea un diálogo entre los métodos de las ciencias naturales y los de la práctica artística, una convergencia que en las últimas décadas ha producido obras de gran densidad conceptual en el ámbito del bioarte.
Todo el recorrido se resuelve en un montaje cuidadoso que dispone las piezas en una secuencia que no fuerza la narración. Las instalaciones conviven con los textos de la artista, que aclaran el proceso de recolección y las técnicas empleadas. Las pinturas al agua ablandadas con lágrimas se presentan junto a los videos que registran el proceso. Los bordados, que incorporan el material biológico en la trama textil, permiten un acercamiento táctil al llanto. El diseño sonoro de Mene Savasta aporta una capa perceptiva adicional, mientras que los óleos de Julia Pagani establecen un contrapunto generacional y familiar dentro de la misma muestra.
La exposición permanece abierta hasta el mes de noviembre, en la planta séptima del Palacio Libertad, en el barrio porteño de Retiro, con acceso de miércoles a domingos en horario vespertino. Su conclusión no busca exponer una tesis cerrada, sino plantear una pregunta que la ciencia del llanto todavía no ha respondido del todo: qué ocurre cuando un gesto que dura segundos, que se evapora de inmediato y que deja poco rastro material, se convierte en el eje de un sistema de sentido colectivo. La muestra sugiere que la respuesta excede la biología, la sociología o la estética por separado, y solo puede abordarse en el cruce de todas ellas. El llanto, en la obra de Mariela Yeregui, deja de ser un síntoma para convertirse en un método de conocimiento.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
