La literatura mexicana contemporánea ha encontrado en Dahlia de la Cerda una de sus voces más incómodas y necesarias. Con ‘Perras de reserva’ (Narrativa Sexto Piso), la escritora y activista cofundadora de la organización feminista Morras help Morras construye un entramado narrativo donde la precariedad, el aborto, el narcotráfico y las tensiones clasistas dejan de ser temas de consigna para convertirse en materia viva de ficción. La obra, traducida al inglés, italiano, francés, alemán, turco, griego, portugués y polaco, trasciende la etiqueta de literatura regional para instalar preguntas universales desde lo más cotidiano.
En entrevista con Clarín desde México, De la Cerda es tajante respecto de una de las premisas centrales de su libro: no quiso romantizar las redes entre mujeres. «No creo en esa idea cursi de que por ser mujeres vamos a cuidarnos automáticamente», afirma. La declaración, lejos de ser una provocación, funciona como una hipótesis de lectura que atraviesa cada uno de los relatos. En ‘Perejil y Coca-Cola’, el cuento que abre el volumen, una narradora en primera persona atraviesa un aborto con una crudeza que no admite idealizaciones. En ‘Yuliana’, la hija de un narcotraficante se convierte en el prisma desde el cual se observan los hilos de violencia que permean todo el tejido social mexicano. En otros relatos, las estrategias de supervivencia en contextos de pobreza extrema se despliegan sin épica ni victimización.
El trabajo de De la Cerda se inscribe en una tradición literaria mexicana que, desde Elena Garro hasta Fernanda Melchor, ha explorado la violencia como estructura social más que como episodio excepcional. Sin embargo, su apuesta difiere en un punto clave: la construcción de personajes femeninos que no aspiran a la ejemplaridad. «Yo tendría cuidado con llamarlas mujeres fuertes porque siento que a las mujeres siempre se nos exige ser fuertes, resilientes, sororas, ejemplares y un montón de cosas que a los personajes masculinos no se les exigen», explica. «A mí me interesaba escribir mujeres que pudieran ser fuertes pero también frágiles, cobardes, violentas, mezquinas, contradictorias, generosas, culeras. Mujeres completas».
Esa complejidad moral conecta directamente con el contexto social de México, donde las redes comunitarias femeninas han sido históricamente un mecanismo de supervivencia frente a la ausencia del Estado. De la Cerda reconoce esa función: «En los contextos de precariedad muchas veces son las mujeres las que terminan sosteniendo la vida. Las amigas, las vecinas, las madres, las hermanas, las compañeras». Pero inmediatamente después introduce la fisura: «Entre mujeres también hay violencia, competencia, traición, clasismo, racismo». La afirmación adquiere una densidad particular en un país donde el feminicidio alcanza cifras estructurales y donde las jerarquías de clase y etnia operan incluso dentro de los espacios de organización política.
El vínculo entre la obra de De la Cerda y la realidad mexicana no es incidental. México registró en 2023 más de 3.000 homicidios de mujeres, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, y el narcotráfico continúa siendo un actor determinante en la configuración del poder local en amplias regiones del territorio. La literatura de De la Cerda no funciona como corresponsalía de esa violencia, sino como un dispositivo para capturar sus efectos en la vida cotidiana: la manera en que el miedo se convierte en rutina, la forma en que las fiestas, los memes y los chismes persisten aun cuando el entorno se desmorona.
En términos literarios, ‘Perras de reserva’ también supone una intervención sobre el lenguaje. De la Cerda reivindica el español latinoamericano en su registro coloquial y callejero, rechazando lo que describe como una neutralización que borra marcas de clase y territorio. Esa decisión estilística no es ornamental: el habla de los personajes es el vehículo a través del cual se hace visible una experiencia social específica. La potencia del lenguaje callejero opera como archivo de una subjetividad colectiva que las narrativas hegemónicas suelen silenciar o traducir a un registro aséptico.
La recepción internacional de la obra, con traducciones a ocho idiomas, plantea una pregunta sobre la circulación de las literaturas latinoamericanas en el mercado global. La apuesta de De la Cerda por lo local como punto de partida de lo universal dialoga con una tradición que va de Juan Rulfo a Cristina Rivera Garza: la certeza de que la especificidad de una experiencia no limita su alcance, sino que lo profundiza. En ese sentido, ‘Perras de reserva’ no ofrece un refugio ni una postal exotizada de México, sino un sistema de coordenadas donde la fragilidad, la violencia y la solidaridad coexisten sin resolver sus contradicciones.
Hacia el final de la conversación, De la Cerda insiste en que su proyecto literario no pretende dar lecciones ni construir modelos. Las mujeres de sus cuentos sobreviven como pueden, con las herramientas disponibles, y en ese gesto reside una forma de verdad que la ficción puede capturar mejor que cualquier diagnóstico sociológico. La obra permanece en el terreno de lo irresuelto, donde las redes entre mujeres no son una utopía ni una condena, sino un espacio en disputa atravesado por las mismas tensiones que estructuran la sociedad mexicana.
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