Existe un punto ciego en la memoria oficial de México. La Revolución Mexicana, ese proceso armado que se extendió entre 1910 y 1917 y que reconfiguró las estructuras políticas, económicas y sociales del país, ha sido narrada durante más de un siglo desde una perspectiva predominantemente masculina. Los nombres de Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, Francisco Villa y Venustiano Carranza ocupan los manuales escolares, los monumentos y los discursos cívicos. Sin embargo, lo que ocurría en el espacio doméstico, en la intimidad de los hogares atravesados por la guerra, en las decisiones cotidianas de las mujeres que sostuvieron la retaguardia, permaneció durante décadas en una zona de penumbra. La novela Mal de amores, publicada por Ángeles Mastretta en 1996, y su reciente adaptación como serie de siete episodios para Netflix, dirigida por Catalina Aguilar Mastretta, vuelven a poner el foco sobre esas ausencias.
La trama, ambientada desde los últimos años del Porfiriato hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, sigue la vida de Emilia Sauri, una mujer nacida en el seno de una familia liberal que le permite perseguir una vocación históricamente vedada para su género: la medicina. Emilia se debate entre dos amores, el revolucionario Daniel Cuenca y el médico Antonio Zavalza, mientras intenta sostener su autonomía en una sociedad que reservaba para las mujeres un rol subordinado. La serie, protagonizada por Renata Vaca junto a Juan Pablo Fuentes e Iván Amozurrutia, se estrenó en septiembre de 2026 y contó con Ángeles Mastretta como productora ejecutiva.
Los datos históricos permiten dimensionar la magnitud del desafío que representaba el personaje de Emilia. Durante el periodo revolucionario, el acceso de las mujeres a la educación superior era marginal. Según investigaciones del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), hacia 1910 la población del país ascendía a aproximadamente 15 millones de habitantes y el 80 por ciento era analfabeta. En carreras como Medicina, Odontología y Música, apenas el 9 por ciento de los estudiantes eran mujeres, mientras que en Jurisprudencia, Ingeniería y Contaduría la presencia femenina rondaba el 4 por ciento. La ideología positivista pesaba sobre las aspiraciones femeninas y, aun cuando algunas mujeres lograban obtener un título profesional, la confianza en su capacidad técnica era limitada, como denunciaron en su momento la primera médica mexicana, Matilde P. de Montoya, y la primera abogada, María Sandoval.
La Constitución de 1917, considerada el gran legado jurídico de la Revolución, no reconoció los derechos electorales de las mujeres. La petición formal del sufragio femenino, elevada por Hermila Galindo ante el Constituyente de ese año, no prosperó. Tuvieron que pasar décadas para que algunas entidades federativas legislaran de manera pionera: San Luis Potosí en 1923, Tabasco y Chiapas en 1925. El reconocimiento federal del voto femenino llegaría recién en 1953. Estos datos, contrastados con la ficción de Mastretta, explican por qué la autora define la furia de su protagonista como un motor creativo y político.
La dimensión de género no es un añadido interpretativo, sino un eje verificable en la obra de Mastretta. La propia escritora, nacida en Puebla en 1946 (algunas fuentes consignan 1949), estudió periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y comenzó su carrera en publicaciones como la revista Siete y el diario Ovaciones. Su primera novela, Arráncame la vida (1988), ya había explorado la vida de una mujer casada con un político posrevolucionario. Mal de amores representó una consagración internacional: en 1997 obtuvo el Premio Internacional de Literatura Rómulo Gallegos, convirtiéndose en la primera mujer en recibir ese galardón. La crítica académica, como la recogida por Cambridge University Press en el análisis de la obra, sitúa la novela dentro de la tradición de la Nueva Novela Histórica, en la línea de autoras como Nellie Campobello, Elena Garro, Rosario Castellanos y Elena Poniatowska, que utilizaron el periodo revolucionario para reescribir la historia desde una perspectiva feminista.
La adaptación televisiva introduce una variable poco frecuente en la industria: la continuidad familiar del proyecto. Catalina Aguilar Mastretta, hija de la escritora y también realizadora, dirigió y coescribió la serie junto a Humberto Hinojosa. La directora declaró que compartió con Emilia el privilegio de crecer en un entorno que no consideraba extrañas sus ambiciones profesionales, un factor que ella identifica como el verdadero privilegio. Ángeles Mastretta, por su parte, sostuvo que la furia de su protagonista sigue vigente y que la intención de la obra permanece intacta pese al paso del tiempo.
El contexto industrial también resulta relevante. La producción se inscribe en una tendencia de plataformas globales por financiar adaptaciones literarias latinoamericanas, lo que amplía el alcance de obras que originalmente circularon en circuitos reducidos. La serie fue estrenada el 2 de septiembre de 2026 en Netflix e integra un elenco que incluye a Humberto Zurita, Miguel Rodarte, Diana Bovio, Cassandra Ciangherotti, Juan Pablo Medina y Sofía Carrera.
Las implicancias de esta revisión histórica trascienden lo literario. La enseñanza escolar de la Revolución Mexicana ha tendido a centrarse en fechas, batallas y figuras masculinas, dejando fuera las dimensiones sociales y de género. La novela y su adaptación actúan como un contrapeso que repone preguntas sobre la vida íntima de un periodo fundacional: cómo se soñaba, qué se resignaba, quiénes quedaban fuera del relato oficial. Que una plataforma de alcance global distribuya esta historia supone, además, una ampliación del público que accede a una interpretación más compleja del pasado mexicano.
El fenómeno también dialoga con debates contemporáneos sobre la autonomía femenina. La decisión de Emilia de estudiar medicina, vivir sola o elegir su vida afectiva encuentra eco en demandas actuales sobre educación, trabajo y libertad sexual, temas que la propia Renata Vaca subrayó al comparar las condiciones de su personaje con las propias. La serie no plantea una lectura idealizada del pasado ni una equivalencia mecánica con el presente, pero sí habilita una comparación documentada entre las restricciones jurídicas y culturales de principios del siglo XX y las conquistas legales alcanzadas en décadas posteriores.
En síntesis, Mal de amores funciona en dos planos verificables. Como novela, consolidó a Ángeles Mastretta como una de las autoras centrales de la literatura mexicana contemporánea y obtuvo reconocimiento internacional en 1997. Como serie, reactiva el debate sobre el lugar de las mujeres en la Revolución Mexicana mediante datos históricos concretos: la exclusión educativa, la negación del sufragio hasta mediados de siglo y la persistencia de estructuras machistas. La obra no sustituye el análisis historiográfico, pero contribuye a visibilizar un segmento de la población que sostuvo el proceso revolucionario desde posiciones relegadas por el relato oficial.
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