Una línea rugosa y amarronada queda en la pared, a la altura exacta que alcanzó la inundación. Quedará allí durante mucho tiempo: en el barrio no hay dinero para volver a pintar, o la urgencia por reparar otras pérdidas posterga esa tarea indefinidamente. Esa raya de barro, humilde y persistente, es el punto de partida de ‘La marca que deja el agua’ (Corregidor), la primera novela de la dramaturga e investigadora Laura Garaglia. En esa huella física sobre un muro, la autora condensa un símbolo de memoria viva: un registro que convoca tanto la oscuridad de la tragedia como el reverso luminoso de la solidaridad vecinal.
El contexto histórico que vertebra la obra es ineludible. Entre el 30 y el 31 de mayo de 1985, la Ciudad de Buenos Aires y su conurbano sufrieron el mayor evento pluviométrico registrado en la zona, conocido popularmente como la ‘tormenta del siglo’. Según los datos del Servicio Meteorológico Nacional (SMN), cayeron más de 300 milímetros de agua en poco más de un día, una marca que hasta hoy se mantiene como récord histórico para una única jornada en la capital argentina. El saldo fue devastador: catorce muertos, alrededor de 90.000 evacuados y un 25 por ciento del territorio porteño bajo el agua. Las imágenes de autos flotando a la deriva, viviendas inundadas hasta dos metros de altura y rescatistas trasladando vecinos en gomones quedaron grabadas en la memoria de toda una generación.
Garaglia, nacida en Lanús en 1977, tenía entonces ocho años. Al igual que la protagonista de su libro, fue testigo directa del temporal y de sus consecuencias. Esa experiencia personal, atravesada por la infancia, es el material bruto del que emerge la novela. Las claves de espacio y tiempo son explícitas en el texto: el conurbano bonaerense, la década de los años ochenta, la casa baja del barrio donde los vecinos se conocen por el nombre y las familias veranean en hoteles del sindicato. Sin embargo, la historia resuena más allá de esos eventos puntuales. La obra evidencia la naturaleza tristemente cíclica de ciertos desastres, que históricamente han golpeado con mayor violencia a los territorios más vulnerables, donde la infraestructura deficiente, la falta de planificación urbana y la precariedad habitacional se combinan para amplificar el impacto de cada precipitación extraordinaria.
La novela se narra desde la voz de una niña cuya casa es la única del barrio por donde no ha entrado el agua. El hogar, compartido con sus padres y hermanos, se convierte en refugio para vecinos y parientes afectados por la inundación. Esa convivencia forzada inaugura un tiempo distinto: la escuela ya no dicta la rutina diaria, los juegos en la calle adquieren un riesgo que los chicos recién comienzan a comprender, y los adultos se muestran en su dimensión más vulnerable. El delicado trabajo sobre la voz narrativa consigue la difícil tarea de dar vida a un personaje que, simultáneamente, encarna el universal de la infancia y porta las marcas precisas de su época.
Las referencias culturales funcionan como coordenadas finas de ese universo: los programas de Juan Alberto Badía, las revistas Anteojito, la música de Cantaniño y las rutinas de la institución escolar delinean a una niña inconfundiblemente argentina de los años ochenta. El barrio se construye a partir de esos recorridos infantiles: la casa de la abuela, la vecina a la que llaman ‘la’ Marcela, madre de muchos hijos, y aquella casa prohibida del vecino al que ‘se lo llevaron’. El pasado reciente de la dictadura aparece mencionado con la prudencia típica de los tiempos de democracia joven, como una de las marcas que el barrio arrastra sin nombrar del todo.
El vínculo de Garaglia con la oralidad no es casual. Como dramaturga, la autora ya había trabajado la materia sonora de la lengua en obras como ’74 días de otoño’ (2017), pieza sobre la Guerra de Malvinas incluida en el volumen ‘Malvinas: La guerra en el teatro, el teatro de la guerra’ publicado por Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación. Licenciada y profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, ex directora de la Escuela Superior Municipal de Teatro de Lanús entre 2014 y 2017 y crítica cultural en el diario Tiempo Argentino entre 2011 y 2015, Garaglia traslada a la prosa novelística esa sensibilidad por la escucha que caracteriza su trayectoria. La novela, de hecho, honra al pie de la letra uno de los conocidos consejos de escritura de Hebe Uhart, la autora que da nombre al premio del que fue finalista.
La trayectoria editorial de la obra también merece contexto. ‘La marca que deja el agua’ fue finalista del Premio Hebe Uhart de Novela en su edición 2024, un certamen organizado por Ediciones Bonaerenses, el sello estatal de la Provincia de Buenos Aires. En aquella convocatoria participaron 282 novelas originales e inéditas provenientes de 62 localidades bonaerenses. El jurado, integrado por María Teresa Andruetto, Hernán Ronsino y Miguel Vitagliano, otorgó el galardón a ‘Las visiones venenosas’ de Fermín Eloy Acosta, con una mención especial para ‘La edad de la tarde’ de Mauro Peverelli. La posterior publicación de la obra de Garaglia por el sello independiente Corregidor le dio a esta primera novela una plataforma de circulación en el circuito literario comercial.
Hacia el cierre de la novela, el relato de crecimiento se consolida cuando una fatalidad marca el fin de la inocencia. Los riesgos que los adultos anunciaban finalmente se encarnan en un hecho trágico, y la figura paterna se muestra en su fragilidad. ‘De modo que hubo gente en mi casa y en mi escuela, todo se movió de su lugar, como cuando se te mueve el papel de calcar del mapa y ya no coincide lo que se transparenta abajo con lo de arriba’, grafica la narradora. Como los muebles arruinados que la gente descarta tras la inundación, hay cosas que se pierden para siempre.
Las implicancias de esta publicación exceden el ámbito estrictamente literario. A cuarenta años del evento que narra, el libro llega en un momento en que la discusión sobre la vulnerabilidad urbana, la gestión del riesgo climático y la desigualdad territorial vuelve a ocupar la agenda pública. Las obras de infraestructura que se construyeron después de 1985 —defensas costeras, conductos de drenaje, ampliación de la red pluvial— redujeron algunos riesgos, pero el debate sobre las zonas más postergadas del conurbano sigue vigente. Al inscribir la catástrofe en la memoria colectiva a través de la literatura, Garaglia no solo rescata una experiencia histórica concreta, sino que interpela la relación entre los desastres naturales y las condiciones sociales que determinan quién resulta más afectado.
‘La marca que deja el agua’ se inscribe así en una corriente de narrativa argentina reciente que trabaja sobre la memoria de catástrofes colectivas desde perspectivas íntimas y situadas. La elección de la voz infantil, lejos de ser un mero recurso estilístico, permite un extrañamiento que vuelve visible aquello que el relato adulto tiende a naturalizar: la distribución desigual de la vulnerabilidad, la fragilidad de las infraestructuras barriales y la capacidad de las comunidades para reorganizarse frente a la adversidad. La raya en la pared, ese rastro físico de la catástrofe, se revela como lo que efectivamente es: un archivo mínimamente material de una experiencia que, sin esos registros, quedaría confinada al olvido.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
