Siempre hay un cristal muy grueso entre la realidad y tu mirada. La frase, tomada por Ian McEwan de la biografía que Richard Holmes escribió sobre Robert Louis Stevenson, funciona como brújula de Lo que podemos saber (Anagrama), su nueva y decimonovena novela. No es un detalle menor: el autor de Ámsterdam, ganador del Premio Booker en 1998, eligió esa imagen para describir la distancia que separa a los seres humanos de aquello que creen conocer. La elección de esa sentencia también sirvió como eje para una rueda de prensa por Zoom con periodistas hispanohablantes, realizada frente a una biblioteca blanca y ventanales que dejaban filtrar verdes y cantos de pájaros.
El dato biográfico ordena el análisis. Nacido en Aldershot, Reino Unido, en 1948, McEwan forma parte de una generación de novelistas británicos en la que también figuran Martin Amis y Julian Barnes, y que redefinió la narrativa inglesa desde mediados de los años setenta. Su obra, sin embargo, no se detuvo en esa tradición: en 2019 publicó Máquinas como yo, una distopía sobre androides capaces de amar que ya anticipaba su preocupación por la inteligencia artificial. La novela que ahora presenta retoma ese hilo, pero lo desplaza hacia un escenario todavía más amplio: el año 2119.
DESARROLLO: UN FUTURO QUE RECUERDA SIN COMPRENDER
La trama de Lo que podemos saber ocurre en un Reino Unido convertido en archipiélago tras catástrofes climáticas y un accidente nuclear. En ese mundo, Nigeria se ha transformado en la nueva superpotencia mundial, mientras Estados Unidos languidece como una geografía infernal dominada por señores de la guerra. El profesor Thomas Metcalfe dedica su vida a reconstruir un enigma del pasado: Una corona para Vivien, un poema de quince sonetos que el poeta ficticio Francis Blundy leyó una sola vez en 2014, durante la llamada Segunda Cena Inmortal, antes de que el texto desapareciera para siempre.
La precisión del dispositivo narrativo importa. La novela se apoya en un guiño literario verificable: la primera Cena Inmortal, celebrada en 1817 en la casa londinense del pintor Benjamin Haydon, reunió a John Keats, William Wordsworth y al erudito Charles Lamb. La segunda, inventada por McEwan, habría ocurrido en octubre de 2014 en la casa de campo de los Blundy, con amigos, familiares y colegas convocados para el cumpleaños de Vivien y para la primera lectura pública de un poema mayor escrito a lo largo de meses. La forma elegida —una corona de quince sonetos donde el último verso de cada uno se repite en el primero del siguiente— no es un capricho técnico. Remite a una tradición formal exigente, como la que John Donne practicó con siete sonetos, y sirve para medir la ambición del autor ficticio.
El problema que enfrenta Metcalfe es doble. Por un lado, los borradores del poema fueron destruidos por Blundy y solo existió una copia, entregada a su esposa. Por otro, la civilización de 2119 dispone de correos electrónicos, mensajes de WhatsApp y todo tipo de registros digitales del pasado, pero carece de la capacidad técnica y de los materiales necesarios para reconstruir aparatos complejos. La paradoja es explícita: hay una acumulación inédita de datos y una comprensión menguante de lo que esos datos significan.
COMPARACIÓN DE PERSPECTIVAS: PESIMISMO, IA Y PODER CORPORATIVO
La lectura crítica del libro, difundida por medios como El País y The New York Times, lo describe como un entretenimiento sofisticado que mezcla metaliteratura y thriller, con un punto de frialdad característico del autor. Pero el valor periodístico de la presentación no está solo en la ficción, sino en el diagnóstico que McEwan hace de su propio presente. «Hoy existe la sensación generalizada de que el futuro será peor que el presente», dijo. Y agregó: «Lo escucho en conversaciones cotidianas, en el autobús, en el tren: la mayoría de la gente cree que sus hijos y sus nietos no vivirán tan bien como ellos vivieron».
Ese pesimismo, precisó, no es un estado de ánimo aislado, sino la suma de amenazas que se retroalimentan: el cambio climático, el rearme de las potencias, la posibilidad de una guerra nuclear y, sobre todo, una inteligencia artificial que, según su diagnóstico, ya habría cruzado un punto de no retorno. «Hay programas generativos que se están automejorando y que se alejan de nuestro control», advirtió. La razón por la que nadie los frena no sería técnica sino económica: «limitar la IA podría desatar una crisis financiera global sin precedentes dado el volumen de dinero ya invertido en centros de datos».
La afirmación encuentra respaldo documental. El Informe Internacional sobre la Seguridad de la IA de 2026 señala que las empresas del sector han anunciado inversiones sin precedentes superiores a los 100.000 millones de dólares en el desarrollo de centros de datos, y advierte sobre el riesgo de pérdida de control cuando los sistemas interactúan con infraestructuras críticas, como las redes energéticas y los sistemas financieros. La coincidencia entre el diagnóstico del novelista y los datos técnicos configura un cruce de fuentes difícil de ignorar.
Sobre el rol de la política, McEwan fue directo: «Lamento la falta de voluntad regulatoria». Tras ironizar sobre el axioma según el cual «América inventa y Europa regula», comparó el poder de los magnates tecnológicos actuales con la Compañía de las Indias Orientales, «una corporación privada que terminó actuando como un Estado dentro del Estado y que tardó cincuenta años en convertirse en la punta de lanza del imperio británico». La analogía histórica es precisa: la Compañía operó con atribuciones militares, fiscales y administrativas que en la práctica la equiparaban a una potencia soberana. El paralelo sugiere que las actuales corporaciones tecnológicas concentran capacidades equivalentes sin contrapesos equivalentes.
IMPLICANCIAS: MEMORIA HISTÓRICA, SOLEDAD Y EDUCACIÓN
Las consecuencias del planteo exceden la ficción. McEwan vinculó la pérdida de memoria colectiva con el Alzhéimer: primero desaparecen los nombres, después los verbos y, con ellos, una parte de la identidad. Sostuvo que una sociedad que olvida el pasado corre un riesgo semejante, y alertó sobre la retirada de la historia como asignatura obligatoria en Gran Bretaña, una medida que, a su juicio, puede propiciar nuevos errores. La observación conecta con su propia autocrítica: recordó que en su juventud consideraba a la generación de sus padres como «aburrida» por su deseo de seguridad, hasta que comprendió que habían combatido en la Segunda Guerra Mundial. Dijo sentir vergüenza por aquella percepción.
En el plano cultural, McEwan abordó el efecto de la tecnología sobre la vida interior. «La privacidad está amenazada y, más importante, el arte de la soledad y el gusto por la soledad», afirmó. «Pensamos que podemos vivir libremente, pero hay menos silencio, menos privacidad, menos capacidad de dejar simplemente tu mente imaginar, navegar». El ejemplo que ofreció es cotidiano y verificable: tras dos horas de vuelo, al esperar el equipaje, todo el mundo mira su teléfono, mientras que en el pasado ese intervalo habría estado ocupado por la ensoñación. Para McEwan, los investigadores del futuro tendrán material abundante, pero también falta de profundidad.
Sobre el porvenir de la novela, su posición es moderada. Recordó que cuando empezó a escribir, en 1970, las revistas presagiaban su muerte, y sostuvo que no ha podido morir porque sigue siendo el mejor medio para examinar la vida y la mente de cualquiera. Su proyección es la de un género de nicho: «igual y volvemos a la época en la que escritores como Dickens, Tolstói, Flaubert o Cervantes representaban a un país a partir de la ficción. La novela seguirá siendo la persecución apasionada de una minoría».
CONCLUSIÓN INFORMATIVA
Lo que podemos saber se publicó originalmente en inglés en septiembre de 2025 bajo el sello Penguin Random House, y llega al mercado en español durante 2026 de la mano de Anagrama, con traducción de Eduardo Iriarte Goñi en la edición castellana y de Ariadna Pous Solà en la catalana. La novela se inscribe en un cruce verificable: un futuro postapocalíptico que mira al presente, una IA que se automejora y un pesimismo colectivo que, según su autor, opera como pegamento metafísico. McEwan no ofrece pronósticos: «Esta novela no es una predicción. Difícilmente sabemos lo que va a pasar mañana». Lo que deja sobre la mesa es una advertencia documentada y una invitación concreta: celebrar el arte, la vida y la idea de que todavía estamos a tiempo.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
