El nuevo Museo Nacional de Ecuador (MuNA) nació como un proyecto faraónico: 100 millones de dólares de presupuesto, la promesa de albergar más de 12 millones de objetos patrimoniales y la ambición de convertirse en un ícono arquitectónico sudamericano. Sin embargo, su proceso de selección terminó convertido en un termómetro de las tensiones entre el deseo de modernidad y la defensa de la identidad local.
Los antecedentes del concurso se remontan a 2024, cuando el presidente Daniel Noboa impulsó la licitación internacional para construir una nueva sede del museo, que desde finales de la década de 1960 había cambiado varias veces de nombre y locación. El objetivo era claro: reemplazar la sede existente, ubicada en el edificio del Banco Central, con un edificio espectacular que compitiera con los grandes centros culturales de la región. En total, 78 estudios de arquitectura se presentaron al concurso, y en marzo de 2025 se anunció al ganador: el estudio español Alberto Campo Baeza, en colaboración con el local MAODA, con un diseño de líneas rectas, formas cúbicas y una escala monumental que ocuparía 40.000 metros cuadrados junto al parque La Carolina, en Quito.
El revuelo ciudadano comenzó casi de inmediato. En redes sociales, miles de ecuatorianos criticaron la propuesta por considerarla una «caja de zapatos» de vidrio y concreto que no dialogaba con el paisaje andino ni con la tradición arquitectónica del país. Una petición en Change.org reunió 20.000 firmas en menos de dos semanas, y colectivos de arquitectos locales denunciaron que el diseño no reflejaba la diversidad cultural del Ecuador. El gobierno, en lugar de defender el fallo del jurado, optó por redirigir la controversia: pidió a los diez finalistas originales que volvieran a presentar sus diseños en una «fase extraordinaria», sin la participación de Campo Baeza ni de MAODA, que quedaron fuera del nuevo proceso.
La nueva metodología incluyó la conformación de un jurado técnico internacional totalmente distinto al anterior, una consulta ciudadana digital y una exposición pública de los proyectos, cuya votación representó el 15% de la calificación final. De esta forma, el diseño que originalmente había quedado en tercer lugar, presentado por el equipo liderado por el estudio japonés SANAA (premio Pritzker 2010) en colaboración con Caá Porá Arquitectura, Estudio A0, Jerome Haferd Studio y Taller Capital Landscape, fue proclamado como el nuevo ganador bajo el nombre «Estratos vivos».
La decisión no estuvo exenta de polémica. Alberto Campo Baeza calificó el proceso como «arbitrario» y señaló que ni él ni su equipo fueron convocados al debate público. El arquitecto Alejandro Zaera-Polo, miembro del primer jurado, declaró al diario El País que existieron «presiones políticas» durante el proceso y que el cambio de ganador sentó un precedente peligroso para la credibilidad de los concursos internacionales. Por su parte, el gobierno defendió la medida argumentando que el museo es un proyecto de todos los ecuatorianos y que la nueva propuesta «sí respeta la identidad nacional».
El nuevo diseño, según sus autores, se inspira en las culturas precolombinas y poscolombinas. El edificio tendrá nueve plantas con sótanos para depósitos y estacionamientos, y estará conformado por un sistema de plazas curvas interconectadas en varios niveles, revestidas de ladrillo terracota. Aberturas circulares atravesarán el volumen principal para crear patios interiores, mientras que las galerías se expanden y contraen alrededor de estos vacíos formando un paisaje interior continuo. El equipo de SANAA afirmó que «el proyecto adopta el círculo como expresión de memoria colectiva, encuentro y conexión con el cosmos», y que la forma curvilínea del museo buscará dialogar con el entorno natural del parque La Carolina.
Las implicancias del caso van más allá de la arquitectura. El episodio expuso la fragilidad de los procesos de selección pública cuando se ven sometidos a presiones ciudadanas y políticas, y abrió un debate sobre cómo balancear la participación popular con el rigor técnico necesario para obras de esta envergadura. Además, el costo total de 100 millones de dólares —financiado en parte con fondos del presupuesto nacional y préstamos internacionales— ha sido cuestionado por sectores que consideran que el país debería priorizar otras inversiones sociales, como salud y educación, antes que un museo de esta escala.
En conclusión, el nuevo Museo Nacional de Ecuador nace envuelto en una doble paradoja: es un proyecto que buscó modernizar el relato patrimonial del país pero que, en el camino, se topó con la resistencia de una ciudadanía que no se sintió representada por el diseño original. Ahora, la apuesta del gobierno de Daniel Noboa es que «Estratos vivos» no solo sea aceptado, sino que se convierta en un símbolo de unidad en un país marcado por divisiones políticas y regionales. La construcción está prevista para comenzar a mediados de 2027, con un plazo estimado de cuatro años. Hasta entonces, el debate sobre qué significa realmente la «identidad nacional» en la arquitectura seguirá abierto.
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