Necesito que todo se mueva. La frase de Narcisa Hirsch funciona como una clave de acceso a una obra que durante seis décadas rechazó la quietud: muebles que ruedan, imágenes que se transforman, cuerpos que atraviesan paisajes, recuerdos que se proyectan. Ese movimiento, que en sus películas nunca se detiene demasiado tiempo en un mismo plano, es también el principio rector de Narcisa Hirsch, un viaje incógnito, la muestra que ocupa los pisos 2 y 3 del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (Macro) y que constituye la primera exposición individual en la ciudad de la artista alemana radicada en Argentina, fallecida en 2024 a los 96 años.
La propuesta curatorial de Daniela Muttis evita la cronología lineal. No organiza la producción de Hirsch como una sucesión de etapas, sino como un desplazamiento continuo en el que cada película, fotografía, grafiti u objeto forma parte de un mismo trayecto. A lo largo de 25 años trabajando con ella aprendí a conocer su lenguaje y ella siempre me decía que su obra era como caminar, explica Muttis. Viajaba en sus conversaciones, en sus relatos, en las imágenes que buscaba para sus películas: viajaba para habitar sus territorios preciados, donde encontraba sus preguntas y respuestas.
El dato biográfico resulta ineludible para dimensionar la operación estética. Narcisa Hirsch, nacida Heuser, vino al mundo en Berlín en 1928, hija de madre germano-argentina y del pintor expresionista Heinrich Heuser. En 1937 emigró a Argentina con su madre vía Viena. Formada inicialmente como pintora, su interés por el cine surgió durante la documentación de performances y happenings colaborativos realizados en las calles de Buenos Aires, Nueva York y Londres. Según los registros de la Filmoteca Narcisa Hirsch, creada en 2019 para preservar su acervo, completó más de cincuenta películas desde mediados de la década de 1960. Su obra se centró en el cuerpo, el amor, el sexo, la muerte, el movimiento y la mirada femenina, aunque la propia artista resistió ser etiquetada como feminista.
La exposición en el Macro articula dos geografías que en la producción de Hirsch aparecen como territorios que se continúan: los interiores domésticos de Buenos Aires y los paisajes de la Patagonia. Paul Éluard tiene una buena definición: Hay otros mundos, pero están en este. Narcisa también, señala la curadora. Esos mundos se definían entre Buenos Aires y Bariloche; aunque parecen muy opuestos, sus películas los hacían coexistir. La artista vivió y trabajó entre ambas geografías, y esa dualidad estructuró buena parte de su filmografía, desde Diarios patagónicos (1972-1973) hasta piezas más tardías.
Para Hirsch, el cine era una experiencia de memoria antes que un dispositivo narrativo. Cine es lo que fluye y se va, lo que no queda, una imagen cada vigésima cuarta parte de un segundo, escribió. Pero en ese movimiento fugaz encontraba una posibilidad de permanencia: las imágenes proyectadas hacen visibles a las otras, las internas, las guardadas, las oscuras y olvidadas. Narcisa encontró en el cine aquella misteriosa materia que recuerda, sostiene Muttis.
El pasaje de la sala de cine al espacio del museo impone una transformación en la experiencia de recepción. Las películas se vuelven pensamiento, se vuelven preguntas, se activan sueños y subjetividades. Hay enlaces e inspiraciones. Memorias. Asombro, describe la curadora. Las obras te invitan a cuestionar sobre la estética y también sobre la belleza. Es un ritual amoroso que va a permanecer en tu universo.
La trayectoria de Hirsch permite trazar un arco que conecta el cine experimental argentino con las vanguardias internacionales. Admiradora de Salvador Dalí y Luis Buñuel, y de los artistas de la Bauhaus, frecuentó el Instituto Di Tella y el Instituto Goethe, donde se estrenaron muchas de sus obras. Su serie conceptual incluye Come Out (1971) y Taller (1975), ambas en 16 milímetros, que según el crítico Pablo Marín reaccionan ante el cine entendido como práctica impulsiva que caracterizaba la naciente escena experimental argentina. Come Out está compuesta por apenas dos planos. Taller, en cambio, opera como un retrato in absentia: nunca aparece el rostro de la artista, sino mapas de experiencias personales y culturales. La cineasta canadiense Michael Snow, con Wavelength (1967) y A Casing Shelved (1970), inspiró directamente su visión, y en 2013 el Festival Internacional de Cine de Toronto organizó una conversación entre ambos.
El reconocimiento institucional llegó tardíamente, pero con contundencia. En 2018 recibió el Premio Distinción a la Trayectoria de la Academia Nacional de Bellas Artes de Argentina; en 2022, el Premio Konex de Platino en la disciplina Arte y Tecnología. Sus películas fueron objeto de retrospectivas en la Viennale (2012, 2023), el MoMA (2024) y el festival (S8) de Cine Periférico (2024), entre otros. Su influencia sobre las nuevas generaciones de cineastas y artistas visuales argentinos es señalada de manera recurrente en el ámbito académico y curatorial.
En términos de implicancias culturales, la llegada de esta muestra a Rosario reviste una doble significación. Por un lado, amplía la circulación de una obra que durante décadas permaneció relativamente desconocida fuera de círculos especializados, tal como ocurrió en sus primeros estrenos. Por otro, consolida el rol del Macro como sede que alberga la colección contemporánea de la ciudad; el museo, emplazado en los ex silos Davis sobre la ribera del Paraná, funciona desde 2004 como anexo contemporáneo del Museo Castagnino y como espacio de experimentación más que de preservación estática. La muestra de Hirsch se inscribe en una programación que incluye Anatomía del Fervor, de Carlos Herrera, en el piso 1, y el Episodio II de 1976/2026 Que digan dónde están en el piso 7, todas inauguradas el 28 de agosto de 2026 y con cierre previsto para el 1 de noviembre.
La exposición también propone una reflexión sobre la materialidad del cine en un contexto dominado por la imagen digital. La manipulación manual de materiales y el desarrollo de herramientas propias de montaje audiovisual, procedimientos que Hirsch sostuvo a lo largo de su carrera, adquieren en la sala del museo una dimensión objetual: el fotograma, el grafiti, el mueble que rueda. La obra más reciente, Materia oscura (2023), confirma que esa exploración abstracta continuó hasta el final de su vida.
El cierre de la muestra está previsto para el 1 de noviembre de 2026. La exposición no ofrece un recorrido cerrado ni una tesis única sobre la artista: propone, en cambio, un desplazamiento por fragmentos que se activan entre sí. Ese es, precisamente, el gesto que define la obra de Narcisa Hirsch, aquello que fluye y se va, aquello que se mueve para permanecer.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
