La frontera entre la depresión clínica y el vacío existencial se ha vuelto cada vez más difusa en las consultas de salud mental. La psiquiatra española Marian Rojas Estapé, autora del libro ‘Recupera tu mente, reconquista tu vida’, ha planteado una distinción crucial: muchas personas que acuden al médico con síntomas de desmotivación profunda no padecen necesariamente un trastorno depresivo mayor, sino que experimentan una vida sin proyectos, ilusiones ni actividades que otorguen sentido al día a día.
Rojas Estapé, en una entrevista concedida al canal de YouTube ‘Sanando tu psique’, sostiene que la ausencia de objetivos concretos puede desencadenar un cuadro sintomatológico similar al de la depresión, pero con un origen radicalmente distinto. ‘Mucha gente no tiene depresión, lo que tiene es una vida vacía, ya que no tiene nada que hacer’, afirma la especialista. Esta declaración ha generado un intenso debate sobre cómo los profesionales de la salud mental deben abordar casos donde el malestar no responde a una disfunción neuroquímica primaria, sino a una crisis de significado existencial.
El mecanismo neurobiológico que subyace a este fenómeno es complejo. La psiquiatra explica que cuando una persona se levanta sin una ilusión o expectativa, el cerebro inicia un proceso de apagado progresivo. ‘Cuando te levantas sin una ilusión, no sabes qué hacer, entonces tu cerebro se va apagando a lo largo del día’, detalla. Esta descripción coincide con investigaciones recientes sobre la neuroplasticidad y el sistema de recompensa cerebral: la ausencia de estímulos novedosos o metas definidas reduce la liberación de dopamina, neurotransmisor fundamental para la motivación y la sensación de recompensa. La dopamina no solo regula el placer, sino que también activa circuitos frontales responsables de la planificación, la atención sostenida y la toma de decisiones.
Para ilustrar su tesis, Rojas Estapé relata el caso de una paciente que había trabajado toda su vida como maestra. Soltera y sin hijos, tras perder su empleo sintió que su vida había perdido todo sentido. La intervención no fue farmacológica, sino conductual. Su padre, también psiquiatra, la convenció de contactar con el ayuntamiento de su pueblo para informarse sobre actividades disponibles. ‘Cuando volvió al mes, esta señora era otra’, recuerda Rojas. La reinserción en actividades comunitarias, el establecimiento de una rutina social y la generación de nuevos vínculos restauraron su bienestar sin necesidad de tratamiento antidepresivo.
El caso ejemplifica lo que la psiquiatra denomina ‘arrugamiento del corazón’, una metáfora potente para describir el proceso de vaciamiento emocional. ‘Cuando nosotros vaciamos nuestra vida porque perdemos a alguien, porque perdemos un trabajo, porque perdemos ilusiones, se nos arruga el corazón’, afirma. La expresión no es meramente poética: estudios epidemiológicos han demostrado que eventos vitales estresantes como la jubilación forzada, la viudez o el abandono de proyectos largamente acariciados incrementan significativamente el riesgo de trastornos del estado de ánimo, especialmente en adultos mayores.
Las implicancias de esta distinción son profundas tanto para la práctica clínica como para las políticas de salud pública. Si se diagnostica como depresión un vacío existencial, se corre el riesgo de medicalizar problemas que tienen raíces sociales y existenciales. Esto puede derivar en un sobretratamiento con fármacos antidepresivos, cuyos efectos secundarios y costos económicos no son triviales, o en la cronificación del malestar al no abordar la causa real. Por el contrario, si se identifica correctamente la falta de propósito como origen del sufrimiento, las intervenciones no farmacológicas —desde la terapia ocupacional hasta la participación en grupos comunitarios— se convierten en herramientas terapéuticas de primera línea.
Rojas Estapé enfatiza que mantener la motivación es clave para el bienestar. Cuando una persona encuentra nuevos proyectos o metas, el cerebro responde con una cascada neuroquímica positiva. La práctica deportiva, por ejemplo, libera endorfinas (asociadas al alivio del dolor), dopamina (vinculada a la motivación y el placer) y serotonina (reguladora del estado de ánimo). La socialización y las actividades recreativas cumplen funciones similares. En contraste, el aislamiento prolongado en el hogar tiene consecuencias negativas documentadas: disminución del contacto social, menor exposición al sol —que puede provocar deficiencia de vitamina D en un estudio de 2024 se vinculó a mayor riesgo de depresión—, y alteración del ritmo circadiano por falta de luz natural.
No obstante, es fundamental un caveat clínico. Si síntomas como desmotivación persistente, tristeza profunda, pérdida de interés en actividades placenteras, alteraciones del sueño y del apetito duran más de dos semanas, es imprescindible consultar con un profesional de la salud mental. La depresión clínica es una enfermedad real y debilitante que requiere tratamiento específico, que puede incluir psicoterapia y medicación. El vacío existencial no la invalida ni la excluye; simplemente plantea un diagnóstico diferencial que debe hacerse con rigor, mediante entrevistas clínicas estructuradas y escalas validadas.
En un contexto donde las tasas de depresión aumentan globalmente —según la Organización Mundial de la Salud, un 4.4% de la población mundial sufre este trastorno—, la reflexión de Rojas Estapé invita a reconsiderar las causas del malestar contemporáneo. No toda tristeza es enfermedad, ni todo vacío es patología. La vida con propósito, ilusiones renovadas y conexiones sociales sólidas podría ser, en muchos casos, la intervención más efectiva disponible.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
