Cultura

De Bioy a Silvina Ocampo y Yourcenar: cinco miradas sobre Jorge Luis Borges

La figura de Jorge Luis Borges, fallecido en Ginebra en 1986, continúa siendo un territorio de disputa interpretativa. Lejos de consolidarse como un monumento monolítico, su obra y su biografía siguen generando capas de lectura que se superponen, se contradicen y se complementan. En ese marco, la editorial Gris Tormenta incorpora a su catálogo ‘Cinco miradas sobre Borges’, un volumen compilado por Alberto Manguel que reúne textos de Adolfo Bioy Casares, Carlos Fuentes, Silvina Ocampo, Marguerite Yourcenar y Muhammad Zafzaf. La propuesta editorial se inscribe en la colección Miradas, una serie en la que un escritor selecciona los cinco textos que, según su criterio, mejor representan un concepto literario determinado. La inclusión de Borges en este catálogo responde a un criterio amplio: el autor de ‘El Aleph’ fue, él mismo, un constructor de series heterogéneas, un enumerador de términos dispares y un lector que encontraba afinidades donde otros veían fracturas.

El volumen, según se desprende de la presentación firmada por Manguel, no pretende ofrecer una biografía exhaustiva ni un análisis académico sistemático. Se trata, más bien, de una constelación de aproximaciones que, a pesar de su diversidad formal, convergen en un punto nodal: la incidencia de la ceguera en la vida y en la literatura de Borges. Silvina Ocampo lo formula con una sentencia que funciona como bisagra del libro: ‘Perder la vista ha dado a Borges más sagacidad para ver’. Esa paradoja, la de una agudeza que se intensifica con la pérdida, atraviesa los cinco textos y los conecta con una tradición literaria que va de Homero a Joyce, pasando por Milton y Góngora.

Manguel, que fue lector de Borges en su juventud y que ha dedicado buena parte de su obra a explorar la relación entre lectura y memoria, destaca en su presentación el lugar de la biblioteca como representación del universo. No se trata de una metáfora accesoria: la biblioteca, en Borges, es una noción central que organiza su cosmología. El escritor argentino imaginó el paraíso como una biblioteca y concibió el universo como un libro infinito cuyas páginas se despliegan sin principio ni fin. Esa imagen, que atraviesa textos como ‘La biblioteca de Babel’ o ‘El jardín de senderos que se bifurcan’, encuentra en este volumen una materialización editorial: cinco voces que, como estantes de una biblioteca imaginaria, ofrecen versiones parciales pero complementarias de un mismo autor.

La figura del maestro, sin embargo, no se presenta de manera acrítica. Manguel reconstruye el reconocimiento a través de quienes lo pusieron en duda. Menciona, por ejemplo, la parodia que Leopoldo Marechal construyó en ‘Adán Buenosayres’ y el elogio ambiguo que Ernesto Sábato publicó cuando la revista Sur lo invitó a colaborar en un desagravio a Borges. Ese gesto de incluir las voces disidentes no es menor: sugiere que la obra de Borges, lejos de clausurar interpretaciones, las multiplica. La polémica en torno a su figura fue constante. Desde las disputas con el peronismo y su relación con el Premio Nobel que nunca recibió hasta las críticas de sectores de la izquierda por sus posiciones políticas, Borges fue un autor que generó adhesiones fervorosas y rechazos igualmente intensos.

Los textos de Bioy Casares y Silvina Ocampo provienen de un número de la revista Cahiers de l’Herne publicado en 1964, una edición que gravitó en la difusión internacional de Borges y que estuvo dirigida a un público que, en su mayoría, lo desconocía. Ese dato no es anecdótico: revela que estos escritos fueron concebidos como cartas de presentación, como puertas de entrada a una obra que, en ese momento, aún no había alcanzado la consagración global que tendría en las décadas siguientes. El número de Cahiers de l’Herne, coordinado por Dominique de Roux, reunió a figuras como Victoria Ocampo, Roger Caillois y Maurice Blanchot, y contribuyó a que Borges dejara de ser un autor de culto en América Latina para convertirse en un clásico del siglo XX.

En su texto, Bioy Casares detalla a lo largo de tres páginas temas de conversación compartidos ‘en tardes y noches’ y que, según anticipa, ‘tal vez algún estudioso de Borges agradezca’. La lista incluye otros autores y libros, géneros literarios, problemas filosóficos, lenguas artificiales, argumentos, formas de narrar y cuestiones tan particulares como la ‘formulación de una ética’, ‘la estatua de Condillac’ y ‘el pueblo de Morón’. Ese inventario, que a primera vista parece caprichoso, funciona en realidad como un mapa de la mente borgeana: la mezcla de lo abstracto y lo concreto, de lo universal y lo local, de lo filosófico y lo cotidiano. La estatua de Condillac, un experimento mental del filósofo francés Étienne Bonnot de Condillac, y el pueblo de Morón, una localidad del conurbano bonaerense, conviven en la misma enumeración sin tensiones aparentes. Esa convivencia es, precisamente, el método Borges.

El episodio mítico que Bioy Casares recupera es el texto publicitario que ambos redactaron por encargo de una marca de yogur en la estancia familiar de Pardo. ‘Aquel folleto significó para mí un valioso aprendizaje; después de su redacción yo era otro escritor más experimentado y avezado’, recuerda Bioy. El pasaje tiene una densidad que excede lo anecdótico: sugiere que la colaboración entre ambos no se limitó a los proyectos literarios de gran envergadura, sino que incluyó también encargos alimenticios, textos efímeros que, sin embargo, funcionaron como laboratorio de escritura. De esa colaboración surgieron cuentos policiales y fantásticos, guiones para cine, artículos, prólogos y ediciones de antologías. La dupla Bioy-Borges, que se extendió por más de cuatro décadas, produjo algunos de los textos más singulares de la literatura argentina, como ‘La invención de Morel’ (precedida de un prólogo célebre de Borges) o la ‘Antología de la literatura fantástica’, que ambos compilaron junto a Silvina Ocampo en 1940.

El texto de Bioy también matiza un aspecto que suele presentarse como axiomático: las reglas y restricciones que Borges propuso para la escritura del género policial y del cuento breve, expuestas en artículos como ‘Los laberintos policiales y Chesterton’, publicado en 1935 por la revista Sur. Bioy recuerda un cuento que planearon ambos en conjunto con Silvina Ocampo y que finalmente no escribieron. El protagonista era un joven literato de provincia que, al investigar un crimen, descubría que el culpable era él mismo. Ese argumento, que Borges había formulado como un desafío narrativo, nunca llegó a concretarse. La anécdota revela una dimensión poco explorada: la de los proyectos inconclusos, las ideas que quedaron en el camino y que, sin embargo, iluminan el proceso creativo de un autor obsesionado con las arquitecturas narrativas.

El texto de Marguerite Yourcenar, por su parte, aporta una perspectiva europea y una reflexión sobre la recepción de Borges en Francia. La autora de ‘Memorias de Adriano’ conoció a Borges en París y tradujo algunos de sus textos. Su mirada se detiene en la relación entre la ceguera y la memoria, y en la manera en que Borges construyó un sistema literario basado en la relectura y la reescritura. Carlos Fuentes, en tanto, ofrece una lectura desde México y desde la tradición del realismo mágico, y vincula a Borges con la narrativa latinoamericana posterior. Muhammad Zafzaf, escritor marroquí, introduce una perspectiva inesperada: la de un autor árabe que lee a Borges desde el Magreb y que encuentra en su obra una reflexión sobre la alteridad y la traducción.

El volumen se inscribe en un contexto editorial más amplio: el de la revalorización de Borges en el mercado global. Sus obras completas se traducen y reeditan de manera constante, y su influencia se extiende a campos tan diversos como la filosofía, la informática y la teoría literaria. La ceguera de Borges, que comenzó a manifestarse en la década de 1920 y se agudizó en los años cincuenta, no fue un obstáculo para su producción literaria, sino una condición que transformó su manera de leer y escribir. Borges dictaba sus textos, memorizaba pasajes enteros y construía sus relatos a partir de una memoria prodigiosa. La ceguera, en su caso, funcionó como una suerte de filtro: eliminó lo accesorio y potenció lo esencial.

La edición de Manguel, en definitiva, no pretende clausurar el debate sobre Borges, sino multiplicarlo. Al reunir voces tan dispares como las de Bioy, Ocampo, Fuentes, Yourcenar y Zafzaf, construye un mosaico que refleja la complejidad de una figura que sigue siendo, a casi cuatro décadas de su muerte, un enigma productivo. La biblioteca como universo, la ceguera como forma de visión, la amistad como laboratorio literario y la polémica como motor de la recepción: esos son los ejes de un libro que, más que ofrecer respuestas, formula preguntas. Y en ese gesto, quizás, reside su mayor afinidad con el propio Borges, un autor que construyó su obra sobre la certeza de que toda interpretación es, en última instancia, provisional.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *