La literatura brasileña contemporánea encontró en Joca Reiners Terron una voz que no se conforma con narrar el presente: lo desarma para proyectar sus consecuencias. En La muerte y el meteoro, publicada en español por la editorial Las Afueras, el escritor nacido en Cuiabá construye un escenario que el filósofo y líder indígena Ailton Krenak describe como una anticipación de lo que ocurrirá en la Amazonia hacia 2045. La afirmación, lejos de ser una licencia poética, funciona como una hipótesis de trabajo: la novela opera como un laboratorio donde se cruzan el policial, el relato de aventuras, el terror, la ciencia ficción y una crítica frontal al colonialismo. Invitado por la Embajada de Brasil, Reiners Terron visitó la Argentina y dialogó con Clarín sobre extractivismo, extinción y la capacidad humana de imaginar futuros alternativos. Su definición identitaria resulta tan precisa como incómoda: nacido en la capital de Mato Grosso, territorio ubicado en la divisoria de aguas entre la cuenca del Amazonas y la del Plata, se describe como un escritor amazónico y rioplatense al mismo tiempo. Esa condición de frontera no es un dato anecdótico, sino la clave de lectura de toda su obra.
El argumento de La muerte y el meteoro condensa esa tensión geográfica y política. La trama sigue a los últimos kaajapukugi, un pueblo que sobrevive aislado en una Amazonia devastada. Boaventura, un antropólogo que los estudia desde hace décadas, intenta salvarlos promoviendo su traslado a México en calidad de refugiados climáticos. Antes de que el operativo se concrete, Boaventura muere en circunstancias extrañas y un funcionario mexicano, narrador de la novela, debe asumir la tarea mientras atraviesa su propio duelo por la muerte de sus padres. La estructura del relato permite comparar dos escalas de pérdida: la extinción de un pueblo y la disolución de un linaje familiar. Ambas se desarrollan en paralelo, sin jerarquías, como si el autor sugiriera que el colapso ambiental y el duelo íntimo comparten una misma gramática. La coexistencia de géneros —policial, aventura, terror, ciencia ficción— no responde a un capricho formal: cada registro aporta una capa de lectura distinta sobre un mismo fenómeno, la destrucción programada de un territorio y de quienes lo habitan.
El diagnóstico que Reiners Terron formula sobre Mato Grosso funciona como evidencia empírica de su ficción. El estado donde nació es hoy el principal polo de monocultivo de Brasil, con vastas plantaciones de maíz y soja impulsadas por el agronegocio. La explicación que ofrece el autor es estructural: la región tenía pocos propietarios, lo que permitió una destrucción del bosque más rápida y concentrada que en otras áreas de la Amazonia. Según datos del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE), Mato Grosso figura de manera recurrente entre las unidades federativas con mayores índices de deforestación detectada por satélite en la última década, con picos que en algunos años superaron los miles de kilómetros cuadrados. El contraste que propone Reiners Terron es explícito: la Amazonia, en cambio, no tiene dueños o cuenta con reservas indígenas que cumplen un papel determinante en la preservación del bosque. Esa diferencia no es menor, porque desplaza el debate desde la propiedad privada hacia los derechos territoriales colectivos.
La presión sobre esas reservas proviene de actores concretos. Los garimpeiros, dedicados a la minería ilegal, y los grileiros, que se apropian de tierras mediante documentación fraudulenta, operan como fuerzas de destrucción sistemática. A ellos se suma un debate de alcance regional y global: la exploración de petróleo en la desembocadura del Amazonas, conocida como la foz del Amazonas. La discusión, que involucra a autoridades ambientales, empresas estatales y gobiernos locales, gira en torno a la compatibilidad entre la transición energética y la explotación de nuevos yacimientos en una zona de alta sensibilidad ecológica. Reiners Terron lo enmarca dentro de una lógica más amplia: el capitalismo, sostiene, considera que un bosque no sirve para nada salvo que produzca madera. De allí se deriva una creencia complementaria: que las personas que viven en esos territorios no tienen forma de generar ingresos. El autor no niega esa dificultad, pero la sitúa en su contexto real: la sociedad es capitalista y las personas necesitan dinero para comprar lo básico. El problema, por lo tanto, es de doble filo y admite una pregunta incómoda: qué hacer con las comunidades que habitan la selva, y si la respuesta correcta es avanzar con una nueva etapa del extractivismo y del colonialismo.
La comparación con otras fuentes refuerza la centralidad del debate. Organismos científicos y ambientales han documentado que la Amazonia se aproxima a puntos de no retorno vinculados a la pérdida de cobertura boscosa, la alteración del ciclo hidrológico y la reducción de la capacidad de la selva para absorber carbono. En paralelo, la tesis de Krenak —que ubica la novela como anticipación de 2045— dialoga con una tradición de pensamiento indígena que cuestiona la idea de progreso lineal y la noción de que la naturaleza es un recurso disponible. Reiners Terron no adopta ese marco de manera dogmática: lo utiliza como material narrativo. Su planteo sobre la extinción humana como posible salvación del planeta aparece en la conversación con una precisión que evita el panfleto. No se trata de una celebración del colapso, sino de una hipótesis sobre la relación entre una especie y su entorno. La naturaleza, en su formulación, no necesita de nosotros; la pregunta es si nosotros somos capaces de reconocerlo.
Las implicancias sociales y económicas de este diagnóstico exceden las fronteras de Brasil. Mato Grosso ilustra un modelo exportador basado en commodities agrícolas que sostiene buena parte del superávit comercial brasileño y que, al mismo tiempo, concentra tierras y desplaza comunidades. La Amazonia, por su parte, funciona como un nodo donde convergen intereses agroindustriales, mineros, energéticos y financieros de escala internacional. La discusión sobre la foz del Amazonas no es un episodio aislado: define si la transición energética global se hará sobre la base de nuevas extracciones o sobre una reducción efectiva de la dependencia de combustibles fósiles. En términos geopolíticos, la posición de Brasil frente a estos dilemas condiciona su credibilidad en foros climáticos y su capacidad de negociación en acuerdos comerciales con la Unión Europea y otros bloques que exigen garantías de trazabilidad y deforestación cero.
Reiners Terron cierra su intervención con una afirmación que sostiene todo el andamiaje de la entrevista: mientras haya imaginación, puede haber un futuro. La frase no funciona como consuelo, sino como condición de posibilidad. La muerte y el meteoro no ofrece respuestas definitivas; ofrece un escenario verosímil y documentado, construido con materiales que provienen de la geografía, la economía y la historia del extractivismo. El autor, que toma su cuarto café de la mañana y se ríe al evocar la adicción a la cafeína de Honoré de Balzac, no se presenta como profeta ni como activista. Se presenta como un escritor de frontera, formado en la divisoria de dos cuencas, que traduce esa posición híbrida en una pregunta sobre el futuro de la Amazonia. La novela, en ese sentido, funciona como un mapa de riesgos: señala dónde están las presiones, quiénes las ejercen y qué se pierde cuando un territorio se convierte en una unidad de producción. La conclusión, estrictamente fáctica, es que el debate sobre la desembocadura del Amazonas, la minería ilegal y la expansión agrícola en Mato Grosso ya está en curso, y que la literatura de Reiners Terron lo vuelve legible para un público que no necesariamente sigue los informes técnicos.
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