“El milagro cubano es que los cubanos viven de milagro”. La frase, pronunciada por Leonardo Padura en una entrevista con Clarín, condensa una paradoja que atraviesa la conversación pública sobre Cuba desde hace al menos una década: la de un país que sostiene su vida cotidiana sobre la precariedad estructural y la improvisación permanente. El escritor habanero, Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015, habló con este diario pocos días antes de participar en la Feria Internacional del Libro de Monterrey (FIL Monterrey), en México, y lo hizo desde un lugar poco habitual en el debate sobre la isla: el de quien no emigró, quien eligió quedarse pese a los apagones, las privaciones y la escasez, y quien desde ese lugar escribe sobre lo que ve.
El detonante de la conversación es su novela más reciente, Morir en la arena (Tusquets, 2025), que el propio autor define como “la crónica de una derrota”. Pero el texto publicado por Clarín excede largamente la promoción editorial: en la entrevista, Padura ofrece un diagnóstico generacional, demográfico y político que dialoga con datos oficiales y con su propia producción periodística reciente. Su columna en el diario español El País, publicada bajo el título “La isla vaciada”, aporta el marco cuantitativo de ese diagnóstico: alrededor de dos millones de personas, un 20% de la población, se han ido de Cuba en cuatro años, según consignó el autor en ese texto. El contraste entre relato literario y estadística oficial es, quizás, la clave para leer el conjunto.
DESARROLLO: LA NOVELA COMO ARQUEOLOGÍA DE UNA GENERACIÓN
Morir en la arena parte de un hecho real: un parricidio ocurrido en La Habana, cercano al entorno del autor. La trama se organiza en torno al regreso de un hombre que pasó treinta años en prisión por matar a su padre y que sale anticipadamente, enfermo terminal, para volver a la casa donde se cometió el crimen. Allí lo esperan un hermano y una exesposa, y con ellos se desata lo que Padura describe como “el tsunami de esta familia”. Ese presente de consecuencias funciona como puerta de entrada a las causas: familiares, sociales e históricas.
En ese tránsito aparece la generación siguiente, la de los hijos, que en 2024 —año en que se sitúa la novela— rondan los cuarenta años. Según el relato del autor a Clarín, dos de esos personajes viven fuera de Cuba, como parte de la diáspora; un tercero permanece en la isla y es sacerdote de la religión yoruba y, a la vez, hombre de negocios. Esa figura concentra el núcleo simbólico del libro: representa, en palabras de Padura, al “Hombre Nuevo cubano” que terminó siendo “hombre de negocios religioso y un tipo muy pragmático”. El proyecto de transformación moral que la generación de los padres intentó inculcar desembocó, en la lectura del novelista, en un sujeto orientado a la supervivencia material y la eficiencia práctica.
La dimensión histórica del relato no es accesoria. Según reseñas y entrevistas vinculadas al lanzamiento del libro, la novela reconstruye la trayectoria de una generación marcada por la guerra de Angola —por la que pasaron alrededor de 300.000 cubanos a lo largo de catorce años—, la formación en países del campo socialista y el derrumbe de la Unión Soviética. Esos tres hitos explican, en la arquitectura del texto, la acumulación de renuncias y expectativas incumplidas. Como señala el autor, se trata de una generación que llega a la jubilación en la pobreza, con la percepción de haber cargado con más pasado que porvenir.
LA COMPARACIÓN DE FUENTES: LITERATURA, PRENSA Y ESTADÍSTICA OFICIAL
Si la novela opera como crónica cualitativa, los datos oficiales permiten medir la magnitud del fenómeno. La Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) de Cuba informó que al cierre de 2025 la población efectiva del país se calculó en 9.434.593 habitantes, lo que representa un descenso de 313.414 personas respecto de 2024. El saldo migratorio negativo fue de -245.264 personas, mientras que las defunciones (136.214) más que duplicaron a los nacimientos (68.064), con una reducción natural de 68.150 personas. El grado de envejecimiento poblacional alcanzó el 26,7%, el más alto de América Latina y el Caribe, con una edad media de 43,0 años.
La cifra de Padura —“más de 2 millones de personas” emigradas, de una población que llegó a 11 millones y hoy está “en menos de 9”— encuentra respaldo en la serie histórica. Cuba alcanzó su máximo poblacional en 2016, con 11.239.224 habitantes; hacia 2021 registraba cerca de 11,1 millones. Entre 2020 y 2024, según la ONEI, el país perdió alrededor de 1,4 millones de habitantes. El demógrafo independiente Juan Carlos Albizu-Campos calcula que la población real podría situarse en torno a los 8,6 millones, por debajo de la cifra oficial, una discrepancia que ilustra la dificultad de medir un éxodo de esta escala con registros administrativos parciales.
IMPLICANCIAS: FUERZA DE TRABAJO, FECUNDIDAD Y SOSTENIBILIDAD
El punto más técnico del diagnóstico de Padura es el que vincula emigración con economía y demografía. En la entrevista con Clarín, el escritor señala que la partida de los jóvenes implica la pérdida de “fuerza de trabajo, profesional” y de “posibles progenitores” necesarios para revertir un decrecimiento poblacional ya en curso. La estadística oficial confirma la dirección del argumento: la tasa global de fecundidad se situó en 1,29 hijos por mujer, la más baja registrada en la historia del país, y los nacimientos cayeron por debajo de 100.000 entre 2020 y 2024. Las proyecciones de la ONEI estiman que el envejecimiento llegará al 36% en 2040.
A ello se suma el deterioro de las condiciones materiales. Desde el verano de 2022, tras el incendio en la base de supertanqueros de Matanzas, Cuba ha registrado más de cinco apagones de alcance nacional, con cortes de hasta quince o dieciséis horas en algunas regiones y episodios que se prolongaron durante semanas. La generación eléctrica depende mayoritariamente de hidrocarburos líquidos, y la reducción de los envíos venezolanos —parcialmente compensada por suministros mexicanos— se combinó con una infraestructura obsoleta. La contracción del PIB y una inflación superior al 25% en 2025 completan el cuadro macroeconómico en el que se inscribe la vida cotidiana que Padura retrata.
En su columna en El País, el autor distribuye responsabilidades: por un lado, las “ineficientes políticas económicas del Gobierno”, que no concretaron a tiempo los cambios que hoy se intentan; por otro, la “extrema presión” de la administración estadounidense, que según el propio texto declaró haber aplicado un rigor inédito sobre el Estado cubano. Padura describe ambas fuerzas como “las tapas del sándwich que aplasta en el medio a los ciudadanos”. Es una formulación que evita la atribución unilateral y que, al mismo tiempo, reconoce el peso de ambos factores sobre la vida material de la población.
El dato más elocuente de esa columna no es estadístico sino empírico: en la fila de una aerolínea en el aeropuerto internacional José Martí de La Habana, un empleado le dijo al escritor que “cada semana se va un aula escolar” y que “cada dos meses sale del país una escuela”. La imagen, verificable solo por observación directa, sintetiza la dimensión cualitativa de la pérdida: no se trata únicamente de individuos que emigran, sino de comunidades escolares completas, es decir, de la estructura reproductiva de la sociedad.
CONCLUSIÓN: UN DIAGNÓSTICO SIN PRONÓSTICO
La entrevista de Padura con Clarín no ofrece soluciones ni pronósticos, y en ese sentido resulta coherente con su posición pública: la de un escritor que describe desde dentro y que ha sostenido su residencia en la isla aun en las condiciones más adversas. Lo que el texto entrega es un cruce de registros —la ficción de Morir en la arena, la columna periodística en El País y la conversación con este diario— que converge en una conclusión verificable con datos oficiales: Cuba pierde población de manera acelerada, envejece al ritmo más alto de la región y enfrenta una contracción de su base laboral y reproductiva.
La afirmación que titula la nota —que para las nuevas generaciones “la historia del hombre nuevo no tiene sentido” y que estas “buscan cómo vivir mejor”— no se presenta como una hipótesis política sino como una observación sobre el desplazamiento de un horizonte normativo. El Hombre Nuevo, categoría central del proyecto ideológico cubano desde los años sesenta, aparece en la novela encarnado en un sacerdote yoruba convertido en empresario pragmático. Ese desplazamiento, más que una tesis, es un indicio: el relato que organizó durante décadas la relación entre sacrificio individual y futuro colectivo ha perdido capacidad de interpelación entre quienes hoy deciden quedarse o partir. La “crónica de una derrota” que Padura dice haber escrito es, en rigor, la crónica de esa pérdida de sentido, medida en nacimientos que no ocurren, aulas que se vacían y una población que, según los registros oficiales, no ha dejado de descender desde 2021.
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