Cultura

Julio Spina: «El peronismo todavía debe una explicación sobre la Triple A»

En una esquina poco transitada de Caballito, entre árboles desflecados por el invierno y luces de alumbrado que apenas cubren calles de adoquines, Julio Spina recibe con un gato blanco y naranja llamado Sinn Fein, en homenaje al partido irlandés. El periodista y licenciado en Letras acaba de publicar «Matar. La historia completa de la Triple A» (Sudamericana), un trabajo que condensa más de medio siglo de historia de la organización parapolicial de ultraderecha que asoló Argentina entre 1973 y 1976. La entrevista transcurre entre definiciones y descubrimientos que desmontan la idea de que la Alianza Anticomunista Argentina fue un fenómeno acotado al tercer peronismo.

El punto de partida de la investigación no fue casual. Spina sostiene que la década del setenta «nunca se terminó de ir» y que «siempre está volviendo», tanto por las heridas que permanecen abiertas —los desaparecidos siguen desaparecidos— como porque 1975 fue el último año en que Argentina pudo pensarse a sí misma como país. Ese cierre tiene nombre propio: el «Rodrigazo», el plan de ajuste aplicado el 4 de junio de 1975 por el entonces ministro de Economía Celestino Rodrigo, que incluyó una devaluación del 150 por ciento, un aumento del 180 por ciento en el precio de los combustibles, un 100 por ciento en tarifas de servicios públicos y transporte, y un incremento salarial del 45 por ciento. Fue un ensayo de lo que ejecutaría después la dictadura cívico-militar y, según el autor, la salida de Rodrigo junto con el alejamiento de José López Rega representó la última victoria de la clase trabajadora argentina.

Uno de los aportes centrales del libro es la documentación de la existencia de una «proto Triple A» con una genealogía que se remonta a la desaparición del obrero metalúrgico Felipe Vallese en 1962, durante la presidencia de facto de José María Guido, y que se extiende hasta la desaparición de Ángel «Tacuarita» Brandazza en 1972. La investigación de Spina pone el foco en la reiteración de nombres de personal policial a lo largo de esas décadas, lo que permite trazar una línea de continuidad represiva. Entre ellos figura el comisario Juan «El Tano» Fiorillo, condenado por la desaparición de Vallese, que recuperó la libertad y volvió a ser denunciado como parte de la Triple A. También Agustín Feced, comandante de Gendarmería involucrado en el secuestro y asesinato de Luis Pujals en 1971, y el comisario Telémaco Ojeda, que participó del secuestro y asesinato de Brandazza antes de dedicarse a otras tareas represivas.

La pregunta sobre el rol de Juan Domingo Perón respecto de la Triple A es inevitable, dado que el líder justicialista nunca la condenó públicamente. Spina ofrece una lectura matizada: Perón «no era un tipo vengativo», tuvo la oportunidad en sus primeros gobiernos de reprimir violentamente los alzamientos militares en su contra —como los bombardeos de junio de 1955— y no lo hizo, prefiriendo el exilio. Cuando regresó en 1973, sostiene el autor, lo hizo como un «león herbívoro». Sin embargo, la conferencia de prensa del 8 de febrero de 1974 resulta emblemática de la ambigüedad del líder. Cuando la periodista Ana Guzzetti, del diario El Mundo, le preguntó qué medidas tomaría ante los atentados de los grupos parapoliciales y le informó sobre la voladura de 25 unidades básicas de la Juventud Peronista montonera y doce militantes de izquierda muertos o desaparecidos en las dos semanas anteriores, Perón respondió que allí no había grupos parapoliciales y que «los únicos que fomentan la violencia aquí son las bandas subversivas». Luego, visiblemente ofuscado, le ordenó a un edecán que tomara sus datos personales «para que el Ministerio de Justicia inicie la causa contra ella», a lo que sumó: «la ultraizquierda son ustedes». Spina recupera este episodio como una evidencia de la posición que habilitó el accionar de la organización.

La investigación también revela el papel que habría jugado la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA) en la conformación y coordinación de la Triple A, así como sus ramificaciones en otros países de América y Europa. El libro documenta los sangrientos ajustes de cuentas internos, los planes frustrados de eliminar al propio José López Rega —jefe político de la organización desde el Ministerio de Bienestar Social— y el discreto reciclaje de personajes oscuros tras el retorno democrático. En paralelo, se aborda la actuación de otros grupos criminales como el Comando Libertadores de América, estructura creada por el suboficial retirado del Ejército y comisario general de la Policía cordobesa Raúl Pedro Telleldín, que operó entre 1975 y 1976 con dependencia orgánica del Tercer Cuerpo de Ejército y bajo las órdenes de Luciano Benjamín Menéndez. A diferencia de la Triple A, que respondía al Ministerio de Bienestar Social, esta organización coordinaba sus acciones con la estructura castrense.

Las implicancias de estos hallazgos trascienden el plano historiográfico. La singularidad del caso argentino reside en que la banda parapolicial integró a policías en actividad y exonerados, miembros de la ultraderecha sindical, delincuentes comunes y oficiales del Ejército formados en la Doctrina de la Seguridad Nacional. Ese sector confluyó primero en la estructura de represión paraestatal del tercer peronismo y luego en la maquinaria del terrorismo de Estado de la última dictadura militar. La continuidad de los cuadros represivos, la operación coordinada transfronteriza que anticipaba el Plan Cóndor y el financiamiento desde el aparato estatal configuran un entramado que Spina reconstruye con una lectura obsesiva de informes desclasificados, documentos secretos, publicaciones clandestinas de los años setenta, expedientes judiciales y entrevistas propias.

El autor no omite el dato de que la causa judicial que investigó los crímenes de la Triple A se cerró con magros resultados después de cuarenta años, mientras otra prosperó hasta la actualidad. La afirmación de que «el peronismo todavía debe una explicación» sobre la Triple A sintetiza la dimensión política de un debate que permanece irresuelto. La historia completa de esa organización criminal, tal como la documenta Spina, desborda el arco temporal de 1973-1976 y plantea interrogantes que exceden a un solo movimiento político para alcanzar a las estructuras institucionales que la toleraron, la financiaron y luego la absorbieron dentro del aparato represivo estatal. El libro se presenta así como un aporte documental destinado a iluminar una de las zonas más oscuras de la historia argentina reciente.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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