Cultura

Julián López publica Las iracundas: una novela sobre la clase alta, la elegancia perdida y el arte como refugio de las ideas incómodas

La escena inicial resulta casi un manifiesto. Julián López, nacido en Buenos Aires en 1965, sirve dos tazas de café en su departamento de San Telmo, rodeado de plantas verdes arrasadas por un hongo blanco que no pudo detener. «El remedio casero llegó tarde. Ya no había nada que hacer», admite. La imagen funciona como un prólogo involuntario de su nueva novela: algo se perdió, algo se secó, y la escritura aparece como el único modo de registrar esa pérdida antes de que desaparezca del todo. Con Las iracundas, publicada por Random House y presentada en librerías desde los primeros días de septiembre de 2026, el autor de Una muchacha muy bella vuelve al terreno que mejor domina: la novela como artefacto de lenguaje, la memoria como materia inestable y la clase social como una zona de conflictos que la literatura argentina no suele explorar sin caricatura.

La declaración que abre la entrevista de Clarín establece el tono de todo lo que sigue: «Siempre tuve una marcada fascinación por las mujeres mayores de clase alta, las vieja paquetas». Lejos de la provocación gratuita, la frase anticipa el proyecto estético de la novela. En Las iracundas, la voz narrativa pertenece a una mujer mayor que escribe cartas a Frau, una antigua amante cuya ausencia domina el relato completo. Esa mujer habla con una impunidad y un desenfado que la propia trama convierte en método: no pide permiso, no modera adjetivos, no corrige su mirada del mundo. La novela, de 192 páginas, se desarrolla en un barco que remonta el río Paraná convertido en residencia para artistas, con una tripulación estrafalaria y un grupo de residentes que la narradora observa con una mezcla de desprecio, curiosidad y fascinación. Allí, fumando frente al paisaje estallado del litoral, registra la travesía, los chismes de ambiente, sus cuitas sexuales y la certeza de que todo lo sólido se disuelve en el agua.

DESARROLLO: UNA CRIATURA FRANKENSTEINIANA DE CLASE

El procedimiento de construcción del personaje resulta tan explícito como significativo. López reconoce que trabajó a partir de personas reales que admira y que poseen ese lenguaje distinguido, y que con esos materiales armó «una suerte de criatura frankensteiniana». El objetivo declarado fue rescatar una cultura de clase donde la elegancia y el acceso a la cultura funcionaban como un gesto distintivo y no como mera ostentación. El contraste que propone el escritor es preciso y ubica el quiebre en un momento histórico identificable: los años noventa. Antes, sostiene, la división de clases estaba claramente demarcada, pero el vínculo no era humillante. De joven trabajó como cadete y visitó una residencia muy aristocrática: se entraba por la puerta de servicio, pero el trato conservaba cierta consideración. Ese tejido comenzó a deteriorarse, según su lectura, por un proceso netamente político. «Antes el refinamiento era un valor; hoy la tilinguería se volvió virtud».

La comparación entre ambas épocas no es un capricho nostálgico, sino una hipótesis sobre la transformación de las élites argentinas. La convertibilidad de los noventa, la apertura económica, el consumo ostensible y la consolidación de una Cultura de la imagen reemplazaron, en esa lectura, la distinción basada en el conocimiento por la exhibición del gasto. Los especialistas en estructura social argentina han documentado que la década de 1990 registró un aumento sostenido de la desigualdad en la distribución del ingreso, con un coeficiente de Gini que se incrementó hasta alcanzar valores cercanos a 0,50 hacia 2002, y que la concentración de la riqueza en el decil superior se mantuvo elevada incluso en los períodos de recuperación posterior. La observación de López dialoga con esos datos desde otro registro: no mide la brecha económica, sino el cambio en las formas del trato. Su tesis es que la asimetría social puede existir con códigos de consideración mutua, y que la pérdida de esos códigos constituye un fenómeno cultural específico, no un simple efecto colateral de la economía.

Esa es la razón por la que la protagonista se enfurece: es una mujer anacrónica, con prejuicios de clase, pero honesta en su malicia y en su mirada del mundo. La honestidad es el eje ético del libro. La narradora no oculta sus juicios; los expone con una franqueza que incomoda tanto a los lectores que comparten sus prejuicios como a quienes los rechazan de plano. Y allí entra en juego el título de la entrevista: el arte permite formular ideas incómodas. La novela no propone un programa político ni una moral alternativa; construye una voz que piensa cosas que el discurso público contemporáneo considera inaceptables y las somete al escrutinio de la forma literaria.

LA FORMA EPISTOLAR Y LA AUSENCIA COMO GRADO CERO

La elección del género epistolar no es un recurso decorativo. López lo explica con una precisión que remite a su formación poética: la protagonista es alguien que quedó sin palabras ante el dolor del desamor y emprende una transfusión verbal. Sabe que Frau no la espera para leer lo que escribe y comprende que enviarle los textos es inviable. La novela se sostiene, entonces, sobre una paradoja productiva: cartas que nunca llegarán a destino y que, sin embargo, constituyen el único destino posible de la escritura. «Toda novela, en el fondo, es una carta remitida a un destinatario incorpóreo: el destino de la escritura es la lectura, no los lectores empíricos», afirma el autor. La ausencia es el grado cero de mi literatura, agrega, y con esa frase reordena retrospectivamente toda su obra: desde Una muchacha muy bella (2013), celebrada por María Moreno como un libro inolvidable y elegida novela del año por la Revista Ñ, hasta La ilusión de los mamíferos (2018) y El bosque infinitesimal (2022), sus ficciones abordan bajo el ropaje del melodrama la experiencia de haber perdido algo, y el uso de la lengua es siempre un intento de sutura.

En un pasaje central de Las iracundas, la narradora advierte que la lapicera rasga la hoja y que la tinta actúa como merthiolate: la escritura es a la vez herida y cicatriz. La formulación condensa el programa del libro. Escribir no sana; escribe sobre la herida y la vuelve visible, y en ese gesto produce una marca que es simultáneamente dolor y reparación. La recepción crítica acompañó esa apuesta. Daniel Guebel destacó en Perfil que López elimina la prueba material de la existencia del destinatario y borra la ilusión de seguir perteneciendo a una época extinta, pero restituye esa ilusión mediante una lengua levemente anacrónica, capturada en la lujosa seda de sus evoluciones: eso que antes se llamaba estilo. Carla Maliandi definió la novela como una elegía feroz, erudita, desolada y divertidísima a un tiempo que el progreso insiste en borrar, mientras María Moreno subrayó una prosa finísima y una morosidad de detalles propia de la letanía pero también del poeta. Roque Larraquy, por su parte, señaló que la escritura de López saca la lengua en una lengua siempre nueva.

EL RÍO COMO TÓTEM Y EL MUNDO DEL ARTE COMO OBJETO DE CRÍTICA

El Paraná no funciona como escenografía sino como dispositivo narrativo. Los esteros, camalotales, juncales, insectos y la fauna del litoral acompañan un viaje en el que las certezas se vuelven cada vez más inestables. A medida que avanza la travesía, el barco pierde gradualmente a sus pasajeros y la narradora observa cómo lo que parecía sólido comienza a desmoronarse. Una correntada furiosa transforma la aventura en una deriva sin timón. El río, tótem literario de la tradición argentina que va de Sarmiento a Saer, aparece aquí despojado de épica: no es espacio de fundación ni de destino, sino de disolución.

Sobre esa geografía flotante se despliega una sátira del mundo cultural. La novela se detiene en las cofradías, las modas, la circulación de prestigios y esa ironía que, según la contratapa del libro, alza la voz personal en el griterío pero baja el volumen político de la obra. La narradora califica el viaje como un laboratorio de ensueño: frivolidad y desprecio, chismorreo fortísimo y larvado, la más pura curiosidad, un erotismo descarado e imprevisto. La crítica a las imposturas del arte y a las tendencias culturales no exime a la protagonista, que queda deslumbrada por la obra de una artista joven a la que antes despreciaba. Ese punto de giro introduce la categoría del asombro, que López vincula directamente con el debate sobre los algoritmos. La conmueve lo incalculado, explica: estar a merced de la contingencia es lo único auténtico que queda frente a una época gobernada por sistemas que anticipan nuestras preferencias. El algoritmo anula la sorpresa porque nos ofrece lo que ya aprobamos de antemano. Frente a esa domesticación, el arte y los libros de poesía son una trinchera: materiales capaces de descolocar y arrancar de las seguridades inertes.

IMPLICANCIAS: LITERATURA, CLASE Y PRECARIEDAD DEL DEBATE PÚBLICO

Las implicancias de esta operación literaria exceden el campo de la ficción. En primer lugar, Las iracundas repone un tema que la narrativa argentina reciente suele abordar desde la victimización o la denuncia: la clase alta como objeto estético. López no la convierte en blanco moral ni en objeto de compasión, sino en material lingüístico. Al hacerlo, plantea una pregunta incómoda para la crítica cultural: ¿es posible representar la elegancia y el refinamiento sin legitimar la desigualdad que los hizo posibles? La novela no responde; construye una voz que obliga al lector a sostener esa contradicción.

En segundo lugar, el libro se inscribe en una discusión más amplia sobre el deseo y la vejez. La protagonista es una mujer mayor que habla de sexualidad con impunidad, un territorio escasamente transitado por la literatura contemporánea en lengua española, donde los personajes ancianos suelen ocupar roles auxiliares o testimoniales. La apuesta por una narradora deseante y deseada, que además ejerce la crítica cultural desde la autoridad de su edad, desplaza los repertorios habituales de la representación.

En tercer lugar, la reflexión sobre la poesía como horizonte último de la escritura y como práctica comunitaria adquiere densidad en el contexto argentino actual. López observa con entusiasmo que las generaciones más jóvenes leen y publican poesía sin la solemnidad elitista de otras épocas, sosteniendo ferias y sellos independientes donde el lenguaje vuelve a circular en comunidad. Esta lectura de la escena poética local se complementa con su diagnóstico sobre la época: frente a un presente de algoritmos que anticipan preferencias y de formas culturales cada vez más previsibles, el asombro se vuelve una resistencia.

CONCLUSIÓN: UNA NOVELA QUE NO BUSCA LA COMODIDAD DEL LECTOR

Las iracundas retoma los núcleos que definieron la producción de Julián López —la pérdida como motor, la lengua como intento de sutura, la forma breve y trabajada como espacio de exploración— y los desplaza hacia un territorio nuevo: la clase como lenguaje, el río como disolución y la vejez como desfachatez. El autor, poeta y novelista traducido al francés, inglés, italiano y neerlandés, docente de escritura en la Universidad Nacional de las Artes y codirector del ciclo de lecturas Carne Argentina desde 2006, confirma con este libro una posición sostenida en la literatura argentina contemporánea: la de una escritura que no busca la comodidad del lector ni la confirmación de sus creencias. Su apuesta es que el arte permite formular ideas incómodas. La novela se publicó en septiembre de 2026 y llega al público con esa premisa explícita: una voz que no pide autorización para decir lo que piensa, y una forma literaria que convierte esa falta de autorización en el centro mismo de su lectura.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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