Cultura

Valérie Perrin y el arte del engaño literario: ‘Tatá’, la novela que resucita a los muertos y desnuda a la sociedad francesa

Hay novelas que comienzan con un cadáver y hay otras que comienzan con un muerto que no debería estar muerto. Valérie Perrin, la escritora francesa más vendida de los últimos años, eligió la segunda opción para construir Tatá, su cuarta novela y uno de los fenómenos editoriales más contundentes de la temporada. La tía Colette acaba de morir. Pero no puede ser cierto: había fallecido tres años atrás y su cuerpo reposaba, en teoría, en el cementerio de Gueugnon, una ciudad industrial de Borgoña donde la autora creció y que ahora se convierte en el corazón geográfico y emocional de una historia que supera los dos millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.

El punto de partida no es un simple truco narrativo. Perrin lo asume como método: «Me encanta jugar con mis lectores, engañarlos, que cometan errores, que caigan en trampas», declaró en una entrevista remota con Clarín. La confesión no es menor. Detrás de la aparente ligereza del suspense hay una arquitectura calculada que convierte al lector en sospechoso, en cómplice y finalmente en víctima de sus propias deducciones.

El contexto de la autora ayuda a entender por qué Tatá funciona como un artefacto de precisión. Valérie Perrin nació en 1967 en Remiremont, en los Vosgos, y se trasladó a Gueugnon con apenas un año cuando su padre, Yvan Perrin, fue fichado como futbolista semiprofesional por el FC Gueugnon. Ese desplazamiento familiar marcó su biografía y, de manera explícita, su literatura. Sus tres novelas anteriores —Les Oubliés du dimanche (2015), Changer l’eau des fleurs (2018) y Trois (2021)— transcurren en ciudades imaginarias de Borgoña, pero todas están ancladas en ese municipio de tradición metalúrgica y futbolística.

Con Tatá, Perrin decidió nombrar directamente el escenario. «Para la cuarta decidí hablar directamente de ese pequeño pueblo al que llegué con un año y cuyos códigos conozco bien», explicó. No se trata de una decisión meramente nostálgica. Gueugnon es mucho más que un decorado: es un personaje con su propia biografía industrial, con su club de fútbol como epicentro simbólico y con una comunidad atravesada por la inmigración laboral —portugueses, italianos, españoles, argelinos— que llegó para trabajar en la siderurgia local.

El FC Gueugnon, alrededor del cual se desarrolla gran parte de la narración, no es un detalle accesorio. Fundado en 1940, el club vivió su edad dorada entre los años noventa y el inicio del nuevo milenio. En 2000, siendo un equipo de segunda división, ganó la Copa de la Liga francesa al vencer por 2-0 al Paris Saint-Germain en el Stade de France, un hito que ningún otro club de la categoría ha repetido. Colette, la tía que da título a la novela, es una hincha fiel de ese equipo: una mujer que trabajaba como zapatera, que sacrificó sus intereses en favor de su hermano Jean, padre de Agnès, y que encarna la figura de quienes sostienen las estructuras familiares desde un lugar silencioso.

Perrin construyó ese personaje a partir de una mujer real, simpatizante del club durante toda su vida. Ese gesto de investigación de campo revela algo más profundo: la novela no solo juega con el lector, también lo hace con la frontera entre ficción y documento. La trama inserta temas que atravesaron los años ochenta franceses —el sida, la pedofilia, la violencia doméstica— con personajes que oscilan entre lo siniestro y lo entrañable.

Sobre la génesis de uno de esos personajes, Perrin fue categórica: «Cuando empecé a escribir Tatá, sabía que iba a hablar de este depredador que había hecho daño a niños, sabiendo que existía, que murió hace diez años, que sé su nombre». La consecuencia de esa decisión literaria fue una investigación periodística que se extendió durante un año, con testimonios de víctimas, publicada en diez páginas de un gran periódico francés. La novela devino, de algún modo, en una herramienta de justicia simbólica.

El procedimiento recuerda a cierta tradición de la novela social francesa que va de Émile Zola a Annie Ernaux, pero con una diferencia clave: Perrin no renuncia al suspense ni a la emoción. «Soy una escritora de la vida. Y si hablo de la vida, hablo de lo que es bello: amor loco, amor prohibido, pero también de los problemas sociales», argumentó la autora, quien también mencionó la violencia doméstica como una de sus preocupaciones centrales, con Afganistán como ejemplo extremo y el movimiento MeToo como referencia occidental.

El éxito de Tatá no es un fenómeno aislado. Con más de dos millones de ejemplares vendidos y una traducción a 38 idiomas, Perrin se consolidó como una de las voces más potentes de la literatura comercial europea. Su debut, Les Oubliés du dimanche, recibió trece premios, entre ellos el Prix du Premier Roman de Chambéry y el Choix des Libraires. Changer l’eau des fleurs obtuvo el Prix Maison de la Presse 2018. Trois conquistó a más de 750.000 lectores. Le Figaro la incluyó entre los diez autores más vendidos de Francia en 2019 y 2022.

El camino hasta ese prestigio incluyó una vida sin trayectoria lineal: abandonó el secundario en primer año, se mudó a París en 1986, trabajó en empleos precarios y fundó una familia antes de instalarse en Trouville-sur-Mer. Su encuentro con el cineasta Claude Lelouch en 2006 —tras escribirle una carta— derivó en una colaboración profesional como fotógrafa de rodaje y coguionista de films como Salaud, on t’aime (2014), Un plus une (2015) y Everyone’s Life (2017). Se casaron en junio de 2023. La relación con el cine atraviesa también Tatá: Agnès, la protagonista, es cineasta, lo que permite a Perrin incorporar la experiencia de vivir entre Los Ángeles y la provincia francesa.

En el plano de las implicancias, la novela opera en varios registros simultáneos. Por un lado, explota la ambigüedad del término Tatá —apelativo cariñoso para «tía» en francés— para construir un thriller psicológico donde el vínculo familiar es también un territorio de secretos. Por otro, convierte a Gueugnon en un caso de estudio sobre los efectos sociales de la desindustrialización y la migración laboral en la Francia profunda. Finalmente, transforma una investigación literaria en un hecho periodístico con consecuencias reales, ya que las víctimas del depredador retratado accedieron a hablar públicamente a partir de la publicación.

La estructura de la novela —más de 560 páginas en la edición de Duomo— dosifica la revelación hasta bien avanzada la historia. Ese pacto de lectura, sostenido en falsas pistas y trampas deliberadas, convierte a Tatá en un objeto difícil de clasificar: es a la vez memoria familiar, denuncia social y mecanismo de entretenimiento. La propia autora admite que juega a engañar, y ese juego no es gratuito: obliga al lector a revisar sus certezas sobre lo que recuerda, lo que cree recordar y lo que la memoria colectiva decide olvidar.

En última instancia, Tatá funciona como una radiografía de las capas que sostienen una comunidad. El fútbol como identidad, la fábrica como origen, la familia como estructura y como trampa, y la ficción como herramienta para iluminar lo que el silencio había sepultado. Una novela que, pese a su premisa imposible —una mujer muerta dos veces—, se sostiene sobre un material completamente real: el modo en que las sociedades construyen, y a veces entierran, sus propias historias.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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