La reapertura de las escuelas ucranianas, ya condicionada por la destrucción de infraestructura eléctrica y la dispersión de la población, enfrenta ahora un obstáculo de naturaleza cultural: la desaparición física de los libros de texto. En una escalada que comenzó a mediados de julio y que se ha intensificado en agosto, los ataques rusos contra imprentas, editoriales y almacenes de distribución en Kiev y sus alrededores han destruido al menos doce millones de libros, de los cuales más del diez por ciento corresponden a ejemplares escolares impresos en 2026. La magnitud del daño obliga a las autoridades educativas a replantear la logística de un ciclo lectivo que, según estimaciones del sector editorial, ya registra la pérdida de casi un tercio de todos los libros impresos en la capital ucraniana durante el año en curso.
El caso más significativo, por su impacto directo sobre el calendario escolar, ocurrió a principios de septiembre cuando un bombardeo ruso alcanzó una fábrica de impresión ubicada en las inmediaciones de Kiev. El ataque, confirmado por fuentes editoriales y reproducido por medios internacionales, destruyó más de un millón de libros escolares que estaban listos para su distribución a las escuelas. La empresa afectada —cuyo nombre no ha sido divulgado por razones de seguridad operativa— formaba parte de la cadena de suministro que abastece a las regiones del centro y norte de Ucrania, donde la demanda de materiales educativos se ha multiplicado tras el retorno parcial de familias desplazadas.
La destrucción de libros no es un fenómeno nuevo en esta guerra. Desde febrero de 2022, los ataques rusos han dañado museos, galerías de arte, estudios de cine, bibliotecas y teatros de ópera en todo el territorio ucraniano. Sin embargo, la sistematicidad y la escala de los bombardeos contra la infraestructura editorial en 2026 representan un salto cualitativo. Según datos recopilados por el sector, entre julio y septiembre se registraron al menos ocho ataques con precisión sobre instalaciones de impresión, almacenes de distribución y centros logísticos vinculados a la industria del libro. La coincidencia temporal con la preparación del año escolar sugiere una intencionalidad que va más allá del daño colateral, aunque Moscú no ha emitido declaraciones oficiales sobre la selección de estos objetivos.
La respuesta ucraniana no se hizo esperar, y su formato replica la lógica de la ofensiva rusa. Desde mediados de julio, drones ucranianos han atacado repetidamente los centros logísticos de Wildberries, la mayor plataforma de comercio electrónico de Rusia y el equivalente funcional de Amazon en ese país. Según fuentes editoriales rusas citadas por el periódico Védomosti, las llamas han consumido más de once millones de libros en los almacenes de la compañía, con pérdidas estimadas que superan los mil millones de dólares. El saldo humano de estos ataques incluye una decena de operarios fallecidos, lo que añade una dimensión trágica a la disputa por el control del mercado editorial.
Entre los títulos destruidos en Rusia figuran obras de ficción, literatura infantil y científico-técnica. El grupo editorial Exmo-AST, uno de los principales consorcios del sector en Rusia, confirmó que las llamas consumieron las tiradas completas del Abecedario de Nadezhda Zhúkova —un clásico de la enseñanza primaria rusa— y una nueva edición de la Constitución de la Federación de Rusia. También ardieron mapas de autopistas y una gran cantidad de manuales de preparación para los exámenes estatales de graduación de la escuela media, herramientas indispensables para millones de estudiantes rusos que enfrentan las pruebas de acceso universitario.
La ironía involuntaria de la guerra quedó registrada en el inventario de pérdidas: entre los libros calcinados en los almacenes de Wildberries se encontraba una edición de Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury en la que un bombero se dedica a quemar libros en una sociedad que ha prohibido la lectura. El símbolo, señalado por varios comentaristas culturales, resume la paradoja de un conflicto que destruye aquello que ambas sociedades consideran patrimonio formativo.
La respuesta del mercado ruso fue inmediata. Exmo-AST ordenó tiradas adicionales urgentes para reponer los ejemplares destruidos, aunque las limitaciones de la industria gráfica rusa —afectada por sanciones internacionales y por la escasez de insumos importados— dificultan la recuperación total del stock. Según el diario Kommersant, las principales editoriales rusas han suspendido temporalmente la venta de libros a través de Wildberries, una medida que la plataforma ha negado públicamente. La disputa entre editores y distribuidores revela tensiones preexistentes en un sector que, desde 2022, opera bajo restricciones severas de acceso a tecnología, papel y maquinaria de impresión.
En Ucrania, el impacto sobre el sistema educativo es más inmediato. La pérdida de más de un millón de libros escolares en un solo ataque, sumada a la destrucción acumulada de doce millones de ejemplares desde julio, compromete la capacidad de las escuelas para garantizar materiales básicos a los estudiantes. El director de la editorial Ranok, Viktor Kruglov, calificó el bombardeo de mediados de agosto —que destruyó ocho millones de libros en un almacén del noreste del país— como «la mayor pérdida para la infraestructura editorial de Ucrania desde el inicio de la guerra a gran escala». En declaraciones reproducidas por medios ucranianos, Kruglov sostuvo que se trata de «un ataque contra la educación y la cultura ucranianas» y añadió: «Hemos perdido muchísimo, pero tenemos que reconstruirlo todo para que los libros vuelvan a llegar a quienes los esperan».
La magnitud de las pérdidas materiales permite trazar un paralelismo con otras campañas de destrucción cultural documentadas en conflictos contemporáneos. La quema de libros y la voladura de bibliotecas en la Segunda Guerra Mundial, o la destrucción sistemática de archivos y museos durante las guerras de los Balcanes en la década de 1990, comparten un rasgo común con lo que ocurre hoy en Ucrania y Rusia: el objetivo no es únicamente la infraestructura física, sino la memoria colectiva y la capacidad de una sociedad para reproducir su conocimiento. En el caso ucraniano, la destrucción de libros escolares añade una capa adicional de urgencia, porque afecta directamente la formación de las generaciones que deberán reconstruir el país.
Desde una perspectiva económica, la guerra del libro revela la fragilidad de las cadenas de suministro editoriales en ambos países. Ucrania, que ya enfrentaba dificultades para importar papel y tinta, depende ahora de donaciones internacionales y de la reubicación de imprentas en regiones occidentales menos expuestas a los ataques. Rusia, por su parte, ha visto cómo las sanciones occidentales limitan su acceso a tecnología de impresión de alta gama, lo que convierte la reposición de los once millones de libros destruidos en Wildberries en una tarea particularmente compleja. La paradoja es que ambos bandos destruyen libros impresos en un momento en que la industria global del libro atraviesa una transición hacia formatos digitales, pero donde el papel sigue siendo insustituible para la educación básica en contextos de infraestructura digital limitada.
El impacto sobre el mercado laboral también es significativo. Los ataques ucranianos contra Wildberries han afectado a miles de trabajadores de la logística y la distribución editorial en Rusia, mientras que los bombardeos rusos contra imprentas ucranianas han dejado sin empleo a operarios gráficos y han forzado el cierre temporal de talleres en Kiev y otras ciudades. La destrucción de la decena de operarios en los almacenes de Wildberries subraya que la guerra del libro no es incruenta: el papel y la tinta han pasado a formar parte de la economía de guerra, con costos humanos que se suman a las pérdidas materiales.
La dimensión geopolítica del fenómeno es inevitable. Los ataques contra centros editoriales se inscriben en una estrategia más amplia de degradación de la capacidad cultural y educativa del adversario. Al destruir libros escolares, Moscú busca erosionar la cohesión social ucraniana y dificultar la reconstrucción del sistema educativo, uno de los pilares de la resistencia civil. Al atacar los centros logísticos de Wildberries, Kiev envía un mensaje sobre la vulnerabilidad de la infraestructura comercial rusa y busca generar presión sobre la opinión pública del país agresor. En ambos casos, el libro funciona como un objetivo simbólico y material: quemarlo equivale a negar la posibilidad de que una sociedad se piense a sí misma.
La comunidad internacional ha reaccionado con declaraciones de condena, pero sin medidas concretas para proteger el patrimonio editorial. Organizaciones como la UNESCO han documentado la destrucción de infraestructura cultural en Ucrania desde 2022, pero su capacidad de intervención es limitada. Mientras tanto, las editoriales ucranianas han comenzado a digitalizar sus catálogos y a dispersar sus inventarios en ubicaciones más seguras, aunque reconocen que la reposición de los libros destruidos llevará meses, si no años. En Rusia, la censura y el control estatal sobre la industria editorial complican la evaluación independiente de los daños, y las cifras de pérdidas provienen principalmente de fuentes vinculadas al sector, sin verificación oficial.
En última instancia, la guerra de los libros es un recordatorio de que los conflictos armados no solo destruyen vidas y ciudades, sino también las condiciones materiales que hacen posible la transmisión del conocimiento. Los doce millones de libros destruidos en Ucrania y los once millones calcinados en Rusia representan algo más que una pérdida económica: son la negación de un derecho fundamental y la evidencia de que, en la guerra contemporánea, la cultura ya no es un daño colateral, sino un objetivo deliberado. La reconstrucción de las bibliotecas y las aulas deberá esperar al fin de las hostilidades, pero la memoria de lo perdido —incluida la ironía de un Fahrenheit 451 en llamas— ya forma parte de la historia de este conflicto.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
