El Mundial 2026 fue, entre otras cosas, un desfile de marcas. En Nueva York, antes de la final, los jugadores de la selección argentina se dejaron ver con su equipaje personal, que variaba entre modelos exclusivos de las firmas Louis Vuitton y Goyard, carteras Hermès y relojes de alta gama, en combinación con la indumentaria de la AFA. Las imágenes que en el pasado eran solo la ilustración de una información deportiva ahora constituyen un segmento ineludible en las secciones de estilo y buen vivir de los medios, además de ser comidilla recurrente de las redes sociales.\n\nEsta escena, que podría leerse como una simple crónica del star system deportivo, condensa en realidad una transformación estructural del capitalismo contemporáneo. Detrás de esos bolsos y relojes se esconde el círculo de lo que los sociólogos franceses Luc Boltanski y Arnaud Esquerre denominan en su obra «Enriquecimiento. Una crítica de la mercancía» (Anagrama, 2022) como la economía del enriquecimiento: la valorización de un objeto antes funcional, como un bolso de viaje o un reloj de pulsera, que se presenta como algo distintivo no tanto por su utilidad cuanto por su preciosidad, su diferencia y su precio, frecuentemente bajo el aura de obra de arte.\n\nPara comprender la magnitud de esta apuesta teórica es necesario reconstruir el contexto. Boltanski y Esquerre, ambos sociólogos del Centre d’Études des Mouvements Sociaux de París, parten de estas aparentes nimiedades -un equipaje personal, una vitrina de museo, una bodega centenaria- para dar cuenta de un desplazamiento enorme en la lógica del capitalismo, sobre todo en Europa occidental. Lo que proponen no es una descripción estética del lujo, sino una lectura sociológica de los mecanismos mediante los cuales una cosa adquiere un precio y se pone en circulación. Según los autores, para observar hasta dónde se está corriendo el límite de lo mercantilizable es preciso prestar atención a la forma en que las mercancías cambian de manos, lo cual revela la verdadera naturaleza del orden económico imperante.\n\nEl punto de partida es una constatación empírica: la desindustrialización de Occidente, visible desde el último tercio del siglo XX, ha erosionado los mecanismos clásicos de creación de valor basados en la producción de bienes manufacturados. Ante la disminución del beneficio derivado de la explotación de la mano de obra, el capitalismo occidental ha cambiado de foco y ha buscado nuevas fuentes de explotación en recursos antes considerados marginales: la cultura, las artes, las antigüedades, el turismo y el lujo. Por separado, sostienen Boltanski y Esquerre, estos segmentos no son económicamente significativos. Pero si se analizan sus interacciones, surge un punto común: todos se basan en la explotación del pasado y en formas de acumulación que desprecian la equidad.\n\nLa diferencia radical respecto del capitalismo industrial es que esta nueva economía no se apoya en la producción de cosas nuevas, sino en el enriquecimiento de cosas que ya existen, incluso de aquellas que antes eran consideradas residuos. El proceso opera a través de tres grandes vectores: la patrimonialización, que dota de valor histórico a objetos y lugares; la conversión turística, que transforma territorios en experiencias consumibles; y la forma colección, que permite fijar precios ascendentes en objetos únicos. Un objeto tan heterogéneo como una escultura de art brut, un vino regional o un bolso Louis Vuitton es revalorizado mediante un relato que le confiere una historia y, con ella, una justificación para su precio. No hay, según los autores, valor intrínseco: lo que existen son dispositivos narrativos que las personas utilizan para ponerle precio a una cosa. El precio es circunstancial y no tiene sentido fuera de la relación comercial que lo sostiene.\n\nLa evidencia empírica acompaña esta lectura. Según datos de UN Tourism (antigua OMT), en 2024 se registraron cerca de 1.400 millones de llegadas de turistas internacionales, recuperando casi el 99% de los niveles prepandémicos, con exportaciones relacionadas con el turismo que alcanzaron la cifra récord de 1,9 billones de dólares. El turismo aporta aproximadamente el 3% del PIB mundial. En el segmento del lujo, LVMH -el conglomerado que controla más de 75 maisons, entre ellas Louis Vuitton y Christian Dior- cerró 2023 con una facturación récord de 86.200 millones de euros, con el negocio de moda y marroquinería aportando alrededor de 42.000 millones de euros, casi la mitad del total. Aunque el sector registró una desaceleración en 2024, con un descenso del 1,7% en la facturación global de LVMH, la resiliencia estructural del lujo se mantiene como un rasgo distintivo frente a la volatilidad de la industria manufacturera.\n\nEstos datos adquieren su plena significación cuando se los contrasta con el fenómeno de la desindustrialización. Argentina, por ejemplo, se consolidó como el segundo país con mayor caída industrial del mundo en el bienio 2024-2025, con una contracción acumulada del 7,9% según la ONUDI, el cierre de 2.436 firmas manufactureras y la pérdida de más de 72.000 puestos de trabajo registrados. La disparidad entre la caída del empleo industrial y el alza sostenida de los sectores del lujo, el arte y el turismo ilustra uno de los ejes centrales de la tesis de Boltanski y Esquerre: la economía del enriquecimiento no solo genera riqueza distinta, sino que redistribuye de manera desigual las posiciones sociales, privilegiando a quienes controlan los relatos de valoración frente a quienes dependen del trabajo productivo tradicional.\n\nLas implicancias de este desplazamiento son profundas y de alcance estructural. En primer lugar, la valorización del pasado convierte la historia, el patrimonio y la tradición en activos extractivos comparables a las materias primas de la era industrial, con la diferencia de que su explotación no admite réplicas y su rentabilidad depende de procesos de exclusión: no todos pueden acceder a la experiencia turística premium ni al objeto de colección, y esa misma exclusividad es la que sostiene el precio. En segundo término, la forma colección introduce una lógica financiera en objetos físicos singulares: el valor no reside en la capacidad de uso sino en la expectativa de apreciación, lo que liga el mercado del lujo y las antigüedades a dinámicas especulativas propias de los mercados financieros. Finalmente, la patrimonialización produce una mercantilización de lo que antes era espacio público o bien común, desde centros históricos urbanos hasta tradiciones culturales, que pasan a ser gestionados como productos destinados al consumo de visitantes de alto poder adquisitivo.\n\nEl aporte de Boltanski y Esquerre no se limita a describir un cambio de hábitos de consumo. Al analizar la mercancía desde la perspectiva del precio y de la circulación, los autores evidencian que la economía del enriquecimiento ha redefinido las reglas del juego y los objetivos mismos del capitalismo contemporáneo: la acumulación ya no pasa únicamente por producir más, sino por saber contar mejor. En palabras de los sociólogos, el valor se define como la justificación del precio, una construcción circunstancial que solo cobra sentido dentro de la relación comercial.\n\nLa tesis, de clara raigambre weberiana, interpela además a las políticas públicas: si la riqueza se genera cada vez más a partir de la explotación mercantil del pasado y de la exclusión del acceso, las regulaciones sobre patrimonio, cultura, turismo y comercio de lujo se vuelven instrumentos centrales de la distribución. La economía del enriquecimiento, en suma, no es una excentricidad intelectual sino una herramienta analítica para comprender el capitalismo que nos rodea, desde la vitrina de un museo hasta la valija de un futbolista en la víspera de una final mundial.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
