La previa del Superclásico entre Boca y River, programado para el próximo domingo en la Bombonera, ha adquirido una dimensión que excede lo estrictamente deportivo. Tras la victoria de River sobre Racing en el Monumental, el club de Núñez no solo consolidó su posición en el torneo, sino que también profundizó una creciente inquietud institucional en torno a las decisiones arbitrales y, particularmente, a la intervención del VAR (Video Assistant Referee) en sus últimos partidos. Este malestar, expresado públicamente por el entrenador Leonardo Ponzio y por jugadores como Ángel Correa y Gonzalo Montiel, configura un escenario de tensión que involucra a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y que amenaza con condicionar el desarrollo del clásico más convocante del fútbol argentino.
El detonante inmediato de esta escalada de declaraciones fue la anulación de tres goles en los últimos tres encuentros disputados por River, todos ellos tras revisiones del VAR que, a juicio de los protagonistas, resultaron controvertidas. En el partido ante Sarmiento en Junín, un tanto de Fausto Vera fue invalidado por una mano considerada imperceptible. Frente a Belgrano, un gol de Ángel Correa fue anulado por una mano de Ortega que, según el análisis de las imágenes, no se encontraba en posición antinatural y previamente había impactado en la cadera del jugador. Finalmente, ante Racing, el árbitro Leandro Rey Hilfer anuló un gol de Correa tras considerar que Montiel interfirió en la visión del arquero Facundo Cambeses en la jugada previa. Estos tres episodios, sumados a la estadística de que River convirtió ocho goles en sus últimos tres partidos pero solo cinco fueron convalidados, configuran un patrón que desde Núñez califican como preocupante.
Las declaraciones de Ponzio tras el triunfo sobre Racing fueron inequívocas y marcaron la postura oficial del club. «No quiero que me regalen nada, pero tampoco que me quiten lo que tengo, lo que logré. Nos están pasando cosas que por ahí hay que hacer dos o tres goles para ratificar un resultado», afirmó el entrenador, quien además cuestionó la dinámica de intervención del VAR: «En el segundo gol que hacemos, creo que fue una decisión desde otro lado, no del mismo árbitro. Yo noto y veo que cuando inciden tanto en una opinión te hacen dudar. Si dan una terna arbitral, creo que es para que comanden un partido, para que realmente se impongan ellos». Con estas palabras, Ponzio no solo expresó su malestar por las anulaciones, sino que también puso en cuestión la autonomía del árbitro principal frente a las sugerencias del VAR, un debate que atraviesa al fútbol argentino desde la implementación de la tecnología.
El malestar no se limitó al cuerpo técnico. Ángel Correa, autor de varios de los goles anulados, fue categórico en la zona mixta: «Ya parece mucha casualidad, pero con nosotros van siempre al VAR y hay que hacer siempre un gol más. Si no me anulaban el gol que hice, que considero que fue lícito, hubiese sido más tranquilo el desarrollo del partido. Pero tuvimos que sufrir porque íbamos 1 a 0 y en cualquier jugada te pueden empatar». Sus palabras reflejan la percepción de un sector del plantel de que existe un trato diferencial en la aplicación de la tecnología, lo que añade un componente de presión psicológica de cara al Superclásico.
En el contexto de esta tensión, la figura de Leonardo Ponzio adquiere una relevancia particular. Como entrenador de River, ha asumido un rol de liderazgo que combina la exigencia deportiva con la defensa de los intereses institucionales del club. Sus declaraciones no son aisladas, sino que se inscriben en una tradición de reclamos que históricamente han caracterizado la relación entre los clubes grandes y la conducción arbitral. Sin embargo, el hecho de que se produzcan en la antesala de un partido de la magnitud del Superclásico les confiere una gravedad adicional, ya que pueden influir en el clima previo y en la designación de los árbitros.
El trasfondo de esta situación es la creciente judicialización del fútbol argentino y la tensión entre los clubes y la AFA por el manejo de las herramientas tecnológicas. La implementación del VAR en el fútbol local ha estado acompañada de polémicas recurrentes, y la presente temporada no es la excepción. Los reclamos de River se suman a los de otros equipos que en distintas oportunidades han cuestionado la interpretación de las reglas y la transparencia de las comunicaciones entre los árbitros y la sala de video. En este sentido, la AFA enfrenta el desafío de garantizar la equidad competitiva y la credibilidad del sistema arbitral, especialmente en un partido que paraliza al país.
Desde una perspectiva técnica, los tres goles anulados a River presentan matices que alimentan la controversia. En el caso de la mano de Fausto Vera ante Sarmiento, la reglamentación de la IFAB (International Football Association Board) establece que se considera infracción cuando el balón toca la mano o el brazo de un jugador que se encuentra en una posición que no es natural para su cuerpo. La percepción de que la mano fue «imperceptible» sugiere que el contacto pudo haber sido mínimo y, por lo tanto, sujeto a interpretación. En cuanto a la mano de Ortega ante Belgrano, la posición del brazo y el impacto previo en la cadera complican la determinación de si hubo una ampliación del volumen corporal de manera antinatural. Finalmente, la anulación del gol de Correa ante Racing por interferencia de Montiel en la visión de Cambeses plantea un debate sobre el grado de influencia que un jugador puede tener sobre el arquero sin contacto físico, un aspecto que la reglamentación deja a criterio del árbitro.
Estos episodios, más allá de su resolución final, han generado un clima de desconfianza que puede afectar el rendimiento de los equipos y la percepción del público. La tensión con la AFA se manifiesta en la demanda implícita de mayor transparencia en las decisiones y en la composición de las ternas arbitrales. Ponzio, al señalar que «si dan una terna arbitral creo que es para que comanden un partido», está cuestionando la jerarquía y la independencia de los árbitros, lo que constituye un llamado de atención a la cúpula del fútbol argentino.
En lo estrictamente deportivo, River llega al Superclásico con una guardia alta que combina la preparación táctica con una fuerte carga emocional. El equipo de Ponzio ha mostrado solidez en ataque, con ocho goles en tres partidos, pero la anulación de tantos ha obligado a redoblar esfuerzos para asegurar resultados. La incertidumbre sobre el criterio arbitral puede llevar al cuerpo técnico a diseñar estrategias más conservadoras o a enfatizar la necesidad de ampliar diferencias en el marcador para evitar que las decisiones del VAR inclinen la balanza. En la vereda de enfrente, Boca afronta el clásico con la expectativa de aprovechar cualquier nerviosismo del rival y con la mira puesta en consolidar su propia posición en el campeonato.
La dimensión institucional de este conflicto también alcanza a la relación entre River y la AFA. Históricamente, los clubes de mayor convocatoria han ejercido presión sobre la conducción del fútbol argentino, y en este caso, las declaraciones de Ponzio y los jugadores constituyen una forma de presión pública que busca influir en las designaciones arbitrales y en la interpretación de las reglas. La AFA, por su parte, deberá manejar la situación con cautela para no avivar aún más la polémica y para preservar la integridad del torneo. En este sentido, la designación del árbitro para el Superclásico será un mensaje político de gran relevancia.
El contexto histórico de los Superclásicos ha estado marcado por episodios de tensión arbitral que han trascendido lo deportivo. Desde las recordadas finales de la Copa Libertadores hasta los encuentros de liga, la relación entre Boca, River y los árbitros ha sido siempre un punto sensible. La introducción del VAR ha añadido una capa de complejidad, ya que las decisiones ahora son revisadas desde múltiples ángulos y con la posibilidad de correcciones que, en ocasiones, generan más dudas que certezas. En este marco, las sospechas por el VAR que expresa River se inscriben en una tradición de reclamos que, sin embargo, alcanzan un nivel de explicitación y coordinación que llama la atención.
De cara al partido del domingo, el clima estará cargado de expectativas y recelos. La Bombonera, con su histórica presión sobre los visitantes, será el escenario de un duelo en el que cada decisión arbitral será escrutada con lupa. River, con la guardia alta, buscará imponer su juego y evitar que las polémicas previas afecten su concentración. Boca, por su parte, intentará aprovechar cualquier distracción del rival para obtener un resultado favorable. En medio, la AFA y el VAR estarán en el centro de la escena, con la responsabilidad de garantizar un espectáculo justo y transparente.
En conclusión, el Superclásico del próximo domingo no solo definirá posiciones en el torneo, sino que también será un termómetro de la relación entre los clubes, los árbitros y la conducción del fútbol argentino. Las sospechas por el VAR, los reclamos de Ponzio y la tensión con la AFA configuran un escenario de alta conflictividad que excede lo deportivo y que pone en juego la credibilidad del sistema arbitral. River llega con la guardia alta, no solo por la calidad de su rival, sino por la certeza de que cada gol deberá ser ratificado más allá de cualquier duda tecnológica. El fútbol argentino, una vez más, se debate entre la pasión y la polémica, y el domingo, en la Bombonera, se escribirá un nuevo capítulo de una historia que parece no tener fin.
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