La literatura contemporánea latinoamericana ha establecido un vínculo recurrente entre el desplazamiento geográfico y la elaboración de las pérdidas íntimas. El viaje como dispositivo narrativo, capaz de proyectar el duelo sobre un territorio extranjero o familiar, constituye uno de los motivos más persistentes en la producción novelística reciente del continente. La nueva obra del escritor guayaquileño Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977) se inscribe de manera deliberada en esa tradición, aunque lo hace con una torsión singular: el periplo que protagonizan sus personajes no conduce hacia un destino simbólico de expiación, sino hacia un páramo andino donde la naturaleza exhibe un comportamiento que la ciencia no ha logrado explicar.
Catálogo de aves muertas, la primera novela de Carrión publicada por la editorial española Anagrama en su colección Narrativas hispánicas, nació durante la Residencia de Escritores del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) en 2024, un programa que el autor obtuvo tras un proceso de selección en el que participó un jurado compuesto por el nobel J. M. Coetzee, Margo Glantz y María Soledad Costantini. La obra se inscribe en la trayectoria de un autor que ha transitado con solvencia tanto la poesía como la narrativa: Carrión inició su carrera lírica con obras como ‘El libro de la desobediencia’ y ‘Carni vale’ (Premio Nacional de Literatura César Dávila Andrade, 2002), desarrolló posteriormente el ambicioso proyecto poemático ‘ø’ —conformado por trece libros agrupados en tres tomos— y ha obtenido reconocimientos de alcance continental, entre ellos el Premio Casa de las Américas (2017) por ‘Incendiamos las yeguas en la madrugada’, el Premio Lipp de Novela (2017) por ‘El día en que me faltes’, el Premio Internacional de Poesía Juan Alcaide (2023) y el Premio Hispanoamericano de Poesía Gabriela Mistral (2025).
La novela se despliega en tres movimientos narrativos que alternan voces y temporalidades. En la primera parte, el narrador es Leónidas, un padre recién enviudado que emprende un viaje hacia el Parque Nacional Sangay, en la provincia ecuatoriana de Chimborazo, junto a su hijo Lautaro. El objetivo declarado del periplo es acampar en las inmediaciones de las Lagunas de Ozogoche, un complejo lacustre situado a más de tres mil quinientos metros de altitud, en los días previos al fenómeno conocido localmente como el suicidio colectivo de los cuvivíes. Leónidas busca comprender las circunstancias de la muerte de su esposa Elisa, una bióloga que se había doctorado a los veintiocho años y trabajaba para una compañía extranjera, cuyo vehículo se estrelló de manera aparentemente voluntaria en una carretera sin que la pericia encontrara rastros de desperfecto mecánico. La investigación científica que Elisa había iniciado sobre los cuvivíes quedó inconclusa, y esa interrupción se presenta como un espejo inquietante del propio suicidio: ambos fenómenos, el colectivo de las aves y el individual de la bióloga, permanecen sin una causa verificable. En ese sentido, la primera sección del relato funciona como una pesquisa detectivesca en la que Leónidas se convierte en investigador de una doble incógnita: la que envuelve el comportamiento de las aves migratorias y la que rodea la decisión final de su esposa.
El misterio ornitológico que vertebra la novela no es una invención del autor. Desde tiempos anteriores al registro científico formal, los pobladores de las comunidades aledañas al complejo lacustre Ozogoche han observado que, cada año durante el mes de septiembre, cientos de cuvivíes —aves migratorias cuyo nombre es una transliteración onomatopéyica según el criterio de los lugareños— llegan desde latitudes septentrionales, presumiblemente desde Canadá, y se precipitan en picada contra las aguas gélidas de las lagunas. Un reportaje publicado por la agencia EFE y reproducido por la prensa internacional consigna que los cadáveres hallados no presentan signos evidentes de enfermedad ni debilitamiento físico: la bióloga Tatiana Santander, de la Fundación Aves y Conservación de Ecuador, declaró que tras estudiar en 2014 un conjunto de ejemplares muertos in situ, los seis individuos examinados revelaban una masa corporal adecuada y ninguna patología observable. Tres hipótesis principales circulan entre ornitólogos y especialistas: la fatiga extrema de una migración transcontinental, las condiciones climáticas locales —incluida la presencia de neblina espesa que podría perturbar la orientación de las aves— y variables ecológicas aún no identificadas. Ninguna de estas explicaciones ha logrado consolidarse como definitiva, y el fenómeno permanece en lo que la prensa ecuatoriana denominó un ‘limbo científico’. Ante esta ausencia de certezas, el enigma ha generado también interpretaciones de orden simbólico y cosmovisionario: el cineasta Joe Houlberg, quien desarrolla un documental sobre las lagunas, ha documentado cómo las comunidades andinas interpretan la conducta de los cuvivíes como un sacrificio sagrado en honor a la Pacha, una lectura que desplaza el fenómeno del campo estrictamente biológico hacia el terreno de la espiritualidad andina.
La dimensión simbólica del texto se articula sobre una operación comparativa que recorre toda la obra: la del suicidio animal contra el suicidio humano, la del instinto migratorio contra la voluntad consciente, la de la muerte colectiva contra la muerte individual. La novela introduce un enunciado punzante en labios de sus personajes: ‘los suicidas son los peores muertos, aquellos cuyo descanso resulta imposible’, una fórmula que condensa el estigma social, la culpa de los sobrevivientes y la irreductible opacidad que rodea a quien decide terminar con su propia vida. En este entramado, Carrión acerca la dimensión etológica de las aves a la psicología del duelo: si los cuvivíes se precipitan sin explicación racional aparente, también la muerte de Elisa parece obedecer a una lógica inaccesible para quienes la sobreviven. La bióloga, que ‘amaba la naturaleza hasta los bichos más minúsculos’, queda así doblemente vinculada al fenómeno que estudiaba: como investigadora y como víctima de una conducta que replica, en la escala individual, lo que la colonia de aves ejecuta a escala colectiva.
La segunda sección de la obra introduce un cambio de voz y de escenario que amplía considerablemente el horizonte narrativo. Quince años después del episodio en los Andes, Lautaro —ahora adulto— emprende su propia pesquisa y viaja hacia la India. Su objetivo es reconstruir el rompecabezas emocional y factual de la desaparición de su madre, una empresa que asume con la colaboración de una empresa tecnológica que recrea avatares digitales de personas fallecidas mediante sistemas de inteligencia artificial alimentados por bases de datos. La tecnología permite así a los vivos sostener conversaciones simuladas con los muertos, prolongando de manera potencialmente indefinida la presencia de quienes ya no existen. El texto plantea entonces una pregunta de orden ético y existencial: ¿qué significa sanar un duelo cuando la virtualidad permite evadir la separación definitiva? ‘Sanar es también una cuestión de saber perderse’, reflexiona Lautaro, y desde esa premisa el relato interroga los mandatos sociales que imponen plazos al sufrimiento y las herramientas técnicas que, bajo la promesa de consuelo, pueden impedir habitar la complejidad humana de los sentimientos.
La aparición de los avatares digitales sitúa a Catálogo de aves muertas en un registro que combina el realismo testimonial del viaje andino con la especulación de la ciencia ficción contemporánea. La obra se distancia así de los parámetros de la novela realista convencional para abrazar una estructura híbrida, propia de un autor que ha manifestado en entrevistas una obsesión por la autoexigencia textual y por la insatisfacción como motor de escritura. La convivencia del fenómeno natural inexplicado con el artificio tecnológico de última generación instala una tensión productiva: la naturaleza se revela enigmática —las aves que mueren sin causa clara— mientras que la tecnología se presenta como un instrumento que promete dominar y revertir la finitud humana, asumiendo funciones que históricamente correspondieron al rito y a la religión.
La tercera parte de la novela articula las consecuencias de ambos episodios y cierra el círculo narrativo trazado por la estructura tripartita. El duelo por Elisa no concluye en la montaña ni se resuelve mediante la simulación digital; antes bien, ambos tránsitos exponen los límites de toda tentativa de comprensión absoluta. La obra de Carrión concluye, en este sentido, en un registro distinto al de la resolución catártica: propone que la pérdida no admite explicaciones definitivas y que el proceso de duelo, lejos de ser un trayecto lineal hacia la superación, consiste en un movimiento pendular entre el recuerdo, la interrogación y la posibilidad de habitar la ausencia sin anularla.
Catálogo de aves muertas representa además un hito editorial de relevancia para las letras ecuatorianas: la publicación de un autor del país andino en el sello Anagrama constituye un acontecimiento que inscribe la narrativa de Ecuador dentro del circuito de distribución y visibilidad internacional que dominan las grandes editoriales españolas. La novela se suma a un conjunto de textos recientes que exploran las relaciones entre tecnología, duelo y naturaleza, y lo hace con una materia prima autobiográfica y territorial precisa: la geografía del Chimborazo, sus páramos ancestrales, el frío cortante de las lagunas de alta montaña y las comunidades que han integrado al fenómeno de los cuvivíes en su cosmovisión. En la articulación de ese material con las preguntas globales sobre la inteligencia artificial y la ética de la memoria digital reside la singularidad de una novela que, desde su primera página, anuncia la coexistencia tensa de lo local y lo universal, de lo ancestral y lo futurista. El viaje de Leónidas y Lautaro, como toda travesía que busca restaurar un orden perdido, no devuelve a los personajes a un punto cero de inocencia, sino a una comprensión más matizada de la fragilidad que constituye la condición de quien permanece.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
