Cultura

Gerardo Montoya y ‘Papá Paki’: la paternidad migrante como territorio de fragilidad y falta de palabra entre hombres

Gerardo Montoya nació en Monterrey en 1984. Llegó a Buenos Aires en 2005 y, desde entonces, la mitad de su vida transcurre entre dos países que no terminan de soldarse en una sola identidad. De esa fractura productiva nace ‘Papá Paki’ (Editorial Aquitania Siglo XXI), un poemario que aborda la paternidad contemporánea desde un ángulo incómodo: el del varón divorciado, migrante, frágil, que cría a sus hijos sin familia extendida y con un repertorio limitado de palabras para nombrar lo que le pasa. La frase que vertebra la obra es también su hipótesis central: ‘Hay mucha falta de palabra entre los hombres’.

El libro está editado por Aquitania Siglo XXI en México y por Barnacle en Argentina. No se trata de una novedad editorial aislada, sino del tercer poemario de Montoya, quien antes publicó ‘#TeAmoGrupoClarín’ (2016) y ‘Decálogo para la clase media que se hurga el pupo’ (2018). Su trabajo previo ya indagaba en la intersección entre poesía, nuevos medios y economía del deseo: el propio autor ha definido su interés como el de ‘aceitar las interacciones entre pantallas para sostener la fantasía de Mercado’. Con ‘Papá Paki’, ese laboratorio formal se desplaza hacia un territorio más doméstico y afectivo: la crianza, el divorcio, la vida cotidiana en una ciudad precarizada.

## Un collage de pasados y futuros

En entrevistas con medios como Librotea y la revista Posdata, Montoya describió el libro no como una confesión ni como una novela de aprendizaje, sino como un collage. ‘Lo que van a encontrar va a ser básicamente un collage que yo le digo de pasados y futuros’, explicó. La operación poética consiste en yuxtaponer registros que normalmente no conviven: la jerga mexicana, el lunfardo porteño, los códigos de internet, el pastiche pop y el glitch digital. En ese sentido, ‘Papá Paki’ funciona como un artefacto lingüístico que se construye desde la contaminación deliberada.

El crítico José Juan Zapata Pacheco, en una entrevista publicada por Posdata, señaló que el poemario ‘juega por dos bandas’: por un lado, el uso del lenguaje como artefacto; por otro, las temáticas que disparan preguntas sobre las tareas de cuidado por parte de los varones. Esa doble banda es clave para leer el libro sin reducir su propuesta estética a un simple testimonio. El propio Montoya sostiene que su intención no es confesional: prefiere pensar la obra ‘como un documental’, un diálogo con el presente a partir de cuestiones vividas, donde los recuerdos se transforman al ser narrados. La exageración y la parodia, dice, permiten capturar algo de una época: ‘Uso cuestiones anecdóticas deformadas para contar algo de cierto momento histórico de Argentina’.

La condición migrante atraviesa todo el texto. Después de dos décadas en Buenos Aires, Montoya afirma que su registro orgánico es que ‘salga como salga’. Cada lengua funciona como ‘una ventana hacia otro mundo’ y la mezcla opera como una invitación para que el lector se detenga y busque. En el poema, sostiene, ‘tiene que haber cierto reducto con misterio’. Esa hibridez no es un accidente biográfico, sino una decisión estética y política.

## La identidad migrante como sujeto político

En el terreno de las ideas, Montoya desplaza la discusión desde una identidad estable hacia lo que denomina ‘identidad migrante’. ‘Creo que una identidad contemporánea de relevancia política es la identidad migrante’, afirma. Para él se trata de una experiencia global que obliga a revisar categorías como las identidades fijas o la pertenencia territorial. ‘Hay un sujeto político migrante desterritorializado, como una ciudadanía distinta’, plantea.

Esa formulación dialoga con un cuerpo teórico que en América Latina se desarrolló desde los estudios sobre transnacionalismo y diáspora. Diversos trabajos, como el artículo de Mena publicado en el repositorio de CLACSO, describen al migrante percibido como desterritorializado como un ser de ‘doble conciencia’, con una identidad limítrofe e híbrida. La propuesta de Montoya no es académica, sino poética: el sujeto migrante no es una víctima ni un héroe, sino una forma de ciudadanía en construcción permanente. En ese marco, el lenguaje del libro busca incorporar la diferencia a la conversación. La vida contemporánea, dice el autor, está hecha de fragmentos que deben convivir: ‘La precarización actual fuerza a unir pedacitos de experiencias en una vida’.

La dimensión familiar también aparece como espacio a reorganizar. Después del divorcio, hacerse cargo de sus hijos como migrante implicó afrontar la ausencia de una familia extendida. ‘Las tareas de cuidado tienen que ser en red para que sea sano para todos los involucrados’, sostiene. Frente a esa falta de una red cercana, recurrió a los vínculos de amistad. La pregunta por el hogar reaparece dos décadas después de su llegada: Montoya está finalizando un nuevo libro titulado ‘Monterrey’, en honor a la ciudad que lo vio nacer, sobre el choque entre el país que dejó y el que encuentra hoy. ‘¿Cuál es mi propio país? Se me redobla esto de ser extranjero’, razona.

## Fragilidad masculina y ausencia de dispositivos

El nudo más incisivo del libro es el de la paternidad. Montoya parte de una constatación: la imagen del padre proveedor sigue siendo la referencia dominante, mientras la experiencia real de criar está atravesada por la fragilidad, el no saber y la dificultad para pedir ayuda. ‘En situaciones de crianza, como varón, no estás preparado para colaborar con tus congéneres desde el no saber y desde la falta’, explica. Esa carencia de dispositivos de acompañamiento puede aislar a los hombres justamente cuando más necesitan construir redes.

La discusión sobre el cuidado conduce directamente a la masculinidad. El autor señala que los varones cuentan con pocas referencias para pensar qué significa ser varón: ‘Que haya tan pocos arquetipos es como no permitirnos como subjetividad y cuerpos habitar un rango más amplio de experiencias’. La paternidad queda así atravesada por una paradoja: el deseo de involucrarse en la crianza sin espacios colectivos para hacerlo acompañado. En contraste, Montoya reconoce un aprendizaje posible en las maternidades: ‘Tenemos mucho para aprender de las maternidades, que son netamente prácticas y dispositivos de cuidado, autocuidado necesarios para el rol de cuidador’. Su intención al escribir este tipo de paternidad es, dice, ‘como una carta, que uno lanza la botella al mar’.

Esa metáfora condensa el problema. No se trata de una queja individual, sino de la constatación de una infraestructura social ausente: la de los espacios donde los varones puedan hablar de lo que no saben hacer. La literatura sobre masculinidades y paternidad en América Latina ha señalado de manera recurrente esa debilidad institucional. Investigaciones como las recopiladas por Hegg en ‘Masculinidad y paternidad en Centroamérica’ (2004) ya advertían sobre la fragilidad de las instituciones y del Estado de derecho como contexto para la paternidad moderna. El libro de Montoya lleva esa observación al terreno de la poesía y la vuelve experiencia concreta.

## El lenguaje digital y el cuerpo ausente

Otro eje del libro es la relación entre vínculo y pantalla. Montoya advierte que ‘cada vez se hace más difícil juntar cuerpos en un espacio’. ‘Estamos con esto de hablar todo el tiempo, pero eso no implica que haya un cuerpo presente’, dice. El problema, plantea, es qué posibilidades de vínculo quedan fuera de la pantalla: ‘Cuando el medio para relacionarse es solo la pantalla, hay situaciones que dejan de imaginarse como posibles, y ese es el peligro más grande’. Este diagnóstico se conecta con su propia biografía: el lenguaje digital es una de las lenguas que adopta desde muy joven y que integra al poemario como un registro más.

El resultado es un libro que no busca cerrar sentidos. Su autor lo define como un documental, un collage, una botella al mar. En términos de recepción, ‘Papá Paki’ se inserta en una conversación más amplia sobre las nuevas paternidades, las masculinidades y las formas contemporáneas del cuidado. Su publicación en México y Argentina, con presentaciones en San Pedro Garza García y Ciudad de México, confirma que se trata de un texto pensado para circular entre los dos territorios que lo produjeron.

La trayectoria de Montoya refuerza esa doble pertenencia. Es poeta, psicoanalista, consultor de comunicación estratégica y gestor cultural. Fundó ciclos como #PoesíaEnTuSofáArgentina y El Gym Pop-up poético, y actualmente es vicepresidente del Centro PEN Argentina. Esa labor institucional y comunitaria dialoga con el contenido de su obra: la construcción de redes, la creación de espacios y la insistencia en que el cuidado no puede ser una tarea solitaria.

## Conclusión: una obra que abre preguntas

‘Papá Paki’ no ofrece respuestas cerradas sobre qué es ser padre hoy. Su aporte consiste en instalar una pregunta en el centro de la escena: qué pasa cuando la paternidad se ejerce desde la migración, el divorcio y la ausencia de una red familiar. La respuesta que el libro ensaya es formal y lingüística antes que doctrinal: mezclar lenguas, deformar anécdotas, usar el pastiche y el glitch como herramientas para nombrar lo que todavía no tiene palabra. En esa operación, la falta de palabra entre hombres deja de ser un déficit privado y se convierte en un problema colectivo que la poesía puede volver visible.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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