Cultura

Aura García-Junco y la herencia imposible: cómo 10.000 libros y un padre excéntrico se convierten en literatura

Hay herencias que no se resuelven con un testamento. Cuando muere alguien que acumuló objetos, la pregunta que queda flotando no es cuánto valen, sino qué hacer con la carga simbólica que arrastran. Para Aura García-Junco, esa pregunta tomó la forma de 10.000 libros: la biblioteca que su padre, el promotor cultural y escritor Juan Manuel García-Junco, conocido públicamente como H. Pascal, dejó al morir abruptamente en julio de 2019. De ese archivo doméstico, atravesado por el olor a tabaco y por décadas de lecturas periféricas, nace ‘Dios fulmine a la que escriba sobre mí’ (Sexto Piso), un libro que se mueve deliberadamente entre el ensayo y la narrativa personal y que plantea una tesis incómoda: la literatura no repara una historia, no la cierra, no la sana; apenas la ensancha.

La frase que abre esta conversación funciona como declaración de método. «Los objetos de quien muere son algo así como utilería en una película que ya se terminó de filmar», escribe la autora en las primeras páginas. La imagen no es inocente: desplaza el foco desde el dolor hacia el escenario. Los libros del padre no son reliquias sagradas ni pruebas de una sabiduría heredada; son elementos de una puesta en escena que ya no tiene intérprete. Y sin embargo, la hija decide releerlos, uno por uno o al menos en una selección significativa, como quien revisa el guion de una obra que nunca entendió del todo. Calvino, Paul Auster, Rosa Montero: los nombres aparecen no como citas de autoridad sino como pistas de un pasado que se resiste a ser descifrado.

Ese gesto de lectura como investigación se sostiene sobre una tensión anterior, que es la materia prima real del libro: la contradicción entre la admiración y la vergüenza. H. Pascal era, para muchos, un maestro y un héroe del ambiente cultural alternativo de Ciudad de México. Para su hija era también el hombre que la hacía enojar con su machismo y con una actitud de gran perdedor, una figura que oscilaba entre la generosidad del divulgador y la autodestrucción del que se niega a jugar las reglas del circuito mainstream. El libro no resuelve esa contradicción: la sostiene, la amplía, la convierte en estructura narrativa.

LA CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE

La pregunta sobre quién era H. Pascal dentro del panorama cultural de Ciudad de México admite una respuesta doble. Por un lado, está Juan Manuel García-Junco, el hombre de carne y hueso. Por otro, está el personaje que ese hombre fue armando alrededor de sí mismo, hasta el punto de que, como señala la autora, casi nadie sabía su nombre de nacimiento y todos lo llamaban simplemente ‘Pascal’. Esa disolución del nombre propio en un alias no es un detalle anecdótico: es la clave de un proyecto vital que convirtió la identidad en obra.

El retrato que la autora traza resulta preciso y descarnado: un mechón largo en la parte de atrás de la cabeza, cabellera corta y blanca, playeras de bandas de grunge, zapatos tipo crocs, bolsas ecológicas verdes llenas de libros para regalar y pantalones negros desgastados. La descripción no es costumbrismo: es arqueología de una estética que funcionaba como programa. Alguien que se viste así está anunciando, sin decirlo, que pertenece a otro circuito, que ha elegido la periferia como territorio.

Durante veinte años sostuvo el proyecto editorial fanzinero Goliardos, en el que publicaron desde autores reconocidos dentro del ámbito alternativo hasta las innumerables camadas de alumnos de los talleres de creación literaria que acompañaron el proyecto. También organizó festivales de ciencia ficción y de literatura gótica, y se dedicó de lleno a invitar a la lectura a grupos que normalmente eran ignorados por la industria y por la crítica. Su campo de acción eran los géneros periféricos: terror, ciencia ficción, cyberpunk. No es casual que un divulgador de esos géneros terminara ocupando, él mismo, la posición de periférico.

Ese desplazamiento se formalizó hace aproximadamente diez años, cuando decidió que él mismo era ‘periférico’ y dejó de publicar en los periódicos donde escribía desde hacía años. Abandonó también la búsqueda de editoriales para sus novelas y se replegó hacia proyectos fuera de lo común que lo alejaron cada vez más de los circuitos mainstream de la literatura. La muerte lo encontró en una especie de aislamiento autoimpuesto, rodeado de unos 10.000 libros y de un olor a tabaco que la autora describe como arrollador. La escena final es, en sí misma, una imagen de archivo: un hombre sepultado por aquello que amaba y que, al mismo tiempo, lo iba aislando del mundo.

EL NOVENARIO COMO FORMA

Uno de los hallazgos formales del libro es la elección de la estructura del novenario para recorrer el itinerario de lecturas. La decisión no es un capricho compositivo: el novenario es, en la tradición católica mexicana, el período de nueve días de rezos que sigue a la muerte de una persona. Trasladar esa forma al terreno de la lectura supone una operación conceptual precisa: cada capítulo funciona como un día de duelo, y cada libro releído ocupa el lugar de una oración. El ritual no busca consuelo religioso sino comprensión intelectual; reemplaza la plegaria por la interpretación.

Esta arquitectura permite que el texto escape de las trampas del memoir convencional. En lugar de una cronología lineal del padre, el libro ofrece un recorrido por capas: el recuerdo, la lectura, la reflexión sobre la lectura y la revisión del propio recuerdo. La autora ya había explorado ese cruce de registros en el ensayo ‘El día que aprendí que no sé amar’ (2021), y venía de publicar las novelas ‘Anticitera, artefacto dentado’ (2018) y ‘Mar de piedra’ (2022). Su selección en 2021 por la revista Granta como una de las 25 mejores narradoras jóvenes en español ubica su obra en un mapa que excede lo estrictamente mexicano: se trata de una de las voces que la crítica internacional identifica como parte de la renovación de la narrativa hispánica reciente.

La comparación con otros libros que trabajan la herencia paterna a través de objetos y archivos resulta inevitable. Frente a las memorias que buscan reconciliación, el texto de García-Junco se niega al cierre. Frente a los relatos de duelo que aspiran a la catarsis, propone la acumulación y la duda. La literatura, en su lectura, no opera como terapia: opera como ampliación del campo de visión. Una historia que era de dos personas se convierte en una historia sobre la cultura mexicana de las últimas décadas, sobre las jerarquías del campo literario, sobre el machismo que atraviesa incluso a los hombres que se creen periféricos y sobre la forma en que una hija puede leer a un padre sin absolverlo.

IMPLICANCIAS DE UNA OBRA QUE NO CONSUELA

El impacto de esta propuesta excede el terreno literario. En primer lugar, interviene en un debate contemporáneo sobre los límites de la autoficción y del llamado ‘duelo literario’, un subgénero que en los últimos años proliferó en el mercado hispanohablante. La apuesta de García-Junco añade un elemento diferencial: no se trata solo de narrar la pérdida, sino de examinar el archivo que la pérdida deja atrás. Los 10.000 libros no son decorado: son el corpus de una investigación, y la hija se convierte en investigadora de la biblioteca de su padre, con todo lo que eso implica de distancia analítica y de exposición personal.

En segundo lugar, el libro documenta un segmento poco visibilizado de la historia cultural mexicana: el de los divulgadores y editores independientes que sostuvieron circuitos alternativos durante décadas sin obtener reconocimiento institucional. La figura de H. Pascal, con su proyecto Goliardos y sus festivales de ciencia ficción y literatura gótica, ilumina una red de circulación que operó al margen de las grandes editoriales y que formó a varias generaciones de lectores y escritores. Recuperar esa memoria no es un gesto nostálgico: es una contribución al mapa de la edición independiente en América Latina.

En tercer lugar, el texto aborda sin rodeos la contradicción entre el afecto y el juicio crítico. La autora no idealiza al padre muerto ni lo condena; describe su machismo, su actitud de gran perdedor, su aislamiento, y al mismo tiempo reconoce su condición de maestro y de héroe del under. Esa negativa a resolver el retrato en una sola dirección constituye una posición ética: la de quien se niega a convertir el duelo en hagiografía. En términos sociales, el libro propone un modelo para pensar los vínculos familiares sin la exigencia de reconciliación que suele imponer el relato cultural dominante.

CONCLUSIÓN: LO QUE QUEDA DE UNA BIBLIOTECA

Al final, el libro de Aura García-Junco plantea una pregunta que no se agota en la anécdota personal: qué hacer con los archivos de quienes nos precedieron, especialmente cuando esos archivos son voluminosos, desordenados y están cargados de contradicciones. La respuesta que ofrece no es la conservación piadosa ni la destrucción liberadora, sino la lectura activa. Releer los libros del padre es, en este caso, una forma de reconstruir un contexto, de medir una época y de aceptar que la comprensión nunca es completa.

La frase que titula esta nota condensa esa posición: la literatura no sana una historia, la vuelve más amplia. No hay reparación, hay expansión. No hay clausura, hay complejidad. En un mercado editorial que premia los relatos de superación y las reconciliaciones rápidas, la apuesta de García-Junco resulta contracultural: propone habitar la contradicción en lugar de resolverla. Y lo hace con una herramienta que conoce bien, la escritura, aplicada esta vez no a la invención sino al archivo familiar. El resultado es un libro que funciona a la vez como memoria, como crítica cultural y como ejercicio de duelo sin consuelo, y que confirma a su autora como una de las narradoras mexicanas más interesantes de su generación.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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