Cultura

Rafael Rodríguez Rapún: el homenaje al ingeniero que amó a Lorca, dirigió La Barraca y murió defendiendo la República en Cantabria

En el cementerio de Ciriego de Santander conviven dos historias que la dictadura intentó sepultar: la de un poeta asesinado y la de un joven ingeniero que murió un año después, el mismo día, luchando por la República que los había visto crecer. Rafael Rodríguez Rapún (Madrid, 1912-Santander, 1937), secretario del grupo de teatro universitario La Barraca y compañero sentimental de Federico García Lorca, ha sido evocado en un acto público organizado por la Asociación Héroes de la República y la Libertad y el medio digital El Faradio, bajo el nombre de Flores para Rapún.

La coincidencia cronológica resulta incómodamente simbólica: Rapún falleció el 18 de agosto de 1937 a causa de las heridas sufridas en un ataque aéreo en Bárcena de Pie de Concha, apenas doce meses después de que el poeta fuera fusilado en las cercanías de Víznar, Granada, el 18 de agosto de 1936. Una misma fecha separada por un año y por dos muertes que la historia oficial mantuvo durante décadas en compartimentos estancos: la del artista célebre y la del militante anónimo.

La trayectoria de Rodríguez Rapún rompe cualquier estereotipo. Nacido en el seno de una familia de clase trabajadora madrileña, cursó ingeniería de minas en la Escuela Superior de Minas de la Universidad Central de Madrid. Su perfil polifacético era, en realidad, una muestra del dinamismo que la Segunda República permitía desplegar a quienes provenían de entornos populares: jugó en las categorías juveniles del Atlético de Madrid, fue miembro de la Agrupación Socialista de Madrid desde 1932 y compaginó su vocación técnica con una temprana inclinación hacia el teatro.

Fue precisamente en 1933 cuando se incorporó como actor al proyecto cultural más ambicioso de la República en materia escénica: La Barraca. Este grupo de teatro universitario, creado en 1931 bajo la coordinación de Federico García Lorca y Eduardo Ugarte, con financiación gubernamental y vinculado al proyecto de las Misiones Pedagógicas impulsadas por Manuel Bartolomé Cossío y Fernando de los Ríos, tenía como misión llevar el repertorio clásico del Siglo de Oro —Cervantes, Lope, Tirso, Calderón— a los pueblos y comarcas de una España rural donde, según los propios organizadores del reciente homenaje, la mitad de los hombres y tres cuartas partes de las mujeres eran analfabetas.

La labor de La Barraca trascendía lo estrictamente teatral. El grupo, por decisión de Lorca, distribuía copias de obras del Museo del Prado, recitaba poesía y extendía un puente cultural entre la capital y las provincias más desatendidas. Rapún no fue un espectador pasivo de esa cruzada pedagógica: el propio García Lorca, que apreció su carisma escénico y su capacidad organizativa, lo nombró secretario de la compañía y lo bautizó cariñosamente como El hombre de las tres erres, en alusión a sus iniciales R.R.R. La relación personal entre ambos se consolidó durante la gira de verano de 1935, cuando el poeta nombró a Rapún secretario formal de la compañía y entablaron una relación sentimental que ha sido documentada por el hispanista Ian Gibson en Lorca y el mundo gay (2009) y reconstruida en la dramaturgia contemporánea.

La descripción que dejó el pintor Luis Sáenz de la Calzada, compañero de ambas aventuras, escénica y vital, dibuja a un hombre de físico singular: cabeza grande y braquicéfala, cabello ensortijado y frente surcada por una profunda arruga transversal, nariz que le confería perfil de estatua griega. Pablo Neruda, en sus memorias, fue aún más expresivo: lo describió como un hombre tímido, de pelo largo y rizado, de estatura media, con una sencillez popular española y una completa normalidad varonil.

El estallido de la Guerra Civil alteró radicalmente ese itinerario personal y colectivo. Tras el golpe de Estado de julio de 1936, La Barraca realizó su última función en la primavera de 1936 en el Ateneo de Madrid, con El caballero de Olmedo de Lope. La muerte de García Lorca en agosto de ese mismo año, de la que Rapún se enteró a través de su padre con la escueta noticia de que habían matado a su amigo el poeta, precipitó una decisión que conjugaba duelo personal y convicción política. Rapún se incorporó al bando republicano, realizó un curso de artillería en la localidad murciana de Lorca y fue destinado al frente cantábrico con el grado de teniente.

Los motivos que impulsaron esa alistación han sido objeto de interpretaciones encontradas. La escritora María Teresa León, esposa de Rafael Alberti y amiga cercana de Rapún, sostuvo en sus memorias que el joven se dejó matar, entendiendo su incorporación al frente como una suerte de vía de encuentro póstumo con Federico. Otros testimonios, sin embargo, subrayan la dimensión estrictamente política de la decisión: Rapún era un militante socialista convencido, vinculado a la Casa del Pueblo y plenamente consciente de que el golpe militar representaba una amenaza directa a los derechos y la cultura que la República había impulsado. Ambas lecturas no resultan necesariamente excluyentes y sugieren una personalidad en la que lo afectivo y lo ideológico se fundían de manera indisoluble.

El destino lo condujo a Cantabria, donde se desarrolló una de las operaciones más decisivas de la Ofensiva del Norte. La campaña de Santander, iniciada formalmente el 14 de agosto de 1937 con bombardeos de artillería y aviación sobre las posiciones republicanas, enfrentó al ejército de la República, severamente diezmado y desprovisto de apoyo aéreo y logístico, contra las brigadas navarras del bando sublevado y el Corpo Truppe Volontarie italiano. La superioridad material y numérica de los atacantes —que contaban además con aviación alemana e italiana— hizo que la resistencia republicana se colapsara progresivamente.

Rapún fue herido en Bárcena de Pie de Concha, localidad situada en el valle del río Besaya, en un contexto de ataques aéreos sobre las posiciones defensivas de la República. Trasladado al Hospital de Sangre número cuatro de Santander, murió el 18 de agosto de 1937 a los 25 años, algunos días después de haber sido alcanzado. Su cuerpo fue inhumado en el cementerio de Ciriego, donde la familia decidió, décadas después, que permaneciera. La ciudad caería definitivamente en manos sublevadas el 26 de agosto de 1937.

Durante largas décadas, la figura de Rapún permaneció en un cono de sombra casi absoluto, incluso en Santander, donde reposan sus restos. Fue el escritor e investigador Ian Gibson quien, a partir de la documentación de la relación entre el poeta y el ingeniero, reavivó el interés académico. El camino hacia la recuperación pública, no obstante, se consolidó a través de la ficción: la obra teatral La piedra oscura de Alberto Conejero, estrenada con éxito, y particularmente el proyecto cinematográfico La bola negra de Javier Ambrossi y Javier Calvo, basado en la obra inconclusa del mismo nombre de García Lorca y en la pieza de Conejero, han situado a Rapún en el centro de un relato que entrelaza memoria histórica, cultura republicana y biografía sentimental. La película, presentada en la competición principal del Festival de Cannes en mayo de 2026 con el premio a mejor dirección para Ambrossi y Calvo, se estrenará comercialmente en España el 25 de septiembre de 2026 y está previsto que llegue a los escenarios internacionales y candidaturas a galardones como los Oscar.

El acto Flores para Rapún celebrado en Santander se inscribe en esa nueva marea memorialística. Jorge Suárez, presidente de la Asociación Héroes de la República y la Libertad, sintetizó el sentido de la convocatoria al afirmar que si para García Lorca su amado representaba tres erres, para quienes lo reivindican ahora merece también la cuarta: la de republicano, por haber dado un paso al frente cuando estallaron el golpe y la guerra, aun cuando podía haberse apartado y haber vivido en relativa seguridad. Óscar Allende, director de El Faradio y autor, junto a su equipo, de una biografía inédita del joven ingeniero, subrayó la doble vertiente—cultural y política—de su compromiso, que entendía la divulgación artística como un servicio directo a la clase trabajadora.

Durante el acto, los asistentes depositaron flores rojas, amarillas y moradas junto al nicho que alberga sus restos y recitaron versos de los Sonetos del amor oscuro de Lorca, el conjunto de once sonetos escritos entre 1935 y 1936 y publicados póstumamente, en el que la crítica y diversos testigos como María Teresa León identifican la huella de Rapún como una de las inspiraciones afectivas del poeta, aunque otros investigadores atribuyan parte de esos versos a Juan Ramírez de Lucas, el último interés amoroso documentado de García Lorca.

La combinación de memoria, justicia y cultura que envuelve el recuerdo de Rodríguez Rapún coloca bajo una luz distinta un episodio de la historia española frecuentemente reducido a la biografía del genio ejecutado. Su trayectoria ilumina la red de jóvenes profesionales, artistas y militantes que la República movilizó culturalmente y que la guerra dispersó o aniquiló. Más allá del dato biográfico, la historia de Rapún constituye un testimonio de cómo la derrota republicana también significó la pérdida de una generación de transmisores culturales cuyo proyecto sobrevivió, fragmentario, en archivos, memorias y, ahora, en la película que llegará a las salas en septiembre.

En términos estrictamente fácticos, la vida de Rafael Rodríguez Rapún se extendió solo veinticinco años. En ese lapso alcanzó a ser deportista universitario, actor, secretario de la compañía teatral más emblemática de la Segunda República, compañero sentimental de uno de los poetas en lengua castellana más importantes del siglo XX y oficial de artillería del Ejército republicano. Su muerte en el hospital de campaña de Santander, en medio de la retirada republicana del frente cantábrico, selló una biografía que ni la censura ni el olvido han logrado disolver del todo. El nicho de Ciriego, la película de Los Javis, la obra de Conejero y la biografía que prepara El Faradio convergen para devolver a la superficie pública los restos de una historia que, como tantas otras, la España democrática comienza ahora a integrar en su relato colectivo.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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