Mariana Eva Pérez regresa al terreno de las letras con su primera novela y lo hace sin abandonar el territorio que la define: la memoria de la última dictadura cívico-militar argentina. ‘Constanza y Matute (hacen la porquería)’, publicada por Emecé, narra la historia de dos hijos de desaparecidos que se encuentran en un punto de inflexión personal y colectivo. Constanza, antropóloga forense, acaba de regresar a Buenos Aires tras una misión en otra ciudad y contacta a Matute, también hijo de desaparecidos, para solicitarle una donación de sangre que permita identificar los restos de sus padres. Sin embargo, Matute, quien padece una discapacidad en un brazo producto de la represión estatal, se niega a hablar de ellos. Esta tensión entre el deseo de saber y la voluntad de olvidar constituye el motor narrativo de la obra, que se desarrolla en medio del avance de las extremas derechas en el plano internacional.
La trayectoria de la autora aporta una densidad particular al relato. Pérez es nieta de Rosa Roisinblit, histórica vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo que falleció a los 106 años, y ella misma fue secuestrada cuando tenía 15 meses junto a sus padres, Patricia Roisinblit y José Pérez Rojo, militantes de izquierda, en 1978. Familiares fueron trasladados a la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), el mayor centro clandestino de detención de Buenos Aires. Su madre permaneció con vida el tiempo suficiente para dar a luz a su hermano en el sótano del centro; los cuerpos de ambos progenitores nunca fueron encontrados. Mariana fue devuelta a su abuela, quien la crió. En el año 2000, la propia Mariana contribuyó a localizar a su hermano, apropiado y crecido con otra identidad, luego de procesos de búsqueda coordinados con Abuelas de Plaza de Mayo. Los hallazgos derivaron en condenas judiciales: en 2016, los apropiadores fueron sentenciados a prisión, y ex jefes de la fuerza aérea y oficiales de inteligencia recibieron condenas de 25 años por el secuestro y la tortura de sus padres.
El vínculo de la autora con la antropología forense no es casual ni meramente ficcional. Durante el proceso de escritura de su obra anterior, ‘Diario de una princesa montonera’ (2012), Pérez trabajó durante un año en un proyecto que investigaba el trabajo de los antropólogos forenses en México, así como sus dimensiones estéticas. En esa experiencia, la autora tomó contacto directo con familias buscadoras en Guadalajara. Según declaró en la entrevista que sirve de base a esta nota, la intensidad de esa vivencia le impidió completar el artículo académico previsto sobre esas búsquedas: ‘esa sensación de que todo el saber construido inclusive el académico te estalla en la cara’. Ese material inconcluso encontró, años después, su cauce definitivo en esta novela.
La ficción recrea, con nombres modificados, un referente institucional evidente: el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Esta organización, creada en 1984 a partir de la convocatoria del antropólogo estadounidense Clyde Snow por iniciativa de las Abuelas de Plaza de Mayo, fue pionera en el desarrollo de técnicas de antropología legal y biológica aplicadas a la recuperación e identificación de personas desaparecidas durante la dictadura. Desde 1986, el EAAF ha trabajado en más de 50 países, incluyendo Bosnia, Angola, Timor Oriental, Kosovo y Sudáfrica. Según datos de la propia organización y de fuentes periodísticas especializadas, el organismo ha logrado identificar a cientos de víctimas del terrorismo de Estado, restaurando identidad, verdad y respuesta a las familias. El personaje de Constanza, la ‘oveja negra’ del grupo en el que trabaja, según la sinopsis editorial, encarna esa tarea de búsqueda científica, pero también sus límites emocionales y existenciales.
La construcción de los personajes centrales responde a una lógica deliberada de antítesis. Mientras Constanza busca saberlo todo, Matute no quiere saber nada. Esta polaridad, explicada por la propia Pérez, funciona como un dispositivo narrativo para abordar temas que de otro modo resultarían intratables. Matute, en particular, encarna el daño persistente del que nadie habla: acepta sin conflicto ser encasillado como discapacitado, pero rechaza cualquier adscripción identitaria vinculada con su condición de hijo de desaparecidos. La novela muestra, según la autora, ‘dos de las infinitas formas que puede asumir este daño persistente’: desde el mandato de honrar a la generación de los padres, como hace Constanza, hasta el rechazo radical, como hace Matute. Pérez ha señalado en entrevistas que la discapacidad de Matute apareció desde el principio como un elemento de los ‘juegos de opuestos’ entre ambos personajes, y que el mismo sirve también para desplegar un humor negro que tensa los límites de lo decible.
El contexto geopolítico no es un telón de fondo pasivo, sino un componente activo de la trama. El relato transcurre en un escenario de ‘avance feroz de las extremas derechas en el mundo’, según se describe en la sinopsis oficial. Este marco resulta particularmente significativo en el actual contexto argentino, donde la discusión sobre la cifra de los 30.000 desaparecidos ha vuelto a ser objeto de disputa pública. Diversas investigaciones académicas han señalado que dicha cifra constituye más una consigna de memoria que un dato estadístico cerrado, utilizada por los organismos de derechos humanos para representar la escala del sistema de desaparición forzada. El Estado argentino ha reconocido la existencia de más de 800 centros clandestinos de detención, lo que ha servido de insumo para las estimaciones históricas. En marzo de 2024, el gobierno de Javier Milei difundió un video oficial rechazando la cifra, lo que reavivó el debate sobre la política de memoria en el país.
La novela de Pérez se inscribe así en una conversación más amplia sobre la segunda generación de víctimas. El daño intergeneracional, la dificultad de testimoniar, la diferencia entre quienes pueden hablar y quienes no, son ejes que la autora explora sin solemnidad pero con precisión quirúrgica. ‘No todos pueden contar estas historias y creo que es más normal no hacerlo’, ha afirmado Pérez, quien a sus 49 años reconoce que el daño ‘está latente y hay momentos en que se despierta, pero siempre está’. La autora, que ejerció como querellante en los juicios por delitos de lesa humanidad vinculados al secuestro de sus padres, ha declarado públicamente haber sufrido represalias por su tarea, lo que refuerza la dimensión personal y política de su escritura.
Del mismo modo, la novela incorpora una dimensión corporal inusual en la literatura sobre la memoria: los cuerpos de los personajes, castigados por la violencia estatal, son también cuerpos que gozan. En una entrevista reciente al medio Infobae, Pérez afirmó que le parece ‘un acto de justicia poética que esos cuerpos tan maltratados gocen tanto a lo largo de la novela’. Esta decisión estética, que reivindica el erotismo como zona de resistencia frente a la biopolítica del terror, coloca a Pérez en una línea renovadora dentro de la literatura postdictatorial argentina, alejada tanto del testimonio ritualizado como del silencio complaciente.
Finalmente, el título completo de la obra, ‘Constanza y Matute (hacen la porquería)’, anuncia ya el tono desacralizador que la autora despliega. La expresión coloquial, que en la jerga rioplatense remite al acto sexual, constituye un gesto de irreverencia frente a la narrativa solemne en torno a las víctimas. La novela, publicada por Emecé con un total de 440 páginas, se presenta así como una propuesta narrativa que articula comedia, drama, enigma policial y romance en un mismo registro, sin perder de vista la gravedad de los acontecimientos históricos que la atraviesan. Es, en definitiva, el intento de una escritora que encontró en la literatura la herramienta para seguir tocando los huesos de sus padres, aunque esta vez lo haga con el lenguaje deliberadamente impuro de la ficción.
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