Nacida en Aguas Frías, en el extremo oeste catarinense de Brasil, Ieda Magri pertenece a una estirpe campesina que dialoga con el imaginario de las pampas rioplatenses: su mundo familiar gravita en torno al mate, el campo y el ciclo de la carne. Doctora en literatura brasileña por la Universidad Federal de Río de Janeiro, profesora de teoría de la literatura en la Universidad del Estado de Río de Janeiro e investigadora del CNPq, Magri construye una obra diversa que abarca relatos, novelas y ensayos. Su trayectoria incluye títulos como la compilación de cuentos ‘Tinha uma coisa aqui’ (2007), las novelas ‘Olhos de bicho’ (2013), ‘Ninguém’ (2016) y ‘Um crime bárbaro’ (2022), y los libros ensayísticos ‘O nervo exposto: João Antônio, experiência e literatura’ y ‘Três histórias com Piglia’.
En este entramado de producción académica y narrativa, ‘Una exposición’ (publicado originalmente en 2021 en Brasil bajo el sello Relicário y ahora traducido al español por Sigilo ediciones) ocupa un lugar singular. La obra surge de un impulso autobiográfico: cumplidos los cuarenta años y atravesada por una crisis de pareja, la autora decide regresar a la casa paterna con la intención de documentar la carneada, el ritual festivo en el que, una o dos veces al año, tíos y vecinos se congregaban para sacrificar un buey, procesar sus vísceras, repartir la carne y compartir el churrasco colectivo.
El punto de inflexión narrativo se produce cuando la celebración recordada como el día más feliz de la infancia se enfrenta con la mirada adulta. La escena que la narradora evoca como fiesta bucólica se vuelve, al reencontrarse con ella tras la crisis emocional, un acontecimiento atravesado por la inquietud. La reflexión que surge del reencuentro es casi insoportable: aquello que vio de niña, el cuerpo del buey sobre la mesa de trabajo, podría ser el cuerpo de una persona, incluso el del hombre al que ama. La constatación de esa analogía abre en el libro un territorio de interrogación que excede lo personal para devenir pregunta filosófica y ética sobre la relación entre violencia, consumo y afecto.
El desarrollo de la obra despliega descripciones puntillosas del proceso de faena del animal elegido, la res número 45. Las escenas meticulosamente detalladas no resultan aptas para lectores sensibles; la autora se interna en cada maniobra, en cada etapa de la ejecución, en la tarea de despellejamiento y disección, describiendo procedimientos que se registran como brutales, necesarios y precisos a la vez. El rol de cada familiar en el proceso -que la comunidad percibe como natural, oponiéndose a toda lectura de ‘salvajismo’ en la faena- se describe con distancia analítica, exponiendo el carácter ferocísimo de los apegos que estructuran tanto la vida campesina como las relaciones familiares.
Lo que vuelve particular a ‘Una exposición’ es el desdoblamiento entre la niña que habitaba aquel paisaje y la adulta que regresa con lecturas que interpelan su memoria. La autora confiesa haber proyectado, sin una racionalización previa, el impacto de sus lecturas al presenciar la faena de carnes: J. M. Coetzee y su Elizabeth Costello, la voz militante contra el consumo cárnico; George Bataille y sus sacrificios aztecas en ‘La parte maldita’, con la pregunta central acerca de si las víctimas sabían que iban a morir; o Rubem Fonseca y su legista que sostiene y pesa un corazón. Estas referencias operan como marcos interpretativos que reconfiguran la percepción de un viejo y naturalizado ritual.
Las implicancias del libro exceden el plano personal para inscribirse en una red de discusiones sobre la dimensión política del relato del cuerpo, la condición de la mujer en la esfera doméstica campesina y los modos en que la memoria familiar se constituye como espacio de contradicción. La crítica brasileña ha señalado paralelos con el universo de Raduan Nassar, particularmente con ‘Lavoura arcaica’ (1975), por la matriz familiar compartida, la ligación con la tierra y los ciclos de la vida campesina. No obstante, allí donde el narrador masculino de Nassar confronta la ley paterna y evoca a una madre como pura dedicación, la narradora de Magri extraña todo el sistema de relaciones, fundamentalmente su vínculo con la figura materna, y asume la responsabilidad del gesto simbólico de ‘asesinar’ la casa de la infancia: el lugar de intensidades y contradicciones.
La violencia retratada no queda reservada a la faena animal. La autora rememora el episodio en que la familia reunida mata gatos con escopeta sin que la protagonista padezca culpa alguna, tratándolo como acto natural. Esa naturalización -y el ejercicio de distancia que la narración construye- constituye el centro ético del libro: ‘Era yo con el cuchillo en la mano, no mi padre, mi tío o Caio’, escribe. El narrar coloca la lente de aumento sobre la complicidad y la pertenencia, estableciendo que la violencia es un tejido que involucra a todos los participantes, en distintos grados de participación y responsabilidad.
En la entrevista concedida a Clarín durante su visita a Buenos Aires para participar de una actividad sobre narraciones a partir de archivos e imágenes organizada por la UNA, Magri enfatizó que la escritura transformó su percepción de sus progenitores. La decisión de documentar el relato con imágenes de reses y vísceras no constituye mero registro documental sino un modo de interrogar el archivo familiar, revisando la relación entre la mirada infantil y la interpretación adulta de los mismos datos. La palabra ‘campesina’, que para la autora significó durante largos años un mundo de rituales felices, se resignifica en la reelaboración escrita.
La conclusión que emerge del libro es deliberadamente incómoda: la revisión de la memoria no restaura la visión bucólica de la infancia, sino que introduce la pregunta por el costo de los afectos y por la permanencia de estructuras de violencia en los vínculos que consideramos naturales. Una exposición no ofrece una respuesta compensatoria; construye, mediante el despliegue de una prosa que conjuga la crónica, la ficción y el ensayo, un mapa emotivo donde la escritura se revela como mecanismo de relectura del mundo familiar, capaz de reordenar la relación de la autora con sus padres y con la tierra que la formó, en un acto de introspección que convierte el ritual de la carne en teología doméstica de la existencia campesina.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
