Sobre un banco de madera, un paquete vacío y arrugado de cigarrillos Imparciales reposa en un cenicero de chapa. A su lado, una pila de señaladores ilustrados con bigotes gigantes similares a los que el escritor lucía con orgullo, y algunas páginas desparramadas como al azar. En una de ellas, escrita a máquina, puede leerse tras el título y un acápite el comienzo de ‘Los sorias’, la gran novela de Alberto Laiseca publicada en 1998. En otra, se reproducen sus anotaciones y tachaduras de puño y letra. Bautizada con un guiño inequívoco a la primera obra del autor, la instalación ‘Su turno Laiseca’ intenta representar el escritorio del maestro cordobés durante los años en que dictó talleres de escritura en el Centro Cultural Rojas, entre 1996 y 2014.
La muestra, que se exhibe en la Fotogalería del Rojas, ubicada en Avenida Corrientes 2038, podrá visitarse hasta el 28 de agosto. Formada por fotografías, documentos y una reconstrucción escenográfica del espacio de trabajo del autor, la exposición busca recuperar una dimensión poco explorada de una figura central de la literatura argentina contemporánea: la del maestro que formó a una generación de escritores que hoy ocupa un lugar destacado en el panorama editorial del país. Selva Almada, Leandro Ávalos Blacha, Alejandra Zina y Leo Oyola son apenas algunos de los nombres que pasaron por sus aulas.
El dato no es menor: en casi dos décadas de actividad en el Rojas, el espacio dependiente de la Universidad de Buenos Aires, se estima que alrededor de 1.200 alumnos participaron de sus talleres. La trayectoria de esos asistentes posteriores a su paso por las clases de Laiseca permite dimensionar el impacto docente del autor. Almada, nacida en Villa Elisa, Entre Ríos, en 1973, irrumpió en la escena literaria con ‘El viento que arrasa’ (2012) y se consolidó como una de las voces narrativas más reconocidas y traducidas del país. Oyola, por su parte, construyó una obra singular que combina el género negro con la literatura popular. Ambos reconocen la influencia formativa del taller del Rojas.
Laiseca nació el 11 de febrero de 1941 en Rosario, aunque su infancia y adolescencia transcurrieron en Camilo Aldao, una localidad del sudeste de la provincia de Córdoba, donde su padre ejercía como médico. A los tres años perdió a su madre, y su relación con el padre fue conflictiva, aunque fue este quien le estimuló la lectura, algo que el propio escritor reconoció que le salvó la vida. Tras abandonar la carrera de Ingeniería Química en Santa Fe, emprendió un periplo que incluyó trabajos como cosechador en viñedos de Mendoza y otras provincias, antes de instalarse definitivamente en Buenos Aires, donde trabajó como operario telefónico y corrector en el diario La Razón.
Su obra, publicada a lo largo de cinco décadas, incluye más de diecinueve volúmenes entre novelas, cuentos, poesía y ensayos. Entre ellos se destacan ‘Su turno para morir’ (1976), ‘Matando enanos a garrotazos’ (1982), ‘El jardín de las máquinas parlantes’ (1993) y, sobre todo, ‘Los sorias’ (1998), una novela monumental de 1.344 páginas que es considerada la más extensa de la literatura argentina y que el propio Ricardo Piglia prologó calificándola como la mejor novela escrita en el país desde ‘Los siete locos’. La obra permaneció dos décadas sin publicarse tras ser completada, víctima de una serie de intentos fallidos que incluyeron la quiebra de una editorial española con la que había firmado contrato.
El trabajo docente de Laiseca no fue, sin embargo, una actividad paralela menor. Dictó talleres durante más de treinta años, primero en el Rojas y luego también en su casa del barrio de Flores, y su método pedagógico era tan particular como su obra. Las consignas que proponía a sus alumnos eran, según quienes participaron de sus clases, deliberadamente delirantes: ‘Una persona es interrumpida constantemente por el teléfono’, ‘Relación de un sueño totalmente inventado’, ‘El monstruo que vivía debajo de la cama’ y ‘Mi vecinita ensaya una y otra vez el vals Sobre las olas’ son algunas de las que han quedado registradas. Consignas pensadas para sacar a los asistentes de los lugares habituales de la escritura, para sorprenderlos y desafiarlos.
Selva Almada, quien asistió al taller entre marzo y julio de 2000, recuerda que ‘lo conoció sin haberlo leído ni saber quién era’. Los talleres en el Rojas, según su testimonio, eran ‘muy numerosos y multitudinarios’ y se desarrollaban en aulas muy pequeñas. Tras las clases, que él brindaba por la tarde temprano, algunos alumnos se quedaban con él tomando una cerveza en el bar del Rojas. ‘Eran como era Lai: no muy diferente a como era en el aula. Era siempre él, solo que esa conversación en el bar era más íntima y se podía conversar más de cerca, conocerlo más’, describe la autora de ‘Una casa sola’.
La muestra también reproduce una hoja con membrete del Rojas con un fragmento del libro ‘Chanchín’ (Random House, 2025), escrito en forma colectiva por algunos de los discípulos de Laiseca, que recupera uno de sus dichos clásicos durante las clases: ‘Les doy una consigna y ustedes escriben en sus casas; la próxima clase leemos acá. Por favor les voy a pedir que no escriban cosas largas, con una página está bien, porque si no no vamos a llegar a leer todos… Si andan sin tiempo pueden escribir acá también’. La insistencia en la brevedad respondía a una necesidad práctica: eran muchos alumnos y el tiempo de cada clase no alcanzaba para que todos leyeran sus textos.
La figura de Laiseca trascendió, además, el circuito estrictamente literario. En los años noventa se hizo conocido ante el gran público por su participación en programas de televisión por cable, en particular ‘Cuentos de terror’, emitido por la señal I.Sat, donde narraba relatos de terror con performances que ganaron el premio Martín Fierro al Mejor Programa Cultural de Cable. También condujo el ciclo ‘Cine de terror’ en la señal Retro y participó en películas como ‘El artista’ (2008) y ‘Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo’ (2011). Su estética de narrador oral, su figura corpulenta, su voz grave y sus característicos bigotes lo convirtieron en una personalidad inconfundible de la cultura argentina.
Laiseca recibió la Beca Guggenheim de Narrativa en 1991 y el Premio Konex en 2004. Tras su fallecimiento, acontecido el 22 de diciembre de 2016 en Buenos Aires a los 75 años, su figura fue objeto de un reconocimiento creciente. En 2024 fue distinguido con el Konex de Platino Inolvidable, y en los años posteriores a su muerte se publicaron títulos póstumos como ‘Hybris. Camilo Aldao, La puerta del viento, Sindicalia’ (2023) y una reedición revisada y actualizada de sus ‘Cuentos completos’ (2024). El libro ‘Laiseca, el Maestro’, escrito por cinco de sus discípulos, contribuyó a consolidar la leyenda del autor que se ofreció para pelear en Vietnam y que convirtió su propia vida en material literario.
La muestra ‘Su turno Laiseca’, con curaduría de Raúl Manrupe y presentada como ‘Instantáneas de un escritor delirante’, se inscribe en ese proceso de revisión y reposicionamiento de la obra del autor. No obstante, su enfoque es específico: rescatar la dimensión pedagógica de una figura que, a través de sus talleres, operó como agente formador de una parte significativa de la narrativa argentina contemporánea. El hecho de que nombres como Almada u Oyola hayan reconocido públicamente su deuda con Laiseca como maestro otorga a la exposición una relevancia que trasciende el homenaje circunstancial. La reconstrucción de su escritorio en el Rojas, con el paquete de Imparciales sobre el cenicero y las páginas mecanografiadas, deviene así un documento material de un proceso de transmisión literaria que marcó a dos generaciones de escritores de la ciudad de Buenos Aires.
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