Cultura

Adiós a Carlos Alonso (1929-2026): el pincel que convirtió la memoria argentina en una trinchera contra el olvido

La noticia llegó desde los cerros de Córdoba con la sequedad de un comunicado familiar difundido en redes sociales: Humberto Carlos Alonso había muerto el 21 de septiembre de 2026, a los 97 años, en su casa de Unquillo, sin precisiones sobre las causas del deceso. La confirmación oficial cerró un ciclo que, sin embargo, llevaba décadas escribiéndose sobre lienzos, grabados y papeles. Atrás quedaba una trayectoria de casi ocho décadas de producción ininterrumpida, iniciada en la chacra mendocina de sus abuelos y coronada como una de las obras plásticas más influyentes del arte argentino contemporáneo.

Alonso no fue únicamente un pintor. Fue, según coinciden medios como Clarín, Infobae y La Nación, el cronista visual de las pasiones, la belleza y las tragedias más hondas del país. Su trazo expresionista —en el que convivían la gracia técnica del Renacimiento y la crudeza del siglo XX— operó como una superficie donde el dolor humano adquirió la densidad de la memoria colectiva. Esa condición doble, artista y testigo, lo convirtió en una figura difícil de encasillar en las categorías habituales de la historia del arte.

El origen de esa potencia estética puede rastrearse en su formación. Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, Alonso vivió allí hasta los siete años, cuando su familia se trasladó a la ciudad de Mendoza. A los catorce ingresó en la Academia Nacional de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde recibió clases de dibujo y grabado con Sergio Sergi, escultura con Lorenzo Domínguez y pintura con Francisco Bernareggi y Ramón Gómez Cornet. Luego estudiaría con Lino Enea Spilimbergo, Pompeyo Audivert, Víctor Rebuffo y Lajos Szalay. En ese cruce de maestros se gestó su ductilidad técnica y, sobre todo, su concepción del dibujo como columna vertebral de la pintura.

La influencia de Spilimbergo resultaría descollante. No solo le transmitió rigurosidad geométrica, sino también un compromiso social irrenunciable frente a la realidad política del país. Ese mandato ético lo acompañaría de por vida. Tras ganar el primer premio del Salón de Pintura de San Rafael en 1951 —año en que también obtuvo distinciones en los salones del Norte de Santiago del Estero y Tucumán—, Alonso se trasladó al Norte argentino siguiendo los pasos del maestro. En ese paisaje convulso, su línea comenzó a distorsionarse hacia un expresionismo cargado de crítica social, alejado del paisajismo decorativo para indagar en la explotación del trabajador rural, la pobreza y la fragilidad del ser humano.

En 1953 expuso en la Galería Viau de Buenos Aires y viajó a Europa, con muestras en París y Madrid. Pero el salto internacional decisivo llegó en 1957, cuando ganó el concurso convocado por la editorial Emecé para ilustrar la segunda parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. El encargo lo llevó a instalarse en Londres para trabajar en los dibujos. Su interpretación de la novela de Cervantes —cuya primera parte había ilustrado Salvador Dalí— no fue una mera descripción visual: sus imágenes funcionaron como un contrapunto gráfico donde el idealismo y la locura cervantina dialogaban directamente con las angustias contemporáneas. El impacto fue tal que en 1963 las postales con sus ilustraciones del Quijote se editaron en la Unión Soviética.

Si un rasgo define su producción entre los años cincuenta y setenta es su capacidad para transpolar la literatura clásica al lienzo político argentino. Tras el Quijote, abordó El Matadero de Esteban Echeverría, donde la violencia germinal del matadero decimonónico se proyectó como profecía sobre los cuerpos martirizados de la sociedad moderna. Le siguieron trabajos monumentales sobre La Divina Comedia de Dante Alighieri —que lo llevó a instalarse en Florencia en 1969 para crear la serie Carlos Alonso en el Infierno—, el Martín Fierro de José Hernández en 1959 y El juguete rabioso de Roberto Arlt. También ilustró poemas de Pablo Neruda, el Romancero criollo y La lección de anatomía, esta última inspirada en Rembrandt y vinculada a la ejecución del Che Guevara.

A mediados de los sesenta, Alonso incorporó la simbiosis entre vaca y hombre y la violencia ejercida sobre el cuerpo, una obsesión que atravesaría su obra. En 1972, tras una exposición en la Galería Giulia de Roma, retomó la línea de la carne, que alcanzó su punto final en abril de 1976 con El ganado y lo perdido, presentada en la Art Gallery International un mes después del golpe de Estado.

La llegada del Terrorismo de Estado golpeó de lleno su vida. Ese año debió exiliarse junto a su esposa e hijo, primero en Roma y luego en España. En junio de 1977, su hija Paloma, de 21 años, fue secuestrada y desaparecida en Buenos Aires. La ausencia de su hija modificó profundamente su producción artística. Alonso describió ese episodio como uno de los momentos más trágicos de su vida y explicó que llevó el dolor a la pintura para preservar su memoria. Pasó seis años sin pintar hasta que pudo retomar la actividad.

De ese dolor surgió su serie más emblemática: Manos Anónimas, iniciada con la instalación Imagen del hombre actual, pensada para el Museo Nacional de Bellas Artes en 1976 pero censurada tras el golpe. La pieza quedó abandonada en su taller hasta deteriorarse, y solo gracias al registro fotográfico fue recreada para la retrospectiva Pintura y Memoria de 2019. La serie creció hasta superar las treinta obras y dibujos, y hoy se conserva y exhibe en el Museo Evita Palacio Ferreyra de Córdoba.

La censura no fue un episodio aislado. En el Palais de Glace, durante la muestra Panorama de las artes visuales II organizada por la Fundación Lorenzutti, le fueron censuradas las obras relacionadas con La lección de anatomía. Varios artistas se retiraron en solidaridad y, después, Alonso realizó la obra La censura como respuesta a ese momento.

Alonso regresó al país en 1980 y se instaló en Unquillo, Córdoba, atraído por la luz del sol sobre los cerros. Allí vivió hasta su muerte, en un predio lindante a la Casa Museo dedicada a Spilimbergo. Recibió el Premio Konex de Platino en 1982 y 1992. En 2018 presentó Vida de pintor en la Colección Fortabat, un homenaje a sus maestros y amigos, y en 2019 el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó la retrospectiva Carlos Alonso. Pintura y tradición, casi treinta años después de su última revisión completa. En 2024 inauguró El retrato en el Museo de Arte Contemporáneo Unquillo (MACU), con unas ochenta obras elegidas por él mismo, y en 2025 tuvo lugar allí su última muestra, dedicada al paisaje.

En los últimos años se consolidaron espacios para atesorar su legado: en Mendoza, la Mansión Stoppel reabrió restaurada tras cuatro décadas de abandono para convertirse en el Museo Carlos Alonso. Su obra integra las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno, el Museo de Arte Tigre, el Centro Cultural Haroldo Conti, el Palacio Ferreyra y el Museo Juan R. Vidal de Corrientes. Pese a esa presencia institucional, nunca fue un pintor de mercado: su producción, directa y visceral, no fue la preferida de los coleccionistas durante buena parte de su carrera.

Para su último cumpleaños publicó un poema que funcionó como testamento: «El tiempo no pasa en vano. Deja marcas, surcos, canas», escribió. «Aprendí a mirar más hondo. A mantenerme firme. A seguir trabajando». Semanas antes había dejado una definición que resume su poética: «Sigo creyendo en el arte y, sobre todo, en su memoria insobornable, no sentimental pero que es capaz de fijar las heridas que la realidad deja en nosotros». Con su partida, tras las muertes de Julio Le Parc y Juan Carlos Distéfano, el arte argentino pierde al último gran maestro del siglo XX.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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