Hay un libro que viene a saldar una deuda largamente postergada en la historiografía musical argentina. Durante décadas, las historias del tango se escribieron privilegiando criterios puramente estéticos o estrictamente artísticos: se hablaba de Guardia Vieja, de Guardia Nueva y de Vanguardia, y después de ellos, el relato se diluía en un impreciso epílogo. Esa narrativa tradicional, que concebía al género bajo el patrón de un organismo vivo que asciende hasta el punto cúlmine de los llamados “dorados años cuarenta” y desde allí declina de manera abrupta, ocultaba una realidad mucho más compleja: la de un género que no cayó, sino que mutó en consonancia con las transformaciones del país que lo engendró.
El autor de esa corrección de rumbo es el historiador Sergio Pujol, nacido en La Plata en 1959, investigador científico del CONICET y profesor titular de Historia del Siglo XX en la Universidad Nacional de La Plata, que acaba de publicar Las edades del tango. De 1897 al siglo XXI, un volumen de más de 600 páginas editado por Planeta en el que el género rioplatense es leído no solo como una expresión artística sino como un espejo de las transformaciones políticas, sociales y económicas de la Argentina.
La columna vertebral de la obra es un esquema periodizador novedoso que divide más de un siglo de historia tanguera en cinco etapas que Pujol denomina “edades”: La edad del deseo (1897-1916), La edad del sentimiento (1917-1935), La edad de la prosperidad (1936-1955), La edad de la ruptura (1955-1982) y La edad de la memoria (1983-2009). La elección del concepto de “edad” por sobre el de “época” no es un capricho terminológico. Para el autor, una edad supone un ecosistema relativamente autónomo, dotado de sus propias lógicas culturales, en el que música, letras, bailarines, cantores, políticas estatales y condiciones materiales de producción se entrelazan de maneras específicas e irrepetibles.
La investigación, que demandó más de dos años de trabajo, se despliega desde las primeras partituras prostibularias de fines del siglo XIX, cuando en 1897 el afrodescendiente Rosendo Mendizábal compuso El entrerriano, considerado el primer tango grabado, hasta las expresiones más recientes del género en el siglo XXI. En ese trayecto desfilan las orquestas típicas, los poetas del arrabal, las cantantes que en los años veinte y treinta redefinieron la vocalidad femenina del género y las figuras que, como Goyeneche y Salgán, sostuvieron la práctica tanguera más allá de la supuesta era de oro.
El enfoque del libro se apoya en un principio metodológico que Pujol toma de la historia social: la convicción de que las expresiones culturales no pueden comprenderse al margen de sus condiciones de posibilidad material. En ese sentido, cada edad es analizada en relación directa con los procesos que atravesaba el país: la inmigración masiva y la conformación de los conventillos y arrabales porteños en la edad del deseo; la consolidación de la industria discográfica y el cine sonoro en la edad del sentimiento, en la que Carlos Gardel se erige como figura central; la industrialización, el peronismo y el auge de la cultura de masas en la edad de la prosperidad, cuando la orquesta típica alcanza su forma más desarrollada; la proscripción política, los años sesenta y la irrupción del rock nacional en la edad de la ruptura, dominada por la figura de Astor Piazzolla; y finalmente la recuperación democrática, la posdictadura y la construcción memorialística en la edad de la memoria.
Esta periodización no está exenta de tensiones internas, y el propio autor lo reconoce al abordar el tramo más controvertido de esa historia. “El problema de pensar el tango partiendo de una ensoñación por un tiempo dorado es que nos perdemos de entender una serie de prácticas y representaciones que fueron de gran importancia en la construcción identitaria de nuestra cultura, tanto antes como durante y después de los cuarenta”, sostiene Pujol. Y advierte que, en la edad de la ruptura, si bien hay una indiscutible merma en la composición y la autoría, el género siguió produciendo prácticas significativas: fue, en palabras del historiador, una verdadera contracultura durante los años setenta y ochenta.
La obra se propone además saldar una ausencia específica dentro del campo de la bibliografía tanguera. Pujol destaca que se han escrito muchas biografías de los grandes nombres del género, técnicas de letras y partituras, memorias de bailarines y hasta enciclopedias en múltiples tomos. Lo que faltaba era una historia social integral y actualizada que no se detuviera en Piazzolla, como hacían buena parte de los trabajos que lo precedieron. En ese territorio, Las edades del tango dialoga de manera explícita con Tango y política, del filósofo Gustavo Varela, obra a la que Pujol reconoce una deuda intelectual. La diferencia radica, según explica, en la formación disciplinaria de partida de cada autor.
En el capítulo dedicado a “La edad del sentimiento”, Carlos Gardel es reconstruido a través del análisis de su voz, que Pujol concibe como una bisagra en la historia de la canción argentina: un modo de decir que condensó las aspiraciones emocionales de una sociedad en plena transformación. Gardel, señala el historiador, representa el ejemplo más acabado de capacidad de adaptación al cambio sin perder identidad: transitar de los dúos de la primera época al cantor acompañado por orquesta, de los discos de pasta al cine sonoro y de la popularidad local a la proyección internacional.
En “La edad de la ruptura”, el tratamiento de Piazzolla es deliberadamente sintético y directo, distanciándose de la acumulación biográfica que caracteriza buena parte de la literatura sobre el bandoneonista. El autor observa que la dimensión de Piazzolla es de tal magnitud que el contexto parece ser él mismo, como si el músico fuera simultáneamente texto y contexto. Esa singularidad es presentada como una clave de acceso a una edad que, sostiene Pujol, todavía no ha sido desarrollada con la profundidad que merece.
El contexto originario de estas reflexiones es, como no podría ser de otro modo, profundamente dialógico. El propio Pujol cuenta en el prólogo que la idea del libro se terminó de afinar a partir de una conversación con el historiador británico Eric Hobsbawm, fallecido en 2012. Ambos compartieron una conferencia en Buenos Aires que comenzó hablando de jazz, género que los fascinaba a ambos, y derivó hacia el tango. Fue entonces cuando el historiador inglés dejó flotando una pregunta que quedó girando durante años en el aire del historiador platense: ¿no hay un libro social y total del tango? Pujol tardó en responderla, pero la respuesta es ahora esta obra de más de seiscientas páginas.
La investigación sobre los orígenes del género ubica su nacimiento en el entorno portuario y los arrabales de Buenos Aires hacia fines del siglo XIX, en un escenario de inmigración masiva donde confluían criollos, afrodescendientes, italianos, españoles y otras colectividades. Esa matriz cosmopolita y marginal, ligada a los prostíbulos, los cafetines y los peringundines, definió el carácter transgresor de sus primeros modos de circulación, que la sociedad oligárquica de la época veía con recelo. La progresiva incorporación del tango a los salones, primero en París y luego en Buenos Aires, fue un proceso de legitimación que corrió en paralelo a la profesionalización de sus intérpretes y a la expansión de la industria musical local.
Las implicancias de esta nueva historia social del tango exceden el ámbito estrictamente musical. Al proponer una periodización fundada en lógicas socioculturales y no solamente estéticas, el libro introduce una herramienta de lectura que permite entender al género como un termómetro de la vida argentina: las migraciones, la urbanización, la industrialización, la política de masas, la dictadura y la posdictadura encuentran en el 2×4 un registro documental de primer orden. La obra revaloriza además a figuras y momentos que la narrativa del “tiempo dorado” había dejado en penumbra: las cancionistas de los años veinte y treinta, los arregladores de las grandes orquestas, los poetas posteriores al círculo clásico de Manzi y Discépolo, los movimientos que desde fines del siglo XX reincorporaron el tango a los circuitos alternativos de la ciudad.
En las páginas finales, Pujol se muestra cauto respecto a cómo nombrar el presente del género. Confiesa que pensó titular el capítulo final “La edad de la reinvención”, pero finalmente prefirió un gesto de prudencia historiográfica. “Lo mejor que se puede decir de un género musical es que su final sigue abierto”, sentencia. Y es precisamente esa apertura, esa convicción de que el tango es una lengua viva aunque no dominante, la que atraviesa el conjunto de la obra. La pregunta que Hobsbawm dejó flotando en aquella conferencia porteña tiene ahora una respuesta de más de seiscientas páginas que, como aventura el propio autor respecto a lo que pensarían sus interlocutores, no dejaría de reconocer sus propias huellas en el recorrido trazado.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
