Durante años, una pregunta ha acompañado casi todas las conversaciones públicas sobre feminismo. Aparecía al final de conferencias, entrevistas o debates como si fuera una objeción inevitable: «¿Y los hombres qué?». La formulación, muchas veces utilizada para relativizar las desigualdades que afectan a las mujeres, también escondía una inquietud genuina. Mientras el feminismo desarrolló herramientas conceptuales para nombrar la experiencia femenina y cuestionar las estructuras de poder, el interrogante quedó suspendido: ¿quién está pensando qué significa ser hombre en pleno siglo XXI?\n\nLa escritora y periodista británica Caitlin Moran (Brighton, 1975) decidió tomarse esa pregunta en serio. Después de haber explorado durante años la condición femenina en libros como Cómo ser mujer y Más que una mujer, en ¿Y los hombres qué? (editado por Anagrama y traducido por Gemma Rovira Ortega) desplaza el foco sin abandonar la perspectiva feminista. No lo hace para equilibrar una balanza ni para sugerir que hombres y mujeres enfrentan los mismos problemas. Parte de una idea distinta: el patriarcado, además de producir desigualdades estructurales contra las mujeres, también impone un modelo de masculinidad que muchos hombres habitan sin haberlo elegido deliberadamente.\n\nEl punto de partida resulta especialmente pertinente en un contexto en el que los discursos antifeministas y las figuras de la llamada manósfera amplifican narrativas de agravio masculino. Moran no desestima ese malestar, pero tampoco lo valida sin más. Prefiere hacer algo menos frecuente en la esfera pública contemporánea: preguntar. La autora había construido su carrera abordando el universo femenino con perspicacia, humor y desvergüenza, ganando en 2010 el Premio de la Prensa Británica a mejor columnista del año. Con este ensayo, editado originalmente como What About Men? en 2023, se propone un ejercicio equivalente de disección de la experiencia masculina contemporánea, combinando encuesta sociológica, documental etnográfico y crónica personal.\n\nLa primera sorpresa llega cuando conversa con adolescentes de la Generación Z. La autora esperaba encontrarse con la generación más igualitaria hasta el momento, aquella que habría internalizado décadas de pedagogía feminista. En cambio, escucha afirmaciones como «ahora es más difícil ser un chico que una chica» o «el feminismo ha ido demasiado lejos». Lejos de convertir esas respuestas en una prueba del fracaso del feminismo —como hacen los comentaristas de la derecha cultural—, las utiliza como punto de partida para explorar de dónde proviene esa percepción y qué vacíos deja al descubierto. En una extensa entrevista con el medio estadounidense Time, Moran contextualizó esta situación: para un chico de 15 años, el empoderamiento femenino es todo lo que ha escuchado en la última década. Sus padres varones recuerdan una infancia atravesada por un sexismo rampante, y saben que el feminismo es un correctivo reciente y moderado frente a miles de años de patriarcado. Los adolescentes, en cambio, carecen de esa perspectiva histórica. Por eso, sostiene la autora, están enojados.\n\nEse gesto atraviesa todo el libro. Moran evita escribir un ensayo sobre los hombres desde la distancia académica y opta por escucharlos. Durante meses entrevista a amigos, desconocidos, especialistas y jóvenes de distintas edades con una pregunta tan simple como inusual: «¿Cómo es el mundo de los chicos?». Las respuestas terminan revelando algo que aparece una y otra vez a lo largo del volumen: muchos hombres encuentran dificultades sistemáticas para poner en palabras aquello que sienten. No se trata de una incapacidad biológica ni de una diferencia esencial entre hombres y mujeres. La autora sostiene que las niñas crecieron rodeadas de conversaciones, relatos y espacios donde compartir emociones, mientras que los varones aprendieron desde muy temprano que mostrar vulnerabilidad podía convertirse en un signo de debilidad. El resultado no es el silencio absoluto, sino otra forma de comunicarse: el humor, la competencia, las bromas y la ironía ocupan el lugar que en otros ámbitos tienen las conversaciones sobre el miedo, la tristeza o la incertidumbre.\n\nEsta hipótesis se apoya en datos que Moran compila a lo largo del ensayo y cuyos números son contundentes. Los varones fracasan más en la escuela, son más propensos a ser excluidos del sistema educativo y tienen menos probabilidades de acceder a la educación superior. Son más susceptibles de recibir medicación por trastornos de conducta, más proclives a desarrollar adicciones a drogas, alcohol y pornografía, y constituyen la mayoría absoluta de la población carcelaria —alrededor del 96 por ciento en el Reino Unido— y de las personas sin hogar. El suicidio es la principal causa de muerte entre hombres menores de 50 años en el Reino Unido, y cerca de un tercio de los hombres adultos declara no tener amigos cercanos. Moran no presenta estas cifras como un argumento en contra del feminismo, sino como evidencia de que el patriarcado también cobra factura a los varones que intentan ajustarse a su molde. La pregunta que articula el libro es si las sociedades contemporáneas disponen de un lenguaje y de instituciones capaces de atender ese sufrimiento.\n\nEn ese vacío, sostiene Moran, es donde proliferan los discursos de la manósfera. La autora examina las figuras de Jordan B. Peterson, que propone en 12 Reglas para vivir un modelo de masculinidad basado en la agresividad competitiva, y de Andrew Tate, quien difunde un ideal hipermasculino de dominación y riqueza. Moran señala que estos referentes ocupan hoy el único espacio público donde se habla de masculinidad, y que la oferta que proponen —retrógrada, agresiva y emocionalmente deficiente— resulta atractiva precisamente porque no encuentra competencia en el campo progresista. En una entrevista con The Guardian, la autora subrayó que no existe un movimiento progresista organizado que aborde de manera sistemática los problemas específicos de los varones, del modo en que el feminismo lo hizo con los de las mujeres durante décadas: sin campañas sostenidas contra la exclusión escolar de los chicos, sin redes de contención para el suicidio masculino, sin un equivalente colectivo del concepto de sororidad. Ese vacío institucional y narrativo es el terreno fértil del que se alimenta el malestar que canalizan los influencers misóginos.\n\nEl libro también aborda cuestiones íntimas que rara vez ingresan en el debate público. Moran dedica capítulos a la relación de los hombres con sus cuerpos, la vestimenta, la amistad, el sexo y la pornografía. En uno de los pasajes más señalados, reconstruye la historia de un joven adicto a la pornografía para argumentar que el consumo digital no opera como una liberación, sino como una nueva forma de vigilancia y disciplina emocional sobre los propios varones. La autora también examina las diferencias estructurales en el acceso a servicios de salud mental, señalando que la tasa de suicidio masculina revela una brecha de atención que ningún discurso público parece capaz de traducir en política concreta. El ensayo no elude las tensiones internas del debate: aborda la masculinidad tóxica, la cultura de la violación, la posibilidad de las denuncias falsas y el lugar de la paternidad, sin rehuir la incomodidad que cada uno de esos temas genera en los distintos sectores políticos.\n\nLas recepciones críticas del ensayo han sido diametralmente opuestas. The Guardian publicó una reseña dura que calificó el libro de «tendencioso» y acusó a Moran de confirmar estereotipos de género en lugar de desmontarlos, comparando su método con el de John Gray en Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus. Otros lectores, en cambio, celebraron el intento de Moran de tender puentes en una cultura política crecientemente polarizada. El texto, criticado por algunos por sus generalizaciones sobre la experiencia masculina y celebrado por otros como un intento valiente de nombrar un malestar olvidado, no logra alcanzar consenso. Sin embargo, la discusión que generó evidencia precisamente el punto central del libro: la masculinidad contemporánea no dispone aún de un marco compartido para discutirse en público, y el debate sobre ella se libra todavía en los términos binarios que Moran intenta superar.\n\nLa propuesta última del ensayo no es programática en el sentido político partidario, sino conceptual. Moran sostiene que no vivimos en un juego de suma cero en el que el avance de las mujeres implique necesariamente la derrota de los hombres; la relación entre ambos géneros no requiere un ganador. También insiste en una idea que resuena a lo largo de todo el volumen: no debería existir vergüenza alguna en ser hombre. Imponer a los varones, como grupo, un sentimiento de culpa por el hecho de su nacimiento contradice el principio que todos los demás movimientos progresistas defienden, que nadie debería sentir vergüenza por la forma en que nació. Esa afirmación, deliberadamente provocadora, forma parte de una apuesta más amplia: construir un relato de la masculinidad que sea a la vez feminista y capaz de nombrar el sufrimiento específico de los varones, sin retroceder a los esencialismos biológicos de Peterson y Tate.\n\nEl ensayo de Moran no resuelve la pregunta que le da título. No podía hacerlo. Lo que ofrece es una cartografía de un territorio que el debate público contemporáneo aún no ha sabido mapear: el de la masculinidad como experiencia vivida por sujetos reales, con contradicciones, silencios y violencias que el feminismo no siempre ha querido interpelar. La pregunta «¿y los hombres qué?» deja de ser, en las manos de Moran, una objeción retórica para convertirse en el punto de partida de una indagación que recién comienza. En un contexto donde los relatos de agravio masculino alimentan el extremismo digital y donde los datos sobre suicidio, soledad y fracaso escolar de los varones no encuentran traducción política, la apuesta de Moran por escuchar —en lugar de desestimar— adquiere una relevancia que trasciende la discusión literaria. El destino del feminismo, sugiere el libro, podría estar ligado a su capacidad de responder finalmente, con seriedad y sin condescendencia, la pregunta que durante décadas fue utilizada como un arma retórica en su contra.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
