El 21 de marzo de 2025, en una entrevista concedida a Clarín con motivo de la publicación de su obra «Una izquierda que se atreva a decir su nombre. Intervenciones intempestivas» (Anagrama), el filósofo esloveno Slavoj Žižek formuló una de sus afirmaciones más incisivas de los últimos años: «Vivimos en un mundo de creencias que no se toman en serio; las palabras ya no se toman en serio, pero tampoco los hechos». La declaración, aparentemente sencilla, condensa una de las tesis centrales de su pensamiento reciente: la degradación epistémica de la esfera pública contemporánea, donde la contradicción constante y la ausencia de compromiso veritativo han erosionado el suelo mismo de la comunicación política.
Žižek, nacido en Liubliana en 1949, no es un observador casual de este fenómeno. Filósofo, psicoanalista, teórico cultural y activista político, se formó en la tradición lacaniana y hegeliana, y construyó una trayectoria de más de cuarenta ensayos que lo han posicionado como una de las voces más polémicas e influyentes del pensamiento contemporáneo. Actualmente dirige el Instituto Birkbeck de Humanidades de la Universidad de Londres, investiga en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana y ejerce como profesor en la European Graduate School. Su método de exposición, heredado de las sesiones de psicoanálisis lacaniano a las que se sometió a los cuarenta años —cinco minutos ininterrumpidos de monólogo destinados a esquivar las preguntas incómodas del terapeuta—, se ha convertido en una marca identitaria que combina erudición desbordante con vulgaridad deliberada y humor negro.
La entrevista, estructurada sobre un esquema deliberadamente fragmentario —cuyas instrucciones de uso advierten que «no lean las preguntas, no corresponden a las respuestas»—, revela las coordenadas principales del pensamiento político reciente de Žižek. Su núcleo argumental sostiene que el mundo solo podrá salvarse mediante un sistema solidario internacional en el que deberá darse un cierto grado de autoritarismo, con dos objetivos prioritarios: el control de la inteligencia artificial y la contención de la devastación natural. Como prolegómeno, el filósofo esloveno sugiere que será necesaria una catástrofe previa y global, de proporciones todavía no definidas, que haga materialmente posible la implementación de dicho orden.
La tesis central de su nuevo libro parte de una pregunta provocadora: ¿es Marx un muerto viviente? Su respuesta es un llamamiento a abandonar el paradigma de una izquierda avergonzada que se oculta tras la hoja de parra cultural del identitarismo, y a proclamar abiertamente el nombre que, en su lectura, necesita la política emancipatoria contemporánea: el comunismo. No se trata, sin embargo, de una recuperación dogmática del marxismo clásico, sino de un «comunismo para el presente», transnacional y situado fuera de los límites tradicionales del mercado y del Estado nacional.
En este marco, Žižek critica con dureza las proclamas identitarias y de autenticidad que caracterizan a buena parte de la izquierda contemporánea. Según su diagnóstico, estas reivindicaciones —»cada vez más líquidas y transitorias», en sus términos— no solo carecen de potencia transformadora, sino que contribuyen activamente a la fragmentación política que facilita el avance del capitalismo tecnocrático. Frente a ellas, propone una postura universalista y solidaria, capaz de cambiar el horizonte mismo de lo que parece posible dentro del orden establecido.
El diagnóstico sobre la crisis de la palabra ocupa un lugar central en este entramado teórico. Cuando Žižek afirma que las palabras ya no se toman en serio, se refiere a un fenómeno que trasciende los límites de la mentira política convencional: se trata de la constatación de que en la esfera pública contemporánea ya no se espera que los discursos sean veraces ni coherentes, sino meramente performativos. Su ejemplo predilecto es Donald Trump: «Se contradice constantemente, ya nadie confía en lo que dice», señala. Lejos de ser una anomalía, la contradicción permanente se ha normalizado como modalidad discursiva hegemónica, de modo que la inverosimilitud se ha convertido en un rasgo estructural de la comunicación política.
Esta crisis del valor veritativo del lenguaje se conecta con su análisis de la cuestión palestino-israelí, uno de los temas que abordan con mayor profundidad en la entrevista. Žižek se define como propalestino, aunque subraya que su posición no es ni antisemita ni proislamista, una matización que le ha valido críticas cruzadas por parte de ambos bandos. «Uno sólo es realmente propalestino —ironiza— si cree que Israel no es más que un proyecto colonial que habría que arrojar a los judíos al mar y que Hamás fue un auténtico movimiento revolucionario». Frente a esta dicotomía simplificadora, el filósofo introduce un dato histórico incómodo: el principal financiador de Hamás habría sido Israel, con el objetivo estratégico de mantener enfrentadas a Cisjordania y Gaza.
En el transcurso del diálogo, Žižek distingue con precisión conceptual entre su posición y lo que denomina «sionismo antisemita», categoría que atribuye directamente a Trump y su entorno, así como a la Declaración de Balfour que sentó las bases del Estado de Israel. Su argumentación sobre este punto resulta particularmente incisiva: el sionismo —sostiene— habría funcionado históricamente como un dispositivo paradójico que expulsa a los judíos con la promesa de darles un hogar, sobre la base de relaciones comerciales y diplomáticas convenientes. En su lectura, el «hogar nacional judío en Palestina» habría sido concebido como la última fortaleza de Occidente frente a los «bárbaros orientales»: una solución que rechaza al pueblo judío buscando su alejamiento geográfico definitivo de Europa.
Las implicancias sociopolíticas de este diagnóstico son considerables. En primer lugar, la crisis de la palabra documentada por Žižek erosiona los presupuestos básicos de cualquier deliberación democrática: si los discursos no se sustentan en compromisos veritativos, la rendición de cuentas se vuelve imposible y el espacio público deja de ser un ámbito de confrontación racional para convertirse en un mero escenario de espectáculo performativo. En segundo término, su propuesta de un «nuevo comunismo» universalista abre un frente de debate con el identitarismo hegemónico en la academia y en los movimientos sociales occidentales, cuestionando sus fundamentos epistemológicos y estratégicos.
En tercer lugar, la urgencia de controlar la inteligencia artificial y de detener la devastación ambiental que atraviesa su argumentario conecta el debate filosófico con las coordenadas más acuciantes de la agenda política global. La inteligencia artificial, como tecnología emergente sin marco regulatorio efectivo, plantea interrogantes que desbordan las categorías políticas tradicionales; Žižek insiste en que su gestión solo será eficaz en el marco de una coordinación internacional que supere la lógica de la competencia interestatal capitalista.
El estado de la humanidad, tal como lo describe el filósofo en esta entrevista, se caracteriza por una combinación de depresión y pesimismo, frente a la cual propone como antídoto el humor sucio y negro, y como armas contra la ceguera una inteligencia disfrazada de vulgaridad y verdades dolorosas y obscenas. El perfil de Žižek, atravesado por estas coordenadas estilísticas, se confirma una vez más como el de un pensador que utiliza la provocación como instrumento heurístico, no como mero espectáculo.
Cierra la conversación una anécdota de humor negro que condensa su visión del mundo: Žižek visita a un amigo con cáncer terminal y le conmina a no continuar con las sesiones de quimioterapia, porque ya ha escrito sobre él un brillante obituario que desea publicar. La broma, macabra y deliberadamente ofensiva, funciona como una parábola de su método: la verdad incómoda —en este caso, la inminencia de la muerte y la vanidad del esfuerzo médico— se expresa a través de un vehículo obsceno que obliga al interlocutor a enfrentar lo que preferiría ignorar.
En definitiva, la entrevista ofrece un mapa condensado del pensamiento político de Žižek en la segunda mitad de la década de 2020: diagnóstico de la crisis veritativa del lenguaje público, crítica del identitarismo, propuesta regeneradora de un comunismo universalista, análisis heterodoxo de la cuestión de Oriente Medio y llamada a la acción frente a la inteligencia artificial y la devastación climática. El filósofo esloveno no ofrece un programa político convencional, sino un marco conceptual destinado a desplazar los términos del debate: si las palabras ya no se toman en serio, la tarea del pensamiento crítico consistiría precisamente en reconstruir las condiciones de posibilidad de una palabra que vuelva a comprometerse con lo real.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
