Viena ha vuelto a abrir la puerta de su madriguera más custodiada. La ‘Liebre Joven’ (Feldhase), la acuarela que Alberto Durero ejecutó en 1502 sobre una hoja de apenas 25,1 por 22,6 centímetros, ha salido del depósito del Museo Albertina para convertirse en el eje visual de la conmemoración del 250 aniversario de la institución. Se trata de la décima ocasión en que la obra es exhibida desde su incorporación a la colección en 1796, un dato que subraya la fragilidad extrema de un papel que ha sobrevivido más de cinco siglos a pesar de las amenazas de la luz ultravioleta, la humedad variable y la inestabilidad térmica.
La pieza, considerada un prodigio del realismo observacional del Renacimiento septentrional, fue pintada en el taller de Núremberg como parte de una breve etapa en la que el artista se concentró en la representación fiel del entorno natural. Para lograrlo, Durero esbozó ligeramente la figura y la bañó con acuarela marrón, y luego superpuso pinceladas finas de gouache en tonos claros y oscuros que construyeron la textura de cada mechón del pelaje castaño. El resultado incorpora detalles que asombran incluso bajo lupa: la cola, las vibrisas, las uñas y un reflejo de ventana proyectado sobre el ojo derecho del animal, un recurso que otorga una viveza casi fotográfica a la mirada. La obra se identifica como ejemplar adulto pese a su nombre tradicional, ‘Liebre Joven’, y se complementa dentro de la exposición con la otra gran acuarela naturalista del artista, la ‘Gran mata de hierba’, realizada al año siguiente.
El director del Albertina, Ralph Gleis, ha defendido la singularidad de la pieza comparándola con la ‘Mona Lisa’ de Leonardo da Vinci, no solo por su estatus icónico sino por su contemporaneidad: ambas fueron creadas en la misma década y ambas han desafiado los efectos del tiempo. ‘Es muy frágil’, explicó Gleis. ‘Debemos mantenerla bajo condiciones controladas de temperatura y humedad y, por supuesto, evitar la exposición directa a la luz solar; la radiación ultravioleta es especialmente perjudicial para obras sobre papel’. Esta política conservadora explica que la liebre haya permanecido la mayor parte del tiempo en los fondos del museo, y que cada aparición pública se convierta en un acontecimiento museográfico de alcance internacional.
La obra actúa como punto de partida de la exposición ‘Coleccionando para el futuro’, abierta hasta el 11 de octubre, con la que el Albertina revisa su propia trayectoria y la formación de una de las colecciones gráficas más importantes del planeta, con más de 1,2 millones de obras que abarcan desde el gótico hasta la contemporaneidad. El recorrido reúne piezas de Miguel Ángel, Pieter Bruegel el Viejo, El Bosco, Rubens, Caspar David Friedrich y Egon Schiele, entre decenas de nombres, trazando un arco de más de cinco siglos de historia del arte. La curaduría, asesorada por el historiador Christof Metzger, ha seleccionado apenas unas 90 obras de entre el millón y medio de piezas que atesora la institución, una decisión deliberadamente restrictiva destinada a relatar ‘paso a paso cómo la colección ha ido creciendo en función de sus necesidades a lo largo del tiempo’, según precisó Gleis.
El aniversario no se limita a celebrar un catálogo de nombres consagrados; también obliga a una revisión crítica de la historiografía de la colección. Durante siglos se atribuyó la fundación a Alberto de Sajonia-Teschen, el duque que dio nombre al museo. Sin embargo, la muestra reivindica el papel decisivo de su esposa, la archiduquesa María Cristina, hija de la emperatriz María Teresa. Fue su fortuna familiar la que financió las primeras adquisiciones, y su pasión por el arte la que impulsó al joven duque a consolidar una empresa que ella concibió, desde el inicio, como un proyecto ilustrado destinado a ‘educar y deleitar’ al público antes que como un tesoro privado. En 1776 el matrimonio recibió un primer conjunto de 10.000 grabados, semilla de un acervo que crecería por adquisiciones e intercambios, al que se sumarían joyas como el icónico ‘Rinoceronte’ de Durero, una xilografía de 1515 que el artista ejecutó sin haber visto jamás al animal, a partir de una descripción escrita y un boceto.
La evolución institucional del Albertina ilustra también las tensiones políticas de la historia centroeuropea. La colección pasó de ser un gabinete privado a un museo abierto al público en 1899, y fue nacionalizada en 1919 tras la desintegración de Austria-Hungría al término de la Primera Guerra Mundial. El museo se autofinancia en un 60 por ciento gracias a los aproximadamente 1,3 millones de visitantes recibidos el año pasado. La visión preservacionista de los fundadores se extiende al presente mediante la inclusión de una instalación site-specific de la artista italiana Rosa Barba, cuyo trabajo audiovisual interroga el rol del archivo en el pasado, el presente y el futuro, estableciendo un diálogo entre la colección histórica y las nuevas formas de creación contemporánea.
El aniversario proyecta además una mirada correctiva hacia el interior mismo de sus fondos. Investigaciones impulsadas por la propia galería revelaron la existencia de ‘miles de obras’ realizadas por mujeres que permanecieron en el anonimato o que nunca fueron debidamente reconocidas. Para abordar ese vacío, el museo inaugurará el 30 de octubre su primera exposición dedicada íntegramente a las artistas mujeres presentes en su colección, con piezas que abarcan desde el siglo XVI hasta comienzos de la década de 1960. La muestra, que también revisita el papel de María Cristina en la inclusión temprana de autoras femeninas en la colección, evidencia que la conmemoración no se agota en el repaso patrimonial: constituye una apuesta explícita por redefinir los criterios canónicos con que se ha construido la historia del arte occidental. La ‘Liebre Joven’, mientras tanto, regresará a su depósito al término de la exposición, protegida de la luz y de la mirada multitudinaria, hasta que una nueva ocasión justifique arriesgar de nuevo la estabilidad de su papel milenario.
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