La pregunta que atraviesa la 35ª edición de arteba no es qué se expone, sino quién empieza a valer lo que corresponde. En el Pabellón Amarillo de La Rural, entre 70 galerías de 11 países y 11.000 metros cuadrados de superficie expositiva, dos nombres del siglo XX argentino concentran miradas y transacciones: Germaine Derbecq (1899-1973) y Raquel Forner (1902-1988). Dos artistas de una misma generación, dos trayectorias construidas con voluntad, talento y una persistencia notable en un sistema que durante décadas las ubicó en un segundo plano respecto de sus pares masculinos. El dato que activó la discusión fue concreto: en el primer día de feria, la galería Roldán Moderno vendió la pintura Vanidad, de Forner, a un coleccionista privado por 170.000 dólares, según informó la galería a Clarín.
El precio no es un número aislado. Funciona como señal en un mercado que históricamente subvaloró la producción de las mujeres modernas y que ahora encuentra en ellas un territorio de revalorización simbólica y económica. La obra en cuestión es un óleo de 1949 que alude a dramas y tragedias del mundo: una figura femenina de espaldas, con el torso desnudo, gira la cabeza hacia el espectador mientras, sobre la tierra y debajo de ella, pequeñas figuras humanas representan el sufrimiento al que la vanidad las somete. La pieza pertenece a la serie La farsa, realizada entre 1949 y 1952, un ciclo figurativo atravesado por la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial.
DESARROLLO: CUATRO PIEZAS, CUATRO LECTURAS DEL MERCADO
La operación de Roldán Moderno no se limitó a una venta. Su director, Sebastián Boccazzi, explicó a Clarín que llevaron cuatro obras de Forner: tres de la serie La farsa (1949-1952), figurativas y centradas en los conflictos bélicos europeos, y una cuarta de la serie Las lunas, de carácter abstracto, que constituyó el envío argentino a la VI Bienal de San Pablo en 1961. La combinación es significativa: una misma artista exhibida en dos registros estéticos opuestos, el expresionismo dramático de posguerra y la abstracción cósmica de los años sesenta.
En Ruth Benzacar la apuesta fue distinta. La galería presentó dos pinturas y un dibujo de fines de los años 60 y los 80, todos de la serie Astroseres, donde Forner imaginó un futuro posible más esperanzador, colorido y con una convivencia pacífica. Mora Bacal, directora de la galería, sintetizó la lógica de la operación: Forner es una artista clave, el mercado es hoy un agente de difusión decisivo y necesitaba un reconocimiento que se sumara a la circulación institucional. La frase introduce una capa relevante del fenómeno: no se trata solo de compradores, sino de un ecosistema donde galería, museo y feria se retroalimentan.
El stand de Alejandro Faggioni, que lleva obra de Forner a la feria desde 2005, exhibió el óleo Nacimiento (1958), de la serie Las lunas. El galerista planteó una comparación explícita y polémica: nunca descendió su cotización y, a su criterio, la obra debería valer muchísimo más; no entiende qué tiene Forner que envidiarle a Frida Kahlo. La referencia a Kahlo no es casual: funciona como parámetro de mercado internacional y como recordatorio de la brecha de consagración entre artistas latinoamericanas. Via Margutta, en tanto, presentó por primera vez una obra de Forner: un díptico de la serie Astroseres, con la línea característica y el vibrante cromatismo del período, valuado en 55.000 dólares.
LA OTRA FARO: DERBECQ, ENTRE LA PINTURA Y LA GESTIÓN
El caso de Germaine Derbecq permite leer el fenómeno desde otro ángulo. Nacida en París en 1899 y fallecida en Buenos Aires en 1973, se formó con Maurice Denis, Paul Sérusier, André Lhote y Juan Gris, y estudió en la Académie Julian, la Académie Ranson y la Académie Lhote. Su pintura se inscribe en el constructivismo no figurativo, con exhibiciones en el Salon des Indépendants y el Salon des Surindépendants entre las décadas del veinte y del cuarenta. En la Argentina, su peso excedió el caballete: en 1953 inició una columna semanal sobre artes plásticas en Le Quotidien, en 1960 fundó la Galería Lirolay —donde en 1961 se realizó la histórica exposición Arte destructivo— y en 1970 cofundó la revista Artinf junto a Silvia de Ambrosini, Odile Baron Supervielle y Lidy Prati. También trabajó en el Instituto Torcuato Di Tella junto a Jorge Romero Brest.
La comparación entre ambas trayectorias revela una tensión productiva. Forner construyó una carrera de premios y series monumentalizadas —Medalla de Oro en la Exposición Internacional de París 1937, Primer Premio Nacional de Pintura en 1942, Gran Premio de Honor en el Salón Nacional de 1956, Gran Premio de Honor en la Bienal Americana de Arte IKA en 1962—; Derbecq, en cambio, articuló pintura, crítica, curaduría y edición, una labor múltiple que la historiografía tardó más en jerarquizar. Ambas comparten, sin embargo, un mismo destino: la relectura contemporánea.
IMPLICANCIAS: EL MERCADO COMO AGENTE DE REVISIÓN HISTÓRICA
El interés renovado por estas artistas ocurre en un contexto internacional de revisión del lugar de las mujeres en el mercado del arte. Los registros de subastas muestran un aumento sostenido de artistas históricas y contemporáneas en catálogos y en precios récord, pero la brecha persiste en el mercado secundario. La operación de arteba se inscribe en esa lógica: precios altos en el primario, presencia institucional sostenida y una narrativa curatorial que conecta a las modernas con las artistas contemporáneas que las reconocen como referencia.
Hay además un componente institucional que refuerza la tendencia. En 1982 Forner creó la Fundación Forner-Bigatti, junto al escultor Alfredo Bigatti, su esposo. El próximo 28 de noviembre, la Academia Nacional de Bellas Artes reconocerá a la institución con el premio Gratia Artis en el auditorio de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes. La distinción agrega legitimidad simbólica a un proceso de consolidación que no depende solo de las transacciones de feria.
El impacto económico debe leerse con cautela. Una venta de 170.000 dólares y un díptico de 55.000 dólares no transforman por sí solos la estructura de precios de un mercado pequeño y dependiente de factores macroeconómicos. Pero sí instalan referencias: fijan pisos, ordenan expectativas de coleccionistas y presionan a la baja la brecha histórica entre artistas hombres y mujeres de una misma generación. En términos de geopolítica cultural, la visibilidad de Forner y Derbecq en una feria con galerías de Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Perú, Estados Unidos, Reino Unido, Portugal, Puerto Rico y Francia refuerza la posición del arte moderno argentino en el circuito internacional.
CONCLUSIÓN: UN RECONOCIMIENTO QUE SE AFIANZA DESDE VARIOS FRENTES
Los hechos permiten una conclusión acotada. arteba 2026 exhibió obra de Forner en al menos cuatro galerías —Roldán Moderno, Ruth Benzacar, Alejandro Faggioni y Via Margutta— con precios que van de 55.000 a 170.000 dólares, y sumó la presencia de Derbecq en el relato de una generación revisitada. En paralelo, el reconocimiento institucional a la Fundación Forner-Bigatti y la circulación museística sostienen la demanda. La combinación de feria, galería, fundación y premio configura un mecanismo de validación múltiple. El mercado, en este caso, no descubre a las artistas: las acompaña en un proceso de revalorización que la historia del arte argentino había postergado y que ahora encuentra en el precio una forma visible de reparación.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
