La historia de la resistencia antifranquista en el exilio tiene capítulos que permanecieron durante décadas fuera del relato oficial. Uno de los más sobresalientes es el de Ernestina González, una profesora, bibliotecaria y periodista republicana nacida en Medina de Pomar (Burgos) en 1896, que desde su exilio en Nueva York desafió no solo la dictadura de Francisco Franco, sino también el aparato persecutorio del macartismo estadounidense.
Su figura reaparece ahora gracias a la biografía “Ernestina González, un pulso antifranquista”, escrita por Ana María Díaz Marcos, catedrática de Literatura Española de la Universidad de Connecticut (EE.UU.), publicada por la editorial Renacimiento en el 50 aniversario de su muerte, ocurrida en Madrid el 2 de mayo de 1976.
González perteneció a la primera generación de universitarias españolas. Fue alumna del filósofo y escritor Miguel de Unamuno, compañera de la feminista y política Victoria Kent y amiga íntima del poeta Federico García Lorca, del pintor Salvador Dalí y del cineasta Luis Buñuel. En 1926 obtuvo una excedencia del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, al que pertenecía, para incorporarse como lectora de español en la Universidad de Lincoln, en Nebraska, donde inició su vínculo con Estados Unidos.
Durante su estancia en el país norteamericano conoció al ingeniero Leo Fleischman, con quien contrajo matrimonio en Nueva York en 1932. Al año siguiente, la pareja regresó a Madrid, y en 1934 González se reincorporó a su cuerpo profesional, siendo destinada a la Biblioteca de la Escuela Especial de Pintura, dependiente de la Universidad Central. El estallido de la Guerra Civil española en 1936 truncó de forma trágica su vida en España: su esposo, que se había incorporado como voluntario, falleció a causa de una explosión en un hospital de sangre madrileño, convirtiéndose en el primer combatiente voluntario norteamericano muerto en el conflicto.
Huérfana de su compañero y viuda tras una unión breve, González desembarcó en Nueva York en la Nochebuena de 1936 con una misión clara: movilizar apoyo internacional para la República española. Desde entonces, y de manera progresiva, se convirtió en una de las voces más potentes del antifascismo hispano en Estados Unidos. Escribió en periódicos en español como La Prensa, La Voz y Verdad, dirigió programas de radio destinados al público hispanohablante y pronunció conferencias en las que llamaba a la movilización contra el fascismo y por la defensa de los derechos de las mujeres.
Uno de los hitos de su activismo tuvo lugar en abril de 1938, cuando encabezó en Washington una marcha de aproximadamente tres mil mujeres que reclamaban al Departamento de Estado el levantamiento del embargo de armas que privaba al gobierno republicano de medios para defenderse. Las pancartas que portaban las manifestantes sintetizaban una estrategia de persuasión que González repetía en sus discursos: si caía la España leal, la siguiente sería Europa, y si Europa caía, Estados Unidos sería la siguiente pieza del dominó. El discurso “Mujeres a la lucha”, pronunciado en el teatro Royal Windsor de Nueva York en diciembre de 1937, se convirtió en un documento político central de esa campaña.
El eco de su actividad pública la situó bajo la lupa de las autoridades estadounidenses. El FBI abrió varios expedientes sobre ella que sumaban centenares de páginas, y fue sometida a una vigilancia que se prolongó durante casi veinte años. La investigadora Díaz Marcos, que obtuvo los dosieres desclasificados en los archivos de Maryland, relata que el FBI la siguió de cerca por su labor como activista, periodista y directora de radio.
En el contexto del macartismo, González fue citada a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas, dedicado a perseguir la supuesta influencia comunista en la vida estadounidense durante los años cuarenta y cincuenta. Tanto ella como la mayoría de los miembros ejecutivos del Comité Pro Refugiados Antifascistas que no se retractaron ni aceptaron delatar a otras personas fueron condenados. González estuvo presa tres meses en Virginia, convirtiéndose, junto a otras cuatro mujeres de la misma organización, en una de las primeras presas políticas estadounidenses después de las sufragistas. Fue, además, la única española sometida a este proceso.
Las implicancias de su caso trascienden el ámbito personal. Su condena expuso la alianza implícita que la administración estadounidense mantenía con el régimen franquista, que Estados Unidos incorporó a su estrategia geopolítica en el contexto de la Guerra Fría. La persecución sufrida por González y por el resto de los miembros del Comité Pro Refugiados Antifascistas evidencia cómo la política de contención del comunismo se convirtió en una herramienta para silenciar también las voces que denunciaban la connivencia internacional con la dictadura española. La experiencia marcó profundamente a la activista, que tras la cárcel se trasladó a México, donde continuó su actividad periodística y política en los círculos del exilio republicano.
En 1966, ya con 69 años, regresó a España, donde fue reintegrada en el Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios del que había sido apartada en 1939 por un expediente de depuración impuesto por el régimen franquista. Poco después se jubiló. Falleció en Madrid el 2 de mayo de 1976, apenas unos meses después de la muerte de Franco, y sus restos reposan en el cementerio civil de la ciudad junto a los de su esposo.
La catedrática Díaz Marcos explica que se encontró con la figura de González mientras estudiaba el periódico antifascista La Voz, publicado en Nueva York durante la Guerra Civil española, donde halló el discurso “Mujeres a la lucha”. Sus palabras, según relata, “hervían”, y le resultó incomprensible que una republicana que abarrotaba teatros y enardecía multitudes en Estados Unidos hubiera desaparecido del relato histórico sin dejar rastro.
La biografía reconstruye esa peripecia vital desde una labor detectivesca sobre archivos públicos y expedientes policiales desclasificados. El resultado constituye una contribución a la recuperación de la memoria democrática y al reconocimiento de las mujeres que desempeñaron un papel decisivo en la defensa de la República desde el exilio. La historia de Ernestina González, la única española que declaró y fue encarcelada por el Comité de Actividades Antiamericanas, devuelve al lugar que merece a una de las figuras más singulares y silenciadas del antifranquismo del siglo XX.
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