Cultura

La paradoja del progreso: por qué la epidemia de salud mental avanza en la era de mayor bienestar material

En un contexto de avances científicos y tecnológicos sin precedentes, la Organización Mundial de la Salud (OMS) proyecta que los trastornos de salud mental se consolidarán como una de las grandes epidemias del siglo XXI. La contradicción es evidente: nunca antes la humanidad había alcanzado niveles tan altos de progreso material, expectativa de vida y capacidad tecnológica, y sin embargo los indicadores de soledad, angustia y ansiedad alcanzan cifras alarmantes. El neurólogo y neurocientífico Facundo Manes, junto al docente en Letras Mateo Niro, aborda esta tensión en su libro ‘Vulnerables: el coraje de ser humanos’ (Planeta), donde propone entender la vulnerabilidad no como una debilidad o un error a corregir, sino como una cualidad propia de los seres humanos que permite desarrollar la empatía y los vínculos sociales imprescindibles para la reproducción de la vida.

En diálogo con Clarín, Manes analiza la epidemia global de salud mental, el impacto adictivo de las pantallas y por qué, frente al avance de la inteligencia artificial, el futuro requiere un regreso necesario hacia los vínculos humanos. El diagnóstico que presenta es contundente: casi la mitad de la población mundial está afectada por insomnio, depresión, ansiedad, estrés u otras condiciones cerebrales. Esta realidad, sostiene, trasciende el ámbito estrictamente médico para convertirse en un tema social, político y económico de primer orden.

La dimensión del fenómeno queda en evidencia al observar quiénes lo han incorporado a sus agendas. El Foro de Davos ya colocó el tema de la salud cerebral en el mismo nivel que el cambio climático, la desigualdad y la geopolítica. Es decir, la salud mental dejó de ser una cuestión individual para transformarse en un eje estructural del debate global. Manes atribuye esta paradoja a un factor central: la hiperconectividad que expone de forma permanente a la comparación entre unos y otros. Vivimos objetivamente mejor que hace décadas en términos materiales, pero subjetivamente estamos lejos de un bienestar acorde con esos avances, señala.

El impacto de las redes sociales y de la tecnología diseñada para activar los circuitos de recompensa del cerebro ocupa un lugar central en el análisis. Las aplicaciones, explica Manes, están hechas para estimular el sistema de recompensa basado en la dopamina, del mismo modo que se demostró históricamente con experimentos en animales que preferían estimular su centro de placer antes que comer o dormir. Los datos que maneja el neurocientífico son elocuentes: hoy los adolescentes pasan un promedio de cinco horas por día en redes sociales, y ya existe suficiente evidencia de que un uso tan intensivo va en desmedro de la satisfacción vital.

La comparación histórica que propone Manes resulta reveladora. Así como tardamos décadas en asumir el daño del cigarrillo a pesar de la evidencia, como sociedad vamos a tardar en absorber el impacto negativo de estar todo el día conectados, afirma. Sin embargo, se muestra optimista respecto del futuro: estoy convencido de que en la próxima década lo cool y valioso va a ser el contacto humano genuino. Esta proyección contrasta con la tendencia actual, donde la conexión permanente se presenta como una norma social incuestionada.

El libro también introduce una reflexión sobre la necesidad de desconectarse para tomar buenas decisiones. ¿Por qué nos cuesta tanto hoy aburrirnos o equivocarnos? La respuesta de Manes apunta a una matriz cultural: vivimos en un mundo que castiga el error, cuando equivocarse y aburrirse son fundamentales para la vida. Esa tensión entre la exigencia de rendimiento permanente y las necesidades biológicas del cerebro humano constituye uno de los ejes de ‘Vulnerables’.

El enfoque del neurocientífico se aparta de la lógica dominante que trata la vulnerabilidad como una falla. Cuando están dadas las condiciones materiales que sustentan la vida, explica, la vulnerabilidad no es un defecto a eliminar sino una cualidad que habilita la empatía y los vínculos sociales. Esta perspectiva invierte el paradigma de la autoexigencia y la productividad constante, y conecta directamente con el impacto que la inteligencia artificial comienza a tener sobre las prácticas humanas.

El avance de la inteligencia artificial plantea un escenario donde la eficiencia y la automatización podrían reemplazar tareas humanas en múltiples ámbitos. Frente a ese panorama, Manes sostiene que el futuro requiere un regreso necesario hacia los vínculos humanos, como contrapeso a una vida cada vez más mediada por pantallas y algoritmos. El argumento no es nostálgico ni tecnófobo, sino biológico: el cerebro humano está diseñado para el contacto social y para ciertos procesos —como el aburrimiento y el error— que resultan indispensables para el aprendizaje y la creatividad.

La evidencia que sustenta estas afirmaciones proviene de múltiples fuentes. La OMS advierte sobre la epidemia de salud mental; el Foro de Davos la incorpora a su agenda global; y estudios sobre dopamina y circuitos de recompensa explican por qué las aplicaciones digitales generan dependencia. A esto se suman los datos sobre el tiempo de exposición de los adolescentes a las redes sociales, que funcionan como un indicador temprano del problema. La convergencia de estas fuentes configura un cuadro donde la tecnología, lejos de ser neutral, moldea conductas y estados emocionales.

Las implicancias de este diagnóstico son profundas. En el plano económico, la salud cerebral impacta directamente en la productividad y en los sistemas de salud pública. En el plano social, la soledad y la ansiedad erosionan los lazos comunitarios y afectan la cohesión. En el plano político, la comparación permanente y la exposición digital moldean percepciones y comportamientos colectivos. Manes insiste en que el tema dejó de ser estrictamente médico para convertirse en un asunto social, político y económico, lo que exige respuestas integrales y no solo tratamientos individuales.

El paralelismo con el cigarrillo ofrece una hoja de ruta sobre cómo podrían evolucionar estas discusiones. Durante décadas, el consumo de tabaco se consideró una elección personal hasta que la evidencia científica y las políticas públicas transformaron su percepción social. Algo similar podría ocurrir con el uso intensivo de redes sociales y pantallas, aunque Manes advierte que el proceso será lento. La diferencia radica en que, a diferencia del cigarrillo, la tecnología digital está integrada de manera transversal en la vida cotidiana, lo que dificulta una regulación simple.

La propuesta del libro no consiste en demonizar la tecnología sino en recuperar un equilibrio. Aburrirse y equivocarse, lejos de ser fallas a evitar, son procesos que permiten al cerebro descansar, procesar información y desarrollar resiliencia. En un mundo que premia la velocidad y la respuesta inmediata, recuperar esos espacios se vuelve un acto de resistencia biológica. La vulnerabilidad, en este marco, no debilita: fortalece los vínculos que sostienen la vida en común.

De cara al futuro, la predicción de Manes es que el contacto humano genuino se convertirá en un bien escaso y, por lo tanto, valioso. Así como hoy se valoran el silencio, el descanso o la desconexión, en la próxima década podrían revalorizarse las interacciones cara a cara y los vínculos profundos. Esa es, en última instancia, la invitación central de ‘Vulnerables’: asumir la condición humana en toda su complejidad, con sus errores y sus tiempos muertos, como un antídoto frente a una epidemia de salud mental que no deja de crecer.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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