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García Cuerva advierte que la intolerancia ‘está infectando el corazón del pueblo’ tras la multitudinaria peregrinación a Luján

La tradicional peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Luján, que este año desafió intensas lluvias y convocó a una multitud de fieles, culminó este domingo con una homilía de fuerte contenido social y político por parte del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva. En la misa celebrada a las 7 de la mañana, cuando aún arribaban caminantes al santuario bonaerense, el prelado advirtió que las heridas de la descalificación, la intolerancia y la violencia «supuran y están infectando el corazón del pueblo».

El mensaje, pronunciado a poco más de un mes de la visita del papa León XIV a la Argentina, constituye una señal inequívoca de la preocupación de la Iglesia católica por el clima de confrontación que atraviesa el país. García Cuerva, quien previamente había anticipado que el pontífice se encontraría con «una Argentina dividida y una gran cantidad de hermanos muy pobres», utilizó la instancia litúrgica para trazar un diagnóstico de la situación social y para formular un llamado a la fraternidad y a la reconciliación.

La peregrinación a Luján, que se realiza anualmente durante la primera semana de octubre, es uno de los eventos religiosos más convocantes de América Latina. Según estimaciones de la organización, más de un millón de personas participaron de la edición 2026, muchas de ellas caminando desde distintos puntos del conurbano bonaerense y de la Ciudad de Buenos Aires bajo una lluvia persistente. La imagen de miles de fieles con paraguas y ropas empapadas, avanzando hacia la basílica, se convirtió en un símbolo de la resiliencia de la fe popular. Sin embargo, el arzobispo aprovechó ese contexto para instalar un mensaje que trasciende lo religioso y se adentra en el terreno de lo cívico.

«Nuestra Patria tiene muchos abrazos pendientes: abrazos de perdón ante tanta descalificación e insulto; abrazos solidarios ante tanta indiferencia; abrazos de encuentro ante tanto extravío; abrazos profundos, no protocolares; necesitamos abrazos del alma», expresó García Cuerva. Y añadió: «Así como nos curamos las ampollas, queremos, Madre, curar los vínculos entre nosotros. Las heridas de la descalificación, de la intolerancia, de la violencia física y verbal supuran y parece que se está infectando el corazón del pueblo».

La metáfora médica utilizada por el arzobispo no es casual. En los últimos años, la sociedad argentina ha asistido a un incremento sostenido de la polarización política y de los discursos de odio, tanto en el ámbito legislativo como en las redes sociales. Diversos estudios de opinión pública han registrado un aumento de la percepción de hostilidad en el debate público, así como un deterioro de la confianza interpersonal. En ese marco, la advertencia de que las heridas «supuran» y «están infectando» el cuerpo social adquiere una dimensión de urgencia.

El arzobispo también se refirió a la necesidad de superar el individualismo y los discursos excluyentes. Sostuvo que la peregrinación no tiene «grietas ideológicas ni exclusiones» y que el camino a Luján «nos niveló a todos», ya que todos los caminantes se cansaron y gastaron sus zapatillas por igual, más allá de sus orígenes o ideas. «Es tiempo de unirnos. Si la Virgen de Luján nos abraza a todos, es imposible mirar al otro con desprecio porque el otro es mi hermano», afirmó.

En esa línea, convocó a los fieles a convertirse en «artesanos de la fraternidad» y a llevar «el abrazo de María» a los sectores más postergados: «a los que no dan más, a los abuelos, a los que piensan distinto, a las personas con discapacidad y a sus familias, a los que no tienen trabajo, a los que están durmiendo en la calle, a los adolescentes y jóvenes atravesados por la droga, en definitiva, a todos».

La homilía incluyó además una cita del papa León XIV, quien en su reciente viaje a África había afirmado que «una madre ama a sus hijos aunque sean diferentes entre sí, a todos del mismo modo y con todo el corazón». García Cuerva retomó esas palabras para hacer foco en tres áreas críticas: la salud, la educación y los jubilados. «El Papa continúa diciendo que ‘para que quien pasa hambre tenga qué comer, para que todos los enfermos reciban los cuidados necesarios, para que a los niños se les garantice una educación adecuada, para que los ancianos vivan serenamente los años de su madurez’. Una madre, dice el Papa, piensa en todas estas cosas; María piensa en todas estas cosas y nos invita también a nosotros a compartir su solicitud», señaló.

El contexto económico y social de Argentina en 2026 es particularmente complejo. El país arrastra una crisis prolongada que ha dejado secuelas profundas en los indicadores de pobreza, empleo y acceso a servicios básicos. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la pobreza afecta a más del 40% de la población, con una incidencia aún mayor en niños y adolescentes. El sistema de salud pública enfrenta restricciones presupuestarias que se traducen en falta de insumos y demoras en la atención. La educación pública, históricamente un pilar de movilidad social, registra altos niveles de deserción y deterioro edilicio. Los jubilados, por su parte, han visto licuarse sus haberes frente a una inflación persistente, lo que ha derivado en protestas y reclamos constantes.

En este escenario, la Iglesia católica ha asumido un rol de intermediación y denuncia. La conferencia episcopal argentina ha emitido en los últimos meses diversos documentos en los que advierte sobre el aumento de la conflictividad social y la necesidad de diálogo. La figura de García Cuerva, conocido por su estilo directo y su cercanía con los barrios populares, se ha convertido en una voz crítica dentro del espectro público. Su prédica no se limita a lo espiritual, sino que abarca lo político y lo económico, aunque siempre desde una perspectiva pastoral.

La próxima visita del papa León XIV, prevista para noviembre de 2026, añade una carga simbólica adicional a las palabras del arzobispo. Será la primera vez que un pontífice visite Argentina desde 1987, y las expectativas son enormes. Se espera que el Papa se reúna con organizaciones sociales, con víctimas de la violencia institucional y con representantes de los distintos sectores políticos. En ese marco, el mensaje de García Cuerva puede interpretarse como una preparación del terreno para lo que será una visita pastoral de alto impacto mediático y político.

Las implicancias de la homilía trascienden el ámbito religioso. En un país donde la religión católica tiene una presencia cultural significativa, aunque no mayoritaria en términos de práctica, las palabras del arzobispo de Buenos Aires suelen tener resonancia en la opinión pública. Distintos analistas políticos han señalado que el discurso de García Cuerva apunta a descomprimir la polarización y a ofrecer un marco ético para el debate público. Su llamado a la fraternidad y a la cura de los vínculos sociales resuena en un momento en que la sociedad argentina parece cada vez más fragmentada.

Sin embargo, no todos los sectores reciben estos mensajes de la misma manera. Algunos críticos sostienen que la Iglesia debería concentrarse en su misión evangelizadora y no inmiscuirse en asuntos políticos. Otros, en cambio, valoran su rol como actor de la sociedad civil y su capacidad para visibilizar problemáticas que aquejan a los más vulnerables. Lo cierto es que la homilía de García Cuerva se inscribe en una tradición de pronunciamientos eclesiales que, a lo largo de la historia argentina, han buscado incidir en los grandes debates nacionales.

La peregrinación a Luján, con su carga de sacrificio y devoción popular, proporcionó el marco adecuado para un mensaje que apeló a la unidad y a la solidaridad. Los fieles que llegaron empapados y con los pies lastimados escucharon las palabras del arzobispo como una exhortación a no claudicar en la construcción de una sociedad más justa. En ese sentido, la homilía no solo fue un diagnóstico, sino también una convocatoria a la acción: ser «artesanos de la fraternidad» implica un compromiso cotidiano con el otro, especialmente con los más necesitados.

El cierre de la misa, con la bendición final, dio paso a un domingo gris en Luján. Los peregrinos emprendieron el regreso a sus hogares, muchos de ellos con la sensación de haber participado de un acontecimiento que los trascendió. Las palabras de García Cuerva quedarán flotando en el aire, como una advertencia y una esperanza. A poco más de un mes de la llegada del papa León XIV, la Iglesia argentina parece dispuesta a jugar un papel activo en la búsqueda de una convivencia más pacífica y solidaria. El tiempo dirá si ese llamado encuentra eco en una sociedad que, como el propio arzobispo reconoció, tiene muchas heridas por sanar.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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