Cultura

Metamorfosis del jardín: tres artistas, un bosque imaginario y el cruce de fronteras en el Centro Cultural MATTA de Buenos Aires

La pregunta que articula la exposición es precisa y a la vez de vastas implicancias: ¿qué nuevas formas de relación con la naturaleza puede imaginar hoy el arte? Sobre esa premisa, el Centro Cultural MATTA, espacio dependiente de la Embajada de Chile en Argentina y uno de los únicos espacios culturales estatales chilenos en el exterior, despliega desde mediados de agosto la muestra colectiva «Metamorfosis del jardín», concebida como un recorrido inmersivo que transforma sus salas en un universo donde conviven bosques de terciopelo, materia vegetal viva, joyería contemporánea, tejidos y formas orgánicas.

La exposición, que permanecerá abierta hasta el 28 de agosto en el edificio de Tagle esquina Avenida del Libertador, con ingreso por la Plaza República de Chile y horarios de martes a sábado entre las 12 y las 19 horas con entrada libre y gratuita, reúne el trabajo de tres artistas de trayectorias disímiles pero convergentes en torno a un mismo eje conceptual: la frontera como territorio poroso.

La chilena Rita Soto Ventura proviene del campo de la joyería artística y la micro cestería realizada con crin de caballo, una técnica que heredó de su padre y que la llevó a ser seleccionada para integrar la sexta edición de la Brazil Jewelry Week. La rusa Irina Khatsernova es diseñadora, florista y artista vegetal que estudió física en Moscú antes de graduarse en diseño de interiores en el Fashion Institute of Technology de Nueva York y radicarse en Buenos Aires hace más de una década. La argentina Guillermina Lynch trabaja desde hace años con el terciopelo como material central, intervenido mediante técnicas que incluyen serigrafía, arrugado, quemado y procedimientos digitales tridimensionales.

El contexto arquitectónico de la muestra agrega una capa de significación adicional. El Centro Cultural MATTA —que rinde homenaje al arquitecto, pintor y poeta chileno Roberto Matta— fue creado en 2010 en el marco del Bicentenario de la República de Chile y reinaugurado con su denominación actual en 2015. Su edificio fue diseñado por el arquitecto chileno Sebastián Irarrázaval como un anexo contemporáneo al conjunto de la Embajada, cuya construcción original data de 1966 y fue obra de los arquitectos Juan Echenique Guzmán, José Cruz Covarrubias y Pablo Burchard Aguayo. La fachada vidriada del centro cultural se abre hacia la Plaza República de Chile, estableciendo una relación directa con la vegetación circundante que convierte al paisaje exterior en parte constitutiva de la experiencia espacial.

Esa condición arquitectónica es especialmente significativa para una muestra que interroga los límites entre jardín, bosque, arquitectura y naturaleza. No ha sido un dato menor para las artistas: Khatsernova explicó que el impacto que le generó el edificio y su entorno la llevó a decidir que la naturaleza también debía crecer en su interior. Su instalación está construida con musgos, piedras, ramas, flores y otros materiales orgánicos que dan forma a un espacio de amparo inspirado en los bosques que atraviesan la cordillera y continúan más allá de las fronteras políticas. «Dentro de una Embajada el territorio cobra un nuevo sentido, algo que en la naturaleza sucede todo el tiempo», señala la artista. «Un árbol que pertenece a un sitio puede extender sus raíces hacia otro, atravesar los límites y fusionarse».

La dimensión simbólica de la instalación de Khatsernova resulta múltiple. Sus piezas son vivas, mutan constantemente y son efímeras: la artista reconoce que su obra posee vida propia y que ella no la controla. Entre la vegetación, la orquídea ocupa un lugar destacado, identificada por la creadora no como una flor sagrada sino como una especie dueña de una resiliencia absoluta, dispuesta a adaptarse a cualquier circunstancia. La melancolía, que la artista vincula con su origen ruso, y la necesidad de comprender que la vida está marcada por los ciclos se integran a un ecosistema que funciona como una fábula sobre la muerte, la transformación y los bordes.

Por su parte, Guillermina Lynch presenta una instalación inmersiva que combina video, sonido y textiles. Ocho tapices de terciopelo conforman un bosque transitable, intervenidos mediante una técnica basada en la reapropiación de la serigrafía. La artista recurre a la arruga, la sensación de algo áspero y rugoso, y se anima a mojar el terciopelo, quemarlo, extender sus fronteras y transformar el material en instalación. Lynch afirma que le interesa acercarse a los significados históricos del terciopelo —un material denso que absorbe el sonido, bloquea la luz y remite a conceptos cercanos al poder, el lujo, la sensualidad y la religión— trabajando con técnicas que tradicionalmente no se usan en su tratamiento, abordando los cánones morales y estéticos asociados a la belleza tradicional. Las orquídeas, uno de los motivos recurrentes en su trabajo, aparecen junto a árboles, peces, ramas y hojas de nenúfar, construyendo un paisaje situado entre la realidad y la fantasía. La instalación incorpora además fragmentos del poema «Raíces» de Gabriela Mistral, que se integran al recorrido como una extensión conceptual y material del bosque.

Rita Soto Ventura contribuye con sus criaturas que habitan la naturaleza, nacidas de una metamorfosis y concebidas desde la joyería artística. Sus habitantes del bosque o del fondo del mar pueden ser animales, bichos, criaturas fantásticas o parásitos, siempre que despierten algo en el espectador. «Lo que más me interesa es que la gente eche a volar su imaginación», sostiene. La muestra está acompañada por textos de la filósofa y escritora Sofía Di Scala, cuyos interrogantes resuenan en cada rincón de la exposición. La curaduría estuvo a cargo de María Mengelle, asesora artística de la institución, en una lógica site-specific que articula obra y arquitectura a partir del recorrido por las salas.

Las implicancias de la muestra trascienden el ámbito estrictamente artístico. En primer lugar, sitúa al Centro Cultural MATTA como plataforma de diálogo entre las escenas creativas de Chile y Argentina, propósito que María Mengelle define como uno de los ejes de la programación institucional. El embajador de Chile en Argentina, Gonzalo Uriarte Herrera, subrayó que la exhibición «se inscribe en este compromiso» de sostener una agenda orientada a promover el intercambio artístico y fortalecer los vínculos culturales entre ambos países. En segundo lugar, la exposición plantea una lectura política del territorio: el hecho de que una instalación sobre fronteras y límites se desarrolle dentro de una Embajada, institución que por definición materializa la noción de extraterritorialidad, establece una metáfora arquitectónica y diplomática de considerable densidad conceptual.

A nivel económico y cultural, la muestra forma parte de una tendencia creciente hacia el arte site-specific en instituciones diplomáticas latinoamericanas, un modelo que permite articular presencia estatal, producción artística contemporánea y acceso público gratuito. La entrada libre y gratuita, junto con el emplazamiento en una zona de alta circulación urbana y cultural de Buenos Aires, amplía el espectro de públicos potenciales y refuerza la función del espacio como lugar de encuentro intercultural.

Como actividad de cierre, el jueves 27 de agosto a las 18 horas, la filósofa y escritora Sofía Di Scala ofrecerá una conferencia en el auditorio del Centro Cultural MATTA, profundizando en las preguntas que atraviesan la muestra. «Metamorfosis del jardín» permanecerá abierta al público hasta el 28 de agosto, en el único espacio cultural del Estado de Chile en el exterior, entre el bullicio de Plaza República de Chile y la quietud de un edificio que, durante unas semanas, se convirtió en bosque.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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