La pregunta que sobrevuela la inauguración no es artística, sino documental: ¿cuánto de lo que el público argentino cree saber sobre el gaucho proviene de la pampa real y cuánto de los almanaques que Florencio Molina Campos (1891-1959) dibujó para miles de almacenes de campaña? La muestra «Florencio Molina Campos. Costumbres Argentinas», inaugurada el viernes 23 de octubre en el Palacio Libertad (Sarmiento 151) y abierta al público desde el 24 de octubre hasta el 13 de diciembre, de miércoles a domingos entre las 14 y las 20 con entrada gratuita, ofrece una respuesta parcial pero precisa: quince pinturas rurales aportadas por el Museo Florencio Molina Campos de Moreno, curadas por Gonzalo Giménez Molina, nieto del artista, más una instalación inmersiva. El eje conmemorativo es verificable: el 21 de agosto de 1926, el mismo día en que cumplía 35 años, Molina Campos montó en la Exposición Nacional de Ganadería de la Sociedad Rural Argentina un stand de 24 metros cuadrados con tres paredes cubiertas por 61 pasteles y acuarelas colgadas en hileras de cinco obras. La muestra se tituló «Motivos gauchos» y el entonces presidente Marcelo Torcuato de Alvear adquirió dos piezas. Ese dato, registrado por fuentes oficiales y por el catálogo del Museo Zorrilla de Montevideo, es el que sostiene la conmemoración del centenario.
EL DESARROLLO: CAPAS DE UNA OBRA Y DE UN EDIFICIO
La exposición se despliega en dos espacios diferenciados. La Sala 206, en el segundo piso, concentra las obras originales vinculadas a escenas de la vida rural: bailes, música popular, payadas de contrapunto, destrezas ecuestres, partidas de truco, el mate compartido y el descanso en el paisaje. La segunda sala, denominada Sala Inmersiva, presenta una narración audiovisual que propone seguir una jornada en el ámbito rural mediante imágenes, sonido y animaciones, con dirección creativa y animaciones 3D de Tato Araoz y realización del equipo de posproducción del Palacio Libertad. La colaboración del Museo de Moreno y de Molina Campos Ediciones completa el entramado institucional.
El primer cuadro a la izquierda del recorrido es, sin embargo, el más elocuente en términos de método. Se trata de una acuarela sin título que data de 1900, cuando el artista tenía entre 9 y 10 años, y que se identifica convencionalmente como «La Florida» por el almacén que aparece representado en la escena. La obra ilustra las actividades de un almacén de campo y sus alrededores con un nivel de detalle que, según la lectura curatorial, anticipa el programa visual de toda su carrera: un caballo que patalea y al que se le ha corrido el recado hacia atrás por el movimiento, un paisano que le grita, personajes secundarios que sostienen la escena. Es un documento de observación temprana, no una pieza de fantasía.
El contraste con la producción posterior es significativo. Los almanaques que Molina Campos realizó para la Fábrica Argentina de Alpargatas, bajo la supervisión de su amigo el ingeniero Luis Pastorino, y más tarde, durante su residencia en Estados Unidos, los que pintó entre 1944 y 1958 para la Minneapolis Moline, convirtieron ese repertorio en un sistema de circulación masiva. La diferencia entre la acuarela de 1900 y el almanaque de 1931 —como «Aguante ‘l cimbrón!», témpera de 31 x 48 cm publicada en la hoja de octubre y reproducida como rompecabezas por la firma inglesa Chad Valley— no es solo de soporte: es de función. Una obra registra; la otra distribuye. La muestra del Palacio Libertad permite ver ambas dimensiones en un mismo recorrido, aunque el núcleo exhibido sean las pinturas y no la gráfica publicitaria.
IMPLICANCIAS: UN CANON EN DISPUTA
El análisis de la obra de Molina Campos admite lecturas que conviene comparar. La caracterización dominante lo ubica en el costumbrismo, con un aire caricaturesco y a menudo naíf, aunque con exageraciones y cromaturas que algunos especialistas vinculan con la expresión. Otra línea de interpretación subraya su función en la construcción del imaginario nacional: su gaucho oscila entre la realidad, el humor y la idealización, y su popularidad masiva contribuyó a fijar una imagen del campo argentino que no necesariamente coincide con las condiciones laborales del peón rural de la época. Ambas lecturas no son excluyentes. La primera enfatiza el valor plástico; la segunda, el impacto cultural. La conmemoración oficial tiende a privilegiar la segunda, y el dato de que el Estado nacional exponga estas piezas en un edificio de alto valor simbólico refuerza esa operación patrimonial.
El contexto del Palacio Libertad añade una capa adicional. El edificio, ex Centro Cultural Kirchner, atravesó cambios de denominación y de gestión que lo convirtieron en un espacio en disputa por la definición de la política cultural pública. La decisión de programar una muestra de acceso gratuito, sin reserva previa y con una sala inmersiva orientada a públicos amplios, se inscribe en una lógica de democratización del acceso que también puede leerse como estrategia de legitimación institucional. El centenario de la primera exposición individual funciona, en ese sentido, como un anclaje histórico verificable que reduce el margen de controversia sobre el contenido.
Hay un punto ciego que la muestra no resuelve y que el visitante debería considerar: la relación entre la obra de Molina Campos y el cine animado. El artista manifestó el interés de dar vida a sus dibujos en animación, un proyecto que no concretó. La sala inmersiva se presenta explícitamente como referencia a esa aspiración, según informó Molina Campos Ediciones. La operación es legítima como homenaje, pero instituye una diferencia: la reconstrucción digital es una interpretación contemporánea, no un testimonio del autor. Confundir ambas capas implicaría atribuir al artista una obra que pertenece a sus herederos y al equipo técnico del Palacio.
CONCLUSIÓN: LO VERIFICABLE
Los datos disponibles permiten un cierre ajustado a los hechos: la exposición existe, es gratuita, se extiende hasta el 13 de diciembre, reúne quince pinturas del Museo de Moreno con curaduría de Gonzalo Giménez Molina, incluye una acuarela de 1900 identificada como «La Florida» y se acompaña de una instalación inmersiva con dirección creativa de Tato Araoz. El centenario se sostiene sobre la muestra «Motivos gauchos» del 21 de agosto de 1926 en la Sociedad Rural, con 61 obras y dos adquisiciones presidenciales. Molina Campos nació en Buenos Aires el 21 de agosto de 1891 y murió en la misma ciudad el 16 de noviembre de 1959. Lo que queda fuera de toda verificación es la pregunta inicial: si el gaucho sonriente de los almanaques fue retrato o construcción. La muestra ofrece materiales para responderla, pero no la responde.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
