Existe una paradoja que atraviesa la historia del rugby argentino desde su origen: un deporte nacido en las elites inglesas del siglo XIX y encapsulado durante más de un siglo en un ideario amateur terminó, a fuerza de resultados deportivos y disputas internas, transformándose en un fenómeno de masas con 524 clubes distribuidos en todo el país y 110 mil jugadores fichados. Ese tránsito, que combina gloria deportiva, caídas institucionales y un renacimiento de escala internacional, es el eje de ADN Puma. Gloria, caída y renacimiento del rugby argentino en la era profesional, el nuevo libro del periodista Jorge Búsico publicado por Aguilar.
El autor abre con una definición precisa del objeto que investiga: “Un partido de rugby se puede asemejar a una partida de ajedrez como también puede contener piezas de ballet y combates de lucha grecorromana. Por eso es tan apasionante”. La frase anticipa el enfoque de una obra que no se limita a la crónica deportiva y que, según su propia estructura, se interna en terrenos menos explorados: las internas grupales, las disputas políticas al interior de la dirigencia, las relaciones con las potencias del Hemisferio Sur y el costado comercial que ganó terreno a medida que el deporte se difundía.
Para dimensionar el punto de partida, el libro recurre a una comparación cronológica. Mientras el fútbol organizó su primer Mundial en Uruguay en 1930, el básquet lo hizo en Argentina en 1950 y el vóley en Checoslovaquia en 1949, el rugby recién disputó el suyo en 1987. Las cuatro naciones fundadoras del deporte (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda) sostuvieron un principio de amateurismo que, con claroscuros, mantuvieron hasta 1995, a contracorriente de la mayoría de las demás disciplinas. Ese aislamiento intencional y la complejidad reglamentaria explican, en parte, por qué la bibliografía sobre rugby fue durante décadas escasa en comparación con otros deportes de masas.
El quiebre de ese modelo tiene una fecha precisa: el 26 de agosto de 1995, cuando los representantes de las naciones que integraban el International Rugby Football Board (hoy World Rugby) se reunieron en París para definir el futuro del deporte y oficializar el profesionalismo. La Unión Argentina de Rugby inició entonces un proceso de acople que, en rigor, tardó años en resolverse. A fines de ese mismo año la UAR se escindió y se creó la Unión de Rugby de Buenos Aires para nuclear a los principales clubes de la Capital y el conurbano. El modelo argentino, único en el mundo, mantuvo una estructura de clubes amateurs mientras intentaba resolver una ecuación intrínsecamente contradictoria: desarrollarse profesionalmente sin romper la base social que lo sostenía.
ADN Puma reconstruye ese arco de transformación a partir de episodios que se ubican entre mediados de los 90 y la actualidad. El libro identifica a los nombres propios que atravesaron el proceso (Pichot, Creevy, Matera, Contepomi, entre otros) y relata las tensiones internas y las disputas de poder que acompañaron cada etapa. En ese marco, la figura de Agustín Pichot ocupa un lugar central. Su carrera en los escritorios comenzó en 2009, tras una reforma estatutaria de la UAR que modificó su histórico carácter amateur, y fue determinante para la integración de Argentina al Rugby Championship a partir de 2012 y para la creación de la franquicia Jaguares en el Super Rugby desde 2016. La UAR pasó de integrar el torneo de las Tres Naciones a formar parte de la SANZAAR junto a Sudáfrica, Nueva Zelanda y Australia, con un presupuesto que saltó de 10 millones de dólares anuales a 25 millones para el quinquenio 2016-2020.
Ese salto económico no estuvo exento de consecuencias deportivas y políticas. A partir del ingreso al Super Rugby, la UAR dispuso que solo podrían ser convocados a Los Pumas los jugadores que actuaran en las franquicias del torneo o en clubes argentinos, lo que excluyó a los profesionales que se desempeñaban en Europa. La medida reorganizó el mapa del rugby nacional y generó debates sobre la relación entre la competencia local y la exportación de talentos.
El libro también dedica un espacio significativo a la “Pumamanía” desatada por el tercer puesto en el Mundial de Francia 2007, donde Argentina derrotó dos veces al seleccionado local y alcanzó un hito que reconfiguró la percepción pública del deporte. Ese resultado funcionó como bisagra: consolidó a Los Pumas como un equipo de primer nivel y multiplicó el interés comercial y televisivo. La influencia de la señal ESPN y los vínculos económicos entre algunas figuras del seleccionado y distintas empresas son analizados por Búsico como parte del entramado que sostiene el crecimiento del rugby local, todavía reacio a abrirse del todo.
La expansión territorial es otro de los ejes que el autor documenta. La existencia de clubes en geografías tan dispares como Defensores de Glew, Nevado de Chilecito en La Rioja y Bigornia en Rawson, Chubut, grafica un fenómeno que trasciende los centros tradicionales. Las cifras oficiales acompañan esa tendencia: según datos de la UAR, la cantidad de jugadores en todas las divisiones aumentó un 80% en los últimos diez años, y el rugby infantil reúne a cerca de 60 mil chicos contemplando las ramas masculina y femenina. Las jugadoras competitivas pasaron de 3.841 en 2018 a una proyección superior a las 5.900 para 2020, en un deporte que durante décadas fue percibido como exclusivamente masculino.
El contexto editorial refuerza la relevancia de la obra. El libro se suma a un conjunto de publicaciones recientes que funcionan como indicadores del crecimiento del rugby por fuera de sus confines originales y de su capacidad para generar polémica. La obra se inscribe en la trayectoria de Búsico, autor de títulos de referencia como Ser Puma (2003 y su versión ampliada de 2012), Deporte Nacional (2010) y El Rugido (2015), y periodista que cubrió como enviado especial los últimos siete mundiales de rugby.
Las implicancias del proceso que describe ADN Puma exceden lo estrictamente deportivo. La profesionalización transformó la estructura de incentivos del rugby argentino, modificó las reglas de elegibilidad de Los Pumas, alteró el equilibrio de poder entre los clubes amateurs y la dirigencia central, y colocó al deporte en una órbita comercial de la que antes estaba excluido. Al mismo tiempo, la tensión entre el modelo de clubes y la lógica profesional sigue sin resolverse del todo, y el libro identifica en esa fricción una de las claves para entender tanto los logros como las crisis del rugby local.
En términos de proyección internacional, la consolidación de Los Pumas incluyó victorias históricas frente a Nueva Zelanda en 2020 y 2022, además de otras dos semifinales mundialistas tras el bronce de 2007. Ese recorrido convirtió al seleccionado argentino en un actor estable del rugby de elite, con presencia sostenida en el Rugby Championship y una estructura de franquicias que le dio continuidad competitiva a sus jugadores.
La conclusión que emerge de la investigación es estrictamente factual: el rugby argentino pasó en tres décadas de un amateurismo defendido como principio identitario a un profesionalismo imperfecto pero irreversible, sostenido por 524 clubes, 110 mil jugadores y una selección que dejó de ser una épica romántica para convertirse en protagonista permanente del rugby mundial. Las disputas dirigenciales, los vínculos comerciales y las decisiones estratégicas que hicieron posible esa transformación son el objeto de un libro que busca documentarlas sin perder de vista el juego que, según su autor, puede parecerse a la vez a un partido de ajedrez, a una pieza de ballet y a un combate de lucha grecorromana.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
