El auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires se convirtió en la noche del viernes en el escenario de un acontecimiento cultural e institucional de primera magnitud. Alejandro Dolina, el escritor, músico y pensador nacido en Morse, provincia de Buenos Aires, en 1944, recibió el doctorado Honoris Causa, la distinción honorífica de más alto rango que otorga la casa de estudios más prestigiosa de la Argentina. La ceremonia, celebrada ante un auditorio colmado por más de 700 personas entre estudiantes, docentes, autoridades universitarias, periodistas, amigos y familiares del homenajeado, coronó décadas de una trayectoria que trasciende cualquier clasificación disciplinaria convencional.
La iniciativa para el nombramiento fue presentada por dos de las cinco carreras que se dictan en esa unidad académica: la licenciatura en Ciencias de la Comunicación Social y la de Ciencias Políticas. La representación estuvo a cargo de sus respectivos directores, Larisa Kejval y Miguel De Luca. El proyecto atravesó todas las instancias formales del Consejo Superior de la UBA y fue aprobado por unanimidad, un dato que subraya la amplitud del consenso que genera la figura de Dolina en el ámbito universitario. El rector Ricardo Gelpi y el vicedecano de Sociales, Diego de Charras, fueron los encargados de entregar el diploma y la medalla que formalizan el reconocimiento.
La laudatio, ese discurso ceremonial que recorre los méritos del celebrado, estuvo a cargo de Larisa Kejval, quien construyó un texto que dialogaba con el propio universo doliniano. En su enumeración de méritos, la directora de la carrera de Comunicación describió a Dolina como «escritor, ensayista, observador, actor, conductor de radio, cómico, filósofo, orador, pensador y músico», y destacó que «casi no hay medio de comunicación de la actualidad por el que Dolina no haya pasado». Por su parte, el vicedecano Diego de Charras trazó un vínculo profundo entre la obra del homenajeado y la vida académica de la facultad: «La presencia de Alejandro atraviesa la formación de nuestros y nuestras estudiantes a lo largo de toda la historia de esta casa de estudios», afirmó, subrayando la relevancia de estudiar la cultura popular desde las aulas.
El momento central llegó cuando Dolina, visiblemente conmovido aunque fiel a su reconocida ironía, pronunció su discurso de agradecimiento ante un público que no dejó de aplaudir durante toda la velada. «Las alegrías después de cierta edad vienen acompañadas por una deliciosa melancolía y por una noble tristeza. No porque uno sienta los achaques, sino porque uno comprende mejor la naturaleza humana, siendo esta trágica», expresó el autor de «Crónicas del Ángel Gris», en una frase que condensó buena parte de su filosofía vital.
En una demostración de honestidad intelectual poco frecuente en este tipo de ceremonias, Dolina reconoció sentirse un «poco farsante, un poco impostor», porque no proviene del ámbito académico formal. Con su característico humor, rechazó la idea de que se pueda hablar de una «universidad de la calle» como espacio formativo adecuado. «No es un foro muy adecuado para formarse. Las cosas que se aprenden en la esquina no siempre son académicamente interesantes», advirtió, en una distinción precisa entre el valor del aprendizaje vital y las limitaciones de la formación meramente informal.
El discurso de Dolina incluyó una reivindicación explícita de la universidad pública como espacio de comunión y de encuentro. «La universidad pública es donde se recibe, pero también donde se da. Y donde se produce un momento de comunión, pese a que nuestra vida es creadora de soledad», señaló. En ese marco, evocó sus recuerdos como estudiante de Derecho y rindió homenaje a la figura del compañero: «El compañero es preferible al profesor muchas veces. El profesor está demasiado lejos. En cambio, los compañeros estaban cerca y ayudaban mejor a buscar el conocimiento y el sentido», sostuvo, recuperando la dimensión horizontal y colectiva del oficio de aprender.
La velada culminó con un diálogo entre Dolina y el psicoanalista Gabriel Rolón, otro exponente de la divulgación cultural argentina, en el que se abordaron los temas centrales de la obra del homenajeado. Según consignaron las crónicas de la jornada, la jornada cerró con una ovación de pie de todo el auditorio, una escena que sintetiza la relación particular que existe entre este intelectual autodidacta y el público argentino.
Esta distinción se inscribe en una serie de reconocimientos que la UBA ha otorgado en los últimos tiempos a figuras de la cultura popular argentina, entre los que se cuentan los doctorados Honoris Causa concedidos a Charly García y a Joaquín Sabina. Sin embargo, el caso de Dolina presenta particularidades que lo distinguen: su programa radial «La venganza será terrible», nacido en la década de 1980 y emitido ininterrumpidamente desde entonces durante más de cuatro décadas, ha construido un ritual nocturno que forma parte del patrimonio cultural sonoro argentino. La formación de generaciones enteras de oyentes se ha producido, en no pocos casos, a través de las reflexiones que Dolina comparte cada medianoche sobre el amor, la muerte, el honor, el tiempo y la amistad. La Facultad de Ciencias Sociales reconocía así un recorrido que, aunque ajeno a los títulos formales, ha contribuido de manera sustancial a la formación de la sensibilidad crítica de la sociedad argentina.
La ceremonia tuvo lugar en un contexto signado por los debates sobre el financiamiento de la educación pública argentina. La decisión de la UBA de honrar a una figura de la cultura popular masiva adquiere así una dimensión simbólica adicional: reafirma el papel de la universidad como institución que dialoga con la sociedad más allá de las fronteras estrictamente académicas. El reconocimiento a Dolina subraya la convicción de que el saber no se agota en los claustros, aunque encuentre en ellos su espacio de legitimación. La trayectoria del homenajeado —que estudió Derecho, música, letras e historia sin llegar a obtener títulos formales, según ha reconocido en diversas oportunidades— ilustra una modalidad alternativa de construcción de conocimiento que, sin embargo, encuentra ahora su validación institucional.
Al cierre de su intervención, Dolina agradeció con una frase que quedará en la memoria de los presentes y que condensa la esencia de su pensamiento: «La duda es la vida». Una sentencia que interpela tanto al universo académico como al sentido común dominante, y que recuerda que el conocimiento auténtico se alimenta de la inquietud permanente más que de las certezas consolidadas. El auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales fue testigo de un cruce inusual entre el mundo académico y la trayectoria de un pensador popular que ha sabido, desde la radio, la literatura y la música, construir un puente duradero entre la reflexión profunda y la sensibilidad de millones de argentinos.
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