Cultura

Cantos de sirena: Hasper y Kacero, dos ilusionistas del color y la percepción unidos en el Microcentro porteño

El arte contemporáneo argentino produce, cada tanto, cruces que funcionan como laboratorios de percepción. Cantos de sirena, la muestra que reúne a Gachi Hasper y Fabio Kacero en el espacio cultural de Banco Macro —en el hall de la torre proyectada por César Pelli en pleno microcentro porteño—, es uno de esos casos. La curadora Patricia Rizzo, responsable también de la colección de arte de la entidad, tomó el concepto homérico del canto que seduce y hace perder la razón para darle un giro productivo: aquí la seducción no naufraga al espectador, lo involucra. «Ellos tienen lenguajes distintos, pero realmente se integran», explicó Rizzo al fundamentar la primera colaboración entre ambos artistas.

La referencia no es azarosa. En La Odisea, Ulises se ata al mástil para no sucumbir al encanto de las sirenas. Rizzo invierte el término: sus dos invitados no buscan adormecer, sino revelar. Hasper y Kacero comparten, según la curadora, un «poderoso componente de seducción visual». La primera trabaja sobre la percepción del color y la descomposición de la luz; el segundo construye ilusiones materiales que desplazan lo exterior hacia el interior. «Son dos seductores, dos ilusionistas», sintetizó.

Gachi Hasper, nacida en Buenos Aires en 1966, construyó su trayectoria en torno a la abstracción geométrica y una paleta vibrante. Formada en el taller de Diana Aisenberg entre 1988 y 1991, fue becaria de la Fundación Antorchas en una residencia junto a Guillermo Kuitca, obtuvo la beca Fulbright-FNA para una residencia en Apex Art de Nueva York en 2000 y fue seleccionada por el Bellagio Center Residency Program de la Rockefeller Foundation en Italia en 2005. Su obra atraviesa pintura, instalaciones, video, fotografía y proyectos urbanos.

En la muestra, ese recorrido se despliega en capas. Hay fotografías, vinilos, instalaciones de gotas que caen desde el techo, cerámicas y una alfombra diseñada especialmente para el Marco. Hasper se apropia del espacio: altera el cromatismo, descompone la luz y genera ambientes que cambian según la hora del día. Sus gotas suspendidas dejan atravesar la luz y modifican su proyección con el paso de las horas. El efecto de despliegue logrado con una alfombra junto a un vinilo pegado en la pared resignifica el hall como territorio de juego óptico. Dos columnas del edificio fueron revestidas con telas de colores que atraviesan tonalidades a medida que caen hacia el piso, en una operación análoga a la que la artista realizó en los pilares del nudo de la autopista que conecta la 25 de Mayo con la Arturo Frondizi.

Fabio Kacero, nacido en Buenos Aires en 1961, aporta el contrapunto material. Artista plástico y escritor, expuso en la I Bienal del Mercosur en Porto Alegre, en Apex Art de Nueva York en 1996, en la Galería Ruth Benzacar en 2000 y en el Centro Cultural de España en Buenos Aires en 2011. En 2007, la editora Adriana Hidalgo publicó un libro sobre su obra curado por Rafael Cippolini. En 2014 presentó en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires la retrospectiva Detournalia, que recorrió su producción desde 2001. Su serie Nieve Indoor —objetos cotidianos cubiertos de nieve artificial bajo techo— es una de sus marcas registradas: un despacho abandonado, una batería de música, una escenificación de lo exterior dentro de lo doméstico.

En Cantos de sirena, Kacero exhibe la batería que ya había mostrado en el Museo de Arte Moderno y suma una pieza inédita: una caja fuerte cedida en préstamo por el propio banco, sobre la que posó su nieve. El gesto no es menor. La caja fuerte, símbolo de acumulación y secreto financiero, queda cubierta por un manto de intemperie artificial. La lógica del banco se convierte en objeto estético. A eso se suma su universo caligráfico, presente en series donde la escritura manuscrita opera como materia y como enigma: manuscritos de Borges indistinguibles de los originales, según describe la crítica especializada, textos en estado de borrador, trazos que tensionan la frontera entre lo legible y lo ilegible.

El espacio que alberga la muestra no es neutro. La torre del Banco Macro, última obra del arquitecto argentino César Pelli, se sumó a circuitos como Open House Buenos Aires y a la plataforma Microcentro Cuenta, que articula acceso al arte en la zona del microcentro y acompaña el proyecto de reurbanización del área. En 2023, el banco realizó exposiciones de Luis Felipe «Yuyo» Noé, Juan Stoppani, Delia Cancela y Clorindo Testa, y recibió más de 80 instituciones, con más de 7.500 visitantes. La muestra de Hasper y Kacero se inscribe en esa política de apertura del hall bancario como galería de paso.

La comparación entre ambos artistas resulta más productiva cuanto más se la examina. Hasper trabaja con la inmaterialidad de la luz y el color: sus obras no representan, alteran condiciones de visibilidad. Kacero trabaja con la materialidad de los objetos y su desplazamiento: sus obras no decoran, cambian el estatus de lo que tocan. Donde Hasper descompone el espectro, Kacero descompone la función. Donde la primera crea ambientes que varían con el día, el segundo crea escenas que varían con el contexto. La curaduría de Rizzo no busca homogeneizar sino yuxtaponer: abstracción geométrica contra escritura manuscrita, instalación lumínica contra objeto nevado, color contra temperatura.

El resultado es una muestra que no fue pensada como antológica, pero que funciona como mapa de una generación. Hasper y Kacero emergieron en la escena argentina de los años 90, un período de recomposición del campo artístico tras la crisis inflacionaria de fines de los 80 y en el marco de la apertura económica de los 90. Ambos atravesaron después la crisis de 2001, la expansión de las ferias internacionales y la profesionalización del mercado local. Sus lenguajes, distintos en forma, comparten una misma pregunta de fondo: cómo hacer visible lo que normalmente no se ve.

En términos económicos, la operación también es significativa. Un banco privado que destina su hall central a exhibir arte contemporáneo argentino sin cobrar entrada y con obra de dos artistas de trayectoria consolidada transforma un espacio de tránsito financiero en un espacio de tránsito simbólico. La muestra se integra a una tendencia regional: las entidades financieras como curadores de facto, con colecciones propias y programas de exhibición que compiten con los museos públicos por atención y prestigio.

El título de la muestra admite una última lectura. Si en Homero el canto de sirena desvía al navegante de su ruta, aquí el canto de sirena lo devuelve a la percepción. No hay naufragio: hay ilusión óptica, hay nieve bajo techo, hay tela que cambia de color mientras cae. Hasper y Kacero no pretenden engañar al espectador. Pretenden mostrarle que ya estaba engañado por la costumbre de ver sin mirar.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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