Arquitectura

Arquitectura bioclimática: Silvia de Schiller y John Martin Evans defienden el diseño pasivo como estrategia frente al cambio climático

En un contexto global donde el cambio climático impone nuevos desafíos a la infraestructura edilicia, la arquitectura bioclimática emerge como una disciplina clave. Silvia de Schiller y John Martin Evans, arquitectos argentinos con más de seis décadas de trayectoria, son referentes indiscutidos en esta área. Su enfoque, basado en el diseño pasivo desde las etapas iniciales del proyecto, cuestiona la dependencia excesiva de sistemas mecánicos de climatización y propone una integración profunda con las condiciones climáticas, culturales y territoriales de cada sitio.

La trayectoria de ambos profesionales es extensa. Desde la década de 1970, han investigado y difundido los principios de la arquitectura sustentable en Argentina y América Latina. En 2023, recibieron el Premio Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes (FNA), un reconocimiento que celebra su contribución a la disciplina. Recientemente, participaron en el congreso internacional PLEA 2026 (Passive and Low Energy Architecture) en San José, Costa Rica, un espacio clave para el intercambio de conocimientos sobre arquitectura pasiva y de bajo consumo energético.

El origen de su interés por la arquitectura bioclimática se remonta a la crisis energética de los años 70, cuando la necesidad de reducir el consumo de combustibles fósiles impulsó la búsqueda de alternativas en el diseño. En Argentina, el contexto de dependencia energética y los recurrentes cortes de suministro eléctrico reforzaron la importancia de estrategias pasivas. Evans, de origen británico, y de Schiller, argentina, comenzaron a colaborar en la Universidad de Buenos Aires, donde fundaron el Centro de Investigación Hábitat y Energía (CIHE), pionero en estudios sobre eficiencia energética en la construcción.

Uno de los proyectos más emblemáticos de su carrera es el Aeropuerto Ecológico de Galápagos, en Ecuador. Este edificio de 7000 m2, diseñado en colaboración con los arquitectos ecuatorianos Diego Oquendo y Daniela Yépez, se destaca por operar sin conexión a redes de agua potable ni electricidad. Frente a esta restricción, los arquitectos optaron por resolver el confort ambiental exclusivamente mediante diseño arquitectónico.

El diseño del aeropuerto se basó en la optimización de la ventilación natural a través de técnicas como la ventilación cruzada y el efecto chimenea. Además, se maximizó la iluminación natural y se implementó protección solar para evitar ganancias térmicas no deseadas. La orientación del edificio se modificó respecto a la pista de aterrizaje para captar los vientos predominantes, lo que permite un enfriamiento pasivo eficiente. La energía solar se utiliza únicamente para servicios indispensables, limitando la climatización mecánica a áreas técnicas específicas, mientras los espacios públicos funcionan con luz y ventilación naturales.

La sustentabilidad también se abordó desde la selección de materiales. Se reutilizó cerca del 80% de los componentes del edificio preexistente y se incorporaron elementos estructurales de tuberías recicladas de la industria petrolera, reduciendo la energía incorporada y las emisiones asociadas a la fabricación de nuevos materiales. Esta iniciativa no solo redujo la huella ecológica, sino que también demostró que la resiliencia ambiental puede lograrse con decisiones proyectuales inteligentes en lugar de tecnologías de alta complejidad.

Las implicancias de este enfoque trascienden lo puramente técnico. En Argentina, donde el déficit de infraestructura energética es un problema recurrente, la adopción de estrategias pasivas podría contribuir a reducir la presión sobre la red eléctrica y a disminuir los costos de operación de los edificios. Según datos del INDEC, el sector residencial consume alrededor del 30% de la energía eléctrica del país, y una parte significativa se destina a climatización. La implementación de diseño pasivo podría generar ahorros considerables y una mayor resiliencia ante cortes de suministro.

A futuro, de Schiller y Evans destacan el papel de las herramientas de simulación ambiental. En el Aeropuerto de Galápagos, estas herramientas fueron fundamentales para demostrar la viabilidad de un edificio naturalmente ventilado. La simulación permite predecir el comportamiento térmico y lumínico de un espacio, optimizando el diseño antes de la construcción. Esta tecnología, cada vez más accesible, se perfila como un aliado crucial para los arquitectos que buscan integrar estrategias pasivas desde las primeras etapas del proyecto.

Sin embargo, los arquitectos advierten que la tecnología no debe sustituir la comprensión del contexto. En un país diverso como Argentina, con climas que van desde el frío patagónico hasta el calor subtropical, el diseño pasivo debe adaptarse a cada realidad regional. La capacitación de los profesionales y la actualización de los códigos de construcción son pasos necesarios para impulsar esta transición. La reciente sanción de la Ley de Etiquetado de Eficiencia Energética para Viviendas, que establece estándares obligatorios, es un avance en esa dirección.

En conclusión, el trabajo de Silvia de Schiller y John Martin Evans ofrece un camino claro hacia una arquitectura más sustentable y resiliente. Su experiencia en proyectos como el Aeropuerto de Galápagos demuestra que es posible construir de manera eficiente sin depender de soluciones mecánicas complejas. En un mundo que enfrenta el desafío del cambio climático, sus enseñanzas son más relevantes que nunca. La clave está en adoptar el diseño pasivo como base, no como un agregado posterior, y en integrar la investigación y la simulación en cada etapa del proceso proyectual.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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