Durante décadas, la construcción con madera en Argentina estuvo asociada casi exclusivamente a viviendas unifamiliares de sistemas livianos o a tipologías tradicionales de regiones forestales. Sin embargo, la tecnología avanzó a nivel mundial y hoy permite erigir edificios de varios pisos y estructuras de alta complejidad, un terreno que parecía reservado al hormigón y al acero. Ese cambio tiene un nombre: mass timber o madera masiva estructural.
No se trata simplemente de construir más grande con madera. Es una nueva generación de sistemas industrializados que utiliza productos de ingeniería como la madera laminada encolada (glulam o GLT) y la madera contralaminada (CLT), capaces de conformar vigas, columnas, paneles y grandes elementos estructurales fabricados con precisión y ensamblados en obra. Esta técnica transforma la manera de proyectar y ejecutar, trasladando gran parte del trabajo al taller y reduciendo las tareas húmedas en el sitio.
El mass timber no es una moda reciente. Sus orígenes se remontan a mediados del siglo XX, cuando se desarrollaron los primeros adhesivos estructurales y se popularizó la madera laminada encolada en Europa y América del Norte. Países como Suecia, Noruega, Alemania y Canadá lideraron la investigación y normativa para estructuras de madera de gran altura. En la década de 1990, la aparición del CLT marcó un hito: este panel de capas cruzadas permitió construir muros y losas con gran rigidez y resistencia, habilitando edificios de mayor altura. Desde entonces, proyectos emblemáticos como el Mjøstårnet en Noruega (85 metros) o el Ascent en Milwaukee (86 metros) demostraron la viabilidad técnica y económica del mass timber.
En Argentina, el camino ha sido más lento. La tradición forestal se concentró en la producción de tableros, pasta celulósica y madera aserrada para usos no estructurales. La construcción con madera quedó relegada a viviendas sociales o de tipo chalet, con normativas dispersas y escasa industrialización. No obstante, en los últimos años surgieron iniciativas que buscan revertir esa tendencia. El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) trabajan en la caracterización de maderas nativas e implantadas para uso estructural. Universidades como la UBA y la UNLP incorporaron la temática en sus carreras de arquitectura e ingeniería. Además, empresas privadas comenzaron a importar tecnología y a capacitar mano de obra especializada.
Un hito reciente fue la construcción del primer edificio de madera contralaminada en Argentina: el proyecto «Madera 5» en Bariloche, una torre de cinco pisos finalizada en 2023. Aunque de escala modesta, demostró que es posible cumplir con las exigencias del Código de Edificación y de las normas de seguridad contra incendios. Otras experiencias incipientes se registran en Córdoba y Buenos Aires, con viviendas multifamiliares y equipamientos públicos.
El mass timber ofrece ventajas concretas: alta relación resistencia-peso, lo que reduce fundaciones y facilita el transporte; tiempos de obra más cortos gracias a la prefabricación; menor desperdicio y mayor precisión dimensional; y un significativo beneficio ambiental. Los árboles capturan dióxido de carbono durante su crecimiento y lo almacenan en la madera. Si esa madera proviene de bosques gestionados sosteniblemente y se destina a productos de larga vida útil, el carbono queda secuestrado durante décadas, evitando emisiones que de otro modo se generarían con hormigón o acero. Según estudios internacionales, un metro cúbico de madera estructural puede almacenar aproximadamente una tonelada de CO2.
El contexto argentino presenta desafíos y oportunidades. El país cuenta con 1,3 millones de hectáreas de bosques cultivados, principalmente de pino y eucalipto, que podrían abastecer de materia prima a la industria del mass timber. Sin embargo, la cadena de valor aún es incipiente: faltan aserraderos con tecnología de secado y encolado, mano de obra calificada y normativas específicas. El Código Civil y Comercial y los reglamentos de construcción de cada jurisdicción no contemplan explícitamente los sistemas de madera masiva, lo que genera incertidumbre para los desarrolladores.
A nivel económico, el costo inicial de los materiales importados (CLT y glulam) es elevado en comparación con el hormigón, aunque el ahorro en tiempo y mano de obra puede compensar la inversión. La devaluación del peso y las restricciones a las importaciones han sido obstáculos, pero también impulsores para fomentar la producción nacional. Algunas empresas argentinas ya fabrican glulam con madera de pino proveniente de Misiones y Corrientes, y se espera que en los próximos años se sume la producción local de CLT.
El futuro del mass timber en Argentina dependerá de varios factores: la actualización de la normativa técnica (IRAM y CIRSOC), la inversión en capacitación y tecnología, y la consolidación de una cadena foresto-industrial sustentable. La experiencia internacional muestra que se requiere una acción coordinada entre Estado, sector privado y universidades. En Chile, por ejemplo, el mass timber avanzó gracias a políticas de fomento y a la adaptación de normas sísmicas. En Brasil, el CLT se produce localmente y se utiliza en viviendas de interés social.
En resumen, el mass timber representa una oportunidad para modernizar la construcción argentina, mejorar su productividad y reducir su huella de carbono. Aunque los desafíos son significativos, los primeros pasos ya se están dando. La transición hacia una construcción más industrializada y sostenible es un proceso de largo plazo, pero la madera masiva estructural comienza a dejar de ser una promesa para convertirse en una realidad tangible.
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