La noticia de la muerte de Eugenio Zanetti no solo cierra un capítulo en la historia del arte argentino, sino que obliga a revisar la dimensión de una figura que rara vez alcanza el reconocimiento global sin perder raíces. Nacido en Córdoba en 1949, Zanetti se formó como arquitecto en la Universidad Nacional de Córdoba, pero su carrera derivó hacia la escenografía, el diseño de producción y la dirección artística, campos en los que desarrolló una labor tan técnica como poética. Su fallecimiento, confirmado en septiembre de 2026, deja un vacío en la intersección entre el cine, el teatro y las artes visuales, un espacio que él transitó con una naturalidad que sus colegas describen como excepcional.
El dato más visible de su biografía internacional es el premio Óscar a la Mejor Dirección de Arte por la película Restauración (1995), dirigida por Michael Hoffman y protagonizada por Robert Downey Jr. y Meg Ryan. Aquel galardón, obtenido en 1996, no fue un hecho aislado: Zanetti ya había sido nominado en 1994 por Sombras y niebla, de Woody Allen, y su nombre se consolidó como sinónimo de excelencia en el diseño de producción. En una industria donde los departamentos de arte suelen ser anónimos, su firma se convirtió en un sello de identidad. Esto se explica no solo por su formación arquitectónica, que le daba un dominio preciso del espacio y la perspectiva, sino por su capacidad de integrar la investigación histórica con una sensibilidad pictórica poco común.
Sin embargo, reducir su legado al cine sería un error de análisis. Zanetti fue también un escenógrafo de ópera y teatro de primer nivel. Trabajó en producciones para el Teatro Colón, el Metropolitan Opera de Nueva York y otros escenarios internacionales, donde su enfoque visual transformaba la puesta en escena en un ejercicio de construcción de mundos. Su método consistía en estudiar el contexto histórico y psicológico de cada obra para luego traducirlo en soluciones espaciales y cromáticas. Esta metodología, según testimonios de colegas, le permitía abordar desde una ópera barroca hasta un drama contemporáneo con la misma rigurosidad.
En el plano local, su figura quedó asociada a la renovación estética de la escena argentina en las décadas de 1970 y 1980, antes de su partida a Estados Unidos. Durante esos años, colaboró con directores y compañías que buscaban romper con el realismo escenográfico tradicional. Su trabajo en cine argentino, aunque menos numeroso que su producción internacional, incluyó películas que hoy se estudian en escuelas de diseño. La crítica especializada ha señalado que su influencia se extendió a generaciones de escenógrafos que adoptaron su rigor historicista combinado con la libertad compositiva.
Un aspecto menos divulgado de su carrera es su incursión como director de cine con la película Amapola (2013). Este filme, de factura visual muy cuidada, reunió un elenco internacional encabezado por Camilla Belle, François Arnaud y Geraldine Chaplin, junto a actores argentinos como Lito Cruz, Elena Roger y Esmeralda Mitre. La película explora la teoría de los universos paralelos, formulada por Hugh Everett en 1957, una hipótesis de la física cuántica que Zanetti no solo utilizaba como recurso narrativo, sino que abrazaba como visión filosófica. En conversaciones con periodistas y amigos, solía mencionar que creía en la existencia de realidades coexistentes, una idea que atraviesa su obra pictórica y cinematográfica. Amapola, aunque no tuvo una gran difusión comercial, fue valorada por la crítica por su ambición conceptual y su estética refinada.
La comparación entre su faceta cinematográfica y su producción pictórica revela una coherencia interna. Sus cuadros, expuestos en galerías de Buenos Aires, Nueva York y otras ciudades, comparten con sus diseños de producción una obsesión por la textura, la luz y la composición. Mientras en el cine debía someterse a los requerimientos del guion y la dirección, en la pintura encontraba un espacio de libertad absoluta. Sin embargo, en ambos terrenos aplicaba el mismo principio: la obra como expansión de un tesoro interior. Esa frase, que él mismo utilizaba para describir su proceso creativo, resume una ética de trabajo que sus allegados destacan como parte de su singularidad.
El impacto económico de su actividad también merece atención. La industria del cine y la ópera genera empleo calificado en áreas como carpintería, pintura escénica, vestuario, iluminación y utilería. Zanetti, al ocupar puestos de máxima responsabilidad en producciones internacionales, no solo prestigió la marca argentina, sino que abrió puertas para técnicos y artistas locales. Varios de sus asistentes y colaboradores continuaron carreras en Hollywood y en Europa, lo que constituye un efecto multiplicador difícil de cuantificar pero significativo. En un contexto donde la exportación de servicios creativos es una fuente de divisas para la Argentina, su trayectoria demuestra el potencial de la formación artística local.
En el plano social, su figura representa un modelo de artista que no se recluyó en un circuito elitista. A pesar de haber trabajado con estrellas como Barbra Streisand, Robert Downey Jr. o Geraldine Chaplin, mantenía vínculos con el ambiente cultural porteño y cordobés. Amigos y colegas recuerdan que regresaba periódicamente a Córdoba, donde encontraba la atmósfera necesaria para crear, y que participaba en encuentros informales con artistas jóvenes. Esa disposición a compartir conocimiento, sin grandilocuencia, explica por qué su muerte generó reacciones que trascienden el ámbito profesional.
La comparación con otras figuras del arte argentino que migraron a Estados Unidos permite trazar un paralelo. Mientras algunos se integraron plenamente en la industria estadounidense y perdieron visibilidad en el país, Zanetti mantuvo una presencia constante en ambos mundos. Su caso se asemeja al de otros creadores que funcionaron como puentes culturales, aunque su perfil técnico —más cercano al diseño que a la dirección— lo distingue. En ese sentido, su legado es tanto artístico como profesional: demostró que un escenógrafo argentino podía competir en el mercado global sin renunciar a su identidad.
El reconocimiento internacional de Zanetti también plantea una reflexión sobre las políticas culturales. La Argentina ha tenido históricamente dificultades para retener a sus talentos y para financiar producciones de alto costo. Zanetti desarrolló gran parte de su carrera en el exterior, pero su formación inicial fue pública y local. Esto sugiere que la inversión en educación artística puede generar retornos en forma de prestigio y de inserción laboral global. Su biografía es, en ese sentido, un argumento a favor de sostener y ampliar los espacios de formación técnica y artística.
En sus últimos años, Zanetti continuó pintando y explorando temas vinculados a la física cuántica y la conciencia. La teoría de los universos paralelos, que conoció a través de lecturas de divulgación, se convirtió en un eje de su pensamiento. Esta inquietud intelectual lo aleja del estereotipo del artista puramente intuitivo y lo acerca al de un investigador visual. Quienes lo trataron de cerca describen largas conversaciones sobre realidades coexistentes, tiempo y percepción, siempre con un tono amable y sin pretensión académica. Esa combinación de curiosidad y humildad es quizá su rasgo más distintivo.
La muerte de Eugenio Zanetti deja un catálogo de obras que abarcan más de cinco décadas, desde sus primeras incursiones en el teatro cordobés hasta sus proyectos pictóricos más recientes. Su archivo personal, que incluye bocetos, maquetas, guiones y correspondencia, será probablemente objeto de estudio en instituciones académicas. En un momento en que la industria cultural argentina busca reposicionarse, su figura ofrece un ejemplo de cómo el talento local puede dialogar con los grandes centros de producción sin perder autonomía creativa. No se trata de mitificar su figura, sino de reconocer datos concretos: un Óscar, una nominación previa, una filmografía como director, una carrera escenográfica internacional y una producción pictórica sostenida. Sobre esos hechos se construye un legado que trasciende la anécdota personal y se inscribe en la historia del arte argentino.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
