La advertencia de Alberto Manguel no es una elegía nostálgica ni un lamento generacional. Cuando el escritor argentino radicado en Portugal afirma que «el mejor ensayo tiene hoy menos peso que un grito o un insulto», está describiendo un fenómeno medible, verificable en los índices de audiencia, en los algoritmos de distribución de contenido y en las curriculas escolares de buena parte del mundo occidental. La frase, pronunciada en el marco de la Feria Internacional del Libro de Monterrey (México), donde fue protagonista de la inauguración, condensa una preocupación que atraviesa su obra completa: el lugar de la lectura reflexiva en una sociedad que privilegia la reacción inmediata sobre la deliberación pausada.
## Un diagnóstico que excede la anécdota
Manguel no habla desde la improvisación. Autor de «Una historia de la lectura» (1996), texto de referencia obligada en los estudios sobre cultura escrita, y de «La biblioteca de noche» (2006), su trayectoria combina la erudición con una capacidad poco frecuente para traducir procesos complejos en imágenes accesibles. Su paso fugaz por la dirección de la Biblioteca Nacional de Argentina, entre 2015 y 2016, añadió una dimensión institucional a una reflexión que hasta entonces había sido predominantemente literaria.
En la entrevista concedida a Clarín, Manguel despliega un argumento central: la lectura nunca fue un hecho fijo ni en el espacio ni en el tiempo. Esta afirmación, que puede parecer una obviedad para historiadores de la cultura, adquiere relevancia cuando se la contrasta con los discursos contemporáneos que anuncian el fin del libro o, en el extremo opuesto, la democratización absoluta del acceso al conocimiento mediante pantallas. Ambos relatos, según el autor, comparten un mismo error de base: la linealidad histórica.
## La tecnología que declara muerta a su predecesora
El escritor propone un modelo de análisis que merece atención. Cuando nace una nueva tecnología, sostiene, esta declara que la antigua ha muerto y toma prestado su vocabulario. El ejemplo de la fotografía resulta ilustrativo: su invención se anunció como la muerte de la pintura, pero lo que ocurrió fue que la fotografía adoptó términos pictóricos y comenzó a producir retratos, paisajes y naturalezas muertas. Algo análogo sucedió con las primeras computadoras, que imitaban la forma del libro incluso en su encuadernación.
Este patrón, que Manguel describe como un progreso que avanza un paso y retrocede dos, tiene consecuencias concretas sobre la lectura contemporánea. El gesto de desplazar un texto en la pantalla del celular, señala, imita el del rollo de papiro que crea la página a medida que se lee. Y el dispositivo mismo reproduce la tableta de arcilla que cabía en la mano. La diferencia sustancial radica en la percepción de la dimensión del texto: quien leía la epopeya de Gilgamesh en diez cajas con treinta tablillas cada una podía comprender la escala de la obra; quien lee en una pantalla no puede ver su extensión sin recurrir a indicadores externos.
## La comprensión como problema ciudadano
El punto más sensible de la entrevista aparece cuando se aborda la comprensión de textos entre estudiantes, reflejada en los resultados de las pruebas PISA. Manguel corrige el encuadre: no se trata de un problema de los estudiantes, sino de los ciudadanos. La distinción no es menor. Los informes del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la OCDE han mostrado estancamientos o retrocesos en comprensión lectora en numerosos países, incluida Argentina, donde los resultados de las últimas ediciones evidenciaron dificultades persistentes en niveles de lectura inferencial y crítica.
La lectura de Manguel sugiere que las encuestas y las mediciones estadísticas, por su propia naturaleza, simplifican aquello que pretenden capturar. Esa preocupación lo lleva a desconfiar de las respuestas que la así llamada inteligencia artificial ofrece sobre hábitos de lectura: los datos, argumenta, interesan a la estadística y, por extensión, a los sistemas automatizados que responden con métricas lo que requiere interpretación.
## El ensayo frente a la economía de la atención
La afirmación que titula la entrevista admite una lectura económica. En un ecosistema digital regido por la economía de la atención, los contenidos que generan reacción inmediata —indignación, humor, confrontación— obtienen mayor circulación que aquellos que demandan tiempo y concentración. El ensayo, género que se define por la exploración y la duda metódica, opera en las antípodas de esa lógica. No produce clics instantáneos; produce lectores dispuestos a sostener una argumentación a lo largo de varias páginas.
La comparación con el grito y el insulto no es, por tanto, una hipérbole literaria. Es la descripción de una jerarquía de visibilidad que privilegia la intensidad emocional sobre la densidad conceptual. Los algoritmos de recomendación, diseñados para maximizar el tiempo de permanencia, favorecen el contenido que polariza. El ensayo, que invita a matizar, queda en desventaja estructural.
## Implicancias para la formación de lectores
Si el diagnóstico de Manguel se sostiene, las consecuencias se extienden más allá del ámbito literario. La capacidad de comprender textos complejos es condición necesaria para el ejercicio de una ciudadanía informada: interpretar un contrato, evaluar una propuesta política, discernir entre información verificada y desinformación. El desplazamiento del ensayo por formas breves y reactivas no solo afecta el gusto estético; afecta la competencia cívica.
Los sistemas educativos enfrentan aquí una tensión difícil de resolver. Por un lado, deben alfabetizar en los nuevos soportes y lenguajes digitales; por otro, corren el riesgo de abandonar la enseñanza de la lectura profunda, aquella que requiere tiempo, silencio y concentración sostenida. Manguel, que ha dedicado su obra a cartografiar las prácticas lectoras a lo largo de la historia, advierte implícitamente contra la tentación de reemplazar un modo de leer por otro sin examinar qué se pierde en la sustitución.
## Conclusión: una advertencia documentada
La intervención de Manguel en Monterrey no ofrece soluciones ni pronósticos. Ofrece un marco de análisis: la lectura cambia con los soportes, las tecnologías imitan a sus predecesoras antes de diferenciarse, y las mediciones estadísticas no agotan la complejidad del fenómeno. La afirmación de que el mejor ensayo pesa menos que un grito o un insulto debe leerse en ese contexto, como la descripción de un desequilibrio verificable en la circulación contemporánea de ideas. El valor de su testimonio reside en la combinación de erudición histórica y observación presente, y en la decisión de formular el problema en términos que exceden la queja: el declive del ensayo es también el declive de una forma de pensar que requiere paciencia, matiz y argumentación sostenida.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
