La figura de Juan Forn ocupa un lugar singular en la historia cultural argentina reciente. Su muerte, ocurrida en Mar de las Pampas durante los días más duros de la pandemia, cerró una trayectoria que había atravesado varias mutaciones: la del editor que fundó la Biblioteca del Sur en Editorial Planeta, publicando a autores como Rodolfo Fogwill, Rodrigo Fresán, C.E. Feiling, Matilde Sánchez, Guillermo Saccomano y Mariana Enríquez; la del creador y primer director del suplemento Radar de Página 12; y, finalmente, la del escritor que se replegó a la costa bonaerense para encontrar un ritmo distinto. Aquella decisión, alentada por su amigo Guillermo Saccomano tras sufrir dos pancreatitis y recibir una advertencia médica, no fue un retiro sino una reubicación estratégica: desde Mar de las Pampas, Forn continuó escribiendo ensayos que transformaron su manera de narrar el mundo.\n\nLa reedición de La tierra elegida por parte de Emecé, que reúne una selección de los ensayos publicados originalmente en La tierra elegida (2005) y Ningún hombre es una isla (2009), permite revisitar ese proyecto. El prólogo de Mariana Enríquez describe estos textos como \»una especie de diario de un cambio de vida, de un nuevo punto de vista\», una definición que apunta a lo central: Forn no se limitó a cambiar de tema, sino que modificó su posición como narrador. En la redacción de Radar había comenzado a convertirse, según las palabras de Enríquez, en \»alguien que se daba cuenta de que las historias reales podían y debían contarse como bellas ficciones\». Claudio Zeiger y el propio Saccomano reconocieron tempranamente esa deriva estilística, que consistía en suspender las jerarquías entre el reportaje, la crítica literaria, la memoria personal y el retrato.\n\nEl resultado es un corpus que resiste la clasificación. Los perfiles reunidos en La tierra elegida abarcan nombres y geografías dispares: León Tolstoi, los autores mitteleuropeos, Yasunari Kawabata, Vladimir Nabokov, John Berger, Mark Rothko, Francisco Salomone, León Ferrari, Leonardo da Vinci, Oscar Wilde, George Bernard Shaw, Hunter S. Thompson, Gabriel García Márquez, Miguel Briante y Carlos Sorín. A primera vista, la selección parece responder a una curaduría de gustos personales. Sin embargo, un análisis más detenido revela un principio organizador: lo que hilvana estos ensayos no es el tema ni la época, sino la operación de escritura. Forn maceraba la crítica, la autobiografía, la curiosidad periodística y las pasiones literarias en un mismo texto, sin subordinar una a otra.\n\nEn la presentación del libro de 2005, Saccomano se refirió a un estilo \»confesional\» en el que los secretos, los hallazgos y las curiosidades de los personajes van y vienen entre los protagonistas y sus obras, ofreciendo alguna forma de revelación. Esa descripción anticipa lo que la crítica posterior identificaría como la marca Forn: la construcción de un yo narrativo que no se impone sobre el material, sino que lo acompaña. En \»Voces del jardín\», incluido en el volumen, el autor se presenta como un vecino más de la Villa de Mar de las Pampas. Una tarde lluviosa de febrero, cuando sale a dejar la basura, una botella de vinho verde le permite descubrir a los inquilinos de la casa de al lado. Ese procedimiento mínimo se convierte en la puerta de entrada a una historia mayor.\n\nLa comparación con otras tradiciones periodísticas resulta esclarecedora. Mientras el nuevo periodismo estadounidense de los años sesenta y setenta, con Tom Wolfe y Gay Talese como referentes, apeló a técnicas novelísticas para retratar la actualidad, Forn invirtió el vector: usó la investigación documental y la observación cotidiana para construir artefactos literarios que no renunciaban a su condición de ensayos. No hay en sus textos una búsqueda de la noticia ni del dato inédito, sino una indagación sobre las formas en que una vida se convierte en escritura. Ese desplazamiento lo emparenta con autores como W.G. Sebald o John Berger, cuyas obras también disuelven los límites entre el relato de viaje, la crítica de arte y la memoria.\n\nEl contexto económico y editorial de la reedición no es neutro. Emecé, sello del Grupo Planeta, recupera estos ensayos en un momento en que el mercado del libro argentino atraviesa una coyuntura compleja, marcada por la caída de la venta de ejemplares y la centralidad creciente de las plataformas digitales. La apuesta por un autor fallecido, cuya obra se sostiene en el boca a boca y en el reconocimiento de pares, indica una estrategia de catálogo basada en la permanencia antes que en la novedad. La inclusión del prólogo de Mariana Enríquez, una de las escritoras argentinas de mayor proyección internacional, refuerza esa operación: se trata de actualizar el legado de Forn para lectores que no lo conocieron en su rol de editor o de columnista.\n\nEl suplemento Radar, fundado por Forn en Página 12, había sido el laboratorio donde esos ensayos empezaron a tomar forma. Bajo su dirección, el periodismo cultural argentino incorporó una mirada que no separaba la erudición de la experiencia vital. Esa impronta dejó huellas en varias generaciones de cronistas. La reedición de La tierra elegida funciona, en ese sentido, como un documento de época: permite leer no solo los textos de Forn, sino también el sistema de referencias y complicidades que los hicieron posibles.\n\nLas consecuencias sociales de este tipo de escritura son difíciles de medir con métricas convencionales. No obstante, su influencia puede rastrearse en la consolidación de un lector dispuesto a aceptar que el periodismo y la literatura no son compartimentos estancos. En un ecosistema informativo dominado por la inmediatez y la fragmentación, los ensayos de Forn proponen una temporalidad distinta: la de la lectura pausada, la relectura y la asociación libre. Esa temporalidad fue precisamente la que el autor fue a buscar a Mar de las Pampas, una ciudad con mística propia donde confluirían escritores, fotógrafos, poetas y cineastas, como quedó registrado en los films de Fernando Spinner, La boya y Weser, este último sobre la pandemia en la ciudad costera.\n\nLa figura de Forn admite, por lo tanto, una doble lectura. Por un lado, la del editor que detectó tempranamente a autores que luego serían centrales en el canon argentino. Por otro, la del escritor que convirtió esa experiencia de lectura en una forma de narración. La tierra elegida no es un libro de memorias ni una antología crítica en sentido estricto. Es, más bien, la demostración de que un género híbrido puede sostenerse en el tiempo cuando quien lo practica tiene una curiosidad sostenida y una prosa capaz de administrarla.\n\nA cinco años de su muerte, la reedición invita a evaluar ese legado sin la urgencia del obituario. Los textos siguen funcionando porque no dependen de la actualidad de sus temas. Lo que perdura es el método: mirar de cerca, leer con atención, contar sin solemnidad. En un presente de sobreabundancia informativa, esa combinación sigue siendo una anomalía valiosa.
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