La etiqueta llegó antes que la pregunta. Cuando un grupo de narradoras latinoamericanas nacidas a partir de la década de 1970 comenzó a ocupar un lugar central en los catálogos de grandes grupos editoriales, en las mesas de novedades de las ferias internacionales y en las listas de premios transatlánticos, el mercado encontró una fórmula eficaz para nombrar el fenómeno: «nuevo boom latinoamericano». La fórmula, sin embargo, arrastra una herencia problemática. Alude a un episodio editorial ocurrido entre las décadas de 1960 y 1970, cuando las obras de Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa fueron distribuidas masivamente en Europa y Estados Unidos, y convirtió una constelación de escrituras diversas en una marca comercial reconocible. Aquel boom dejó fuera a autoras que publicaban con igual o mayor calidad, como Elena Garro o Rosario Castellanos, y consolidó la imagen del escritor latinoamericano como un intelectual cosmopolita, varón, comprometido y revolucionario.
Sobre esa operación de memoria y de mercado trabaja No somos boom. La polémica instalación de las narradoras latinoamericanas del siglo XXI, el volumen firmado a cuatro manos por Lorena Amaro Castro, académica de la Pontificia Universidad Católica de Chile, y Fernanda Bustamante Escalona, investigadora de la Universitat Autònoma de Barcelona, publicado por el Fondo de Cultura Económica. El libro no se limita a celebrar la mayor presencia de mujeres en el espacio literario. Su hipótesis central sostiene que la etiqueta de «boom» funciona como una trampa: parece reconocer un logro, pero al mismo tiempo lo reduce a un fenómeno de mercado, lo despoja de valor simbólico y oculta las condiciones estructurales que siguen condicionando la producción y la recepción de la literatura escrita por mujeres.
La primera en rechazar la etiqueta es la propia literatura. Según recogen las autoras a partir de entrevistas, notas de prensa y análisis de casos, muchas de las narradoras señaladas por el mercado evitan identificarse con esa categoría porque la asocian con lo contingente y lo comercial. La escritora mexicana Fernanda Melchor, autora de Temporada de huracanes, declaró a medios argentinos que existe un interés «voraz» por las voces femeninas y que las editoriales quieren publicar mujeres, pero advirtió que no está claro que pueda hablarse de un boom femenino, porque eso implicaría comparar la coyuntura actual con un fenómeno ocurrido hace más de medio siglo. La ecuatoriana María Fernanda Ampuero fue más lejos: calificó de «tremendamente injusto» comparar lo que ocurre hoy con aquel boom, al que describió como un fenómeno de marketing editorial en el que no necesariamente primaba el valor de las obras, y recordó que durante ese período había muchas mujeres que escribían extraordinariamente bien y fueron dejadas en la sombra por las mesas de novedades y los suplementos literarios.
La colombiana Pilar Quintana, ganadora del Premio Alfaguara de Novela en 2021, aporta una formulación que el libro recupera de manera explícita: «No hay un boom de escritoras, hubo una tradición invisibilizada». La afirmación desplaza el eje del debate. No se trata de un surgimiento repentino ni de una irrupción sin antecedentes, sino de un proceso de relectura y reparación histórica. Amaro y Bustamante despliegan para sostener ese argumento un mapa de editoriales independientes, colecciones de rescate histórico-crítico y proyectos colectivos que, en paralelo al circuito comercial, se proponen hacer visible una constelación de textos que permanecía en el espacio aparentemente vacío del canon.
El volumen se apoya en herramientas de los feminismos, la teoría y la sociología literaria, los estudios autorales y culturales. Uno de sus nudos analíticos es la relación entre libertad creadora y mercado. Las investigadoras preguntan si es posible que una literatura consagrada dentro de un mercado capitalista neoliberal y neocolonial conserve su potencia de ruptura, y extienden la pregunta a dos esferas que suelen presentarse como independientes: la academia y el ecosistema de premios. El libro observa que la propia crítica universitaria, que en el pasado reivindicaba su autonomía de criterio, puede volverse demasiado dócil a una trama de complicidades entre galardones resonantes, intervenciones públicas, publicidad, periodismo cultural y divulgación internacional articulada por grandes grupos editoriales.
El siguiente problema que plantean es el efecto de concentración. Sin negar el mérito de las autoras que acceden al gran mercado internacional, Amaro y Bustamante se preguntan si esa focalización en unos pocos nombres no tapa a muchísimos otros igualmente meritorios que permanecen en la sombra y que suelen pertenecer, aunque no exclusivamente, a colectivos minorizados. La dinámica se refuerza desde la academia: profesores y críticos, mujeres y varones, presionados por la necesidad de enseñar y publicar, tienden a escoger como objeto de estudio preferente a las autoras aclamadas y sus obras, que además resultan difundidas y accesibles, en lugar de ampliar investigaciones cada vez menos financiadas para descubrir otras opciones. La visibilidad se convierte así en un circuito que se retroalimenta y deja fuera a quienes no ingresan en él.
La dimensión de género atraviesa también el contenido de las obras. Las investigadoras examinan cuán representativas de una mirada feminista son las autoras englobadas en el supuesto boom y cuánta voluntad de inclusión y reconocimiento existe en ellas respecto de sus contemporáneas ocultas y de las creadoras que las precedieron. El libro cita con frecuencia a la mexicana Cristina Rivera Garza, probablemente la novelista y ensayista más mencionada del volumen, y recupera conceptos como los de «desapropiación» y «comunalismo literario», que apuntan a un trabajo colectivo y a una relación con la escritura que no se define por la propiedad individual. Estos conceptos provienen de una tradición ensayística que vincula la práctica literaria con la comunalidad mesoamericana y con formas de trabajo colectivo, y funcionan en el libro como contrapunto a la lógica del autor como marca personal.
El volumen identifica además un conjunto de núcleos temáticos que se expanden más allá de la literatura del boom y de cualquier etiqueta generacional: los cuerpos desobedientes y sexo-disidentes, los imaginarios alternativos materno-filiales, la denuncia de las necropolíticas, las violencias marcadas por la situación de género y la opresión neocolonial, y la presencia de subjetividades excluidas. Para Amaro y Bustamante, ese conjunto configura mucho más que un boom publicitario. Es la razón por la cual el título del libro funciona casi como una sentencia: la etiqueta no describe lo que ocurre, lo simplifica.
La discusión no es exclusiva del ámbito latinoamericano. La directora literaria de la agencia Carmen Balcells, Maribel Luque, sostuvo en declaraciones periodísticas que junto a autoras como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Brenda Lozano, Fernanda Melchor o Mónica Ojeda conviven voces españolas de potencia equivalente, y que puede hablarse de un boom femenino y feminista no adscrito territorialmente. Otras voces del sector señalan, en cambio, que el interés editorial no es filantrópico: está estimulado por la repercusión comercial que esas autoras tienen en los lectores. El negocio existe, y el mercado también debería reconocer su responsabilidad en la ampliación de su mirada.
El libro recuerda que cada vez que un grupo de creadoras emerge a una luz pública más intensa, suele presentárselo como si inaugurara la presencia de escritoras en la literatura universal, ignorando los hilos genealógicos que los feminismos académicos y no académicos vienen reparando desde hace décadas. Esa operación de borrado tiene consecuencias concretas: la tradición se percibe como excepción, el logro presente como milagro y la responsabilidad estructural del campo literario como un detalle secundario.
Lo que queda en pie, según la evidencia reunida en el volumen, es una paradoja verificable. Las narradoras latinoamericanas del siglo XXI ocupan hoy posiciones de visibilidad, ventas y reconocimiento que sus predecesoras no tuvieron. Al mismo tiempo, esa visibilidad convive con formas de misoginia y discriminación más o menos refinadas, con un mercado que sigue concentrando la atención en pocos nombres y con una academia que replica esa concentración. El título No somos boom no es, entonces, una negación del mérito ni del éxito, sino una advertencia metodológica: antes de aceptar una etiqueta que suena a homenaje, conviene revisar quién la acuñó, qué deja fuera y a qué intereses sirve.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
