La economía argentina atraviesa un momento de tensiones acumuladas que el Gobierno de Javier Milei ya no puede ocultar. A pesar de la retórica triunfalista que caracterizó los primeros meses de su gestión, el Presidente ha debido reconocer en privado que los resultados no son los esperados. La inflación no fue pulverizada y la actividad económica, lejos de crecer a niveles exorbitantes, podría acumular dos trimestres consecutivos a la baja, lo que técnicamente configuraría una recesión. En este contexto, el oficialismo ha decidido desplazar el foco de la economía hacia la política electoral, una maniobra que recuerda a las estrategias adoptadas por el peronismo y el macrismo en épocas de turbulencia.
La prioridad declarada del Gobierno es evitar lo que denominan el fantasma del lunes negro: un escenario de turbulencia cambiaria y financiera que podría desatarse si los mercados reaccionan negativamente a las señales de debilidad económica. Para conjurarlo, La Libertad Avanza impulsa la suspensión de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), una medida que considera vital para eludir la tensión adicional en los mercados que suele producirse entre las primarias y las elecciones generales. La fecha límite es octubre, y las negociaciones están en marcha.
El jefe de Gabinete, Diego Santilli, negocia contrarreloj con más de una docena de gobernadores para tejer alianzas que permitan al oficialismo llegar con chances a la pelea final por la reelección. El mapa de mandatarios está fragmentado en tres grupos: los que seguro harán una alianza con el oficialismo nacional (como Mendoza, Entre Ríos y Jujuy), los dialoguistas que podrían pactar una coalición condicionada y los opositores irreductibles. Esta estrategia busca, en una misma maniobra, evitar una gran interna de la oposición y eludir la tensión adicional en los mercados.
Sin embargo, la decisión de correr el foco hacia la política electoral no está exenta de riesgos. Al encender el televisor o repasar los portales de los diarios, millones de personas podrían constatar que existe una disociación entre sus necesidades y las de quienes conducen el destino del país. La convocatoria a suspender las PASO se ha vuelto primordial, una cuestión de Estado que desvela hasta quienes se ufanan del orden macroeconómico, la desregulación de la economía y la apertura de importaciones. Pero no basta con eso, parece.
El Gobierno logró persuadir a una amplia franja de la sociedad cuando trabajó sobre la idea de que no se podía darle rienda infinita al gasto en un país sin reservas ni crédito y con inflación altísima. Ahora sucumbe ante quienes lograron instalar que la microeconomía también importa y es vital para que no desaparezcan las Pymes y se contraiga el empleo. Milei ensayó una cabriola frente a los micrófonos de Radio Mitre: «Si hay alguien que sabe de microeconomía soy yo», dijo, en un intento por recuperar la iniciativa en un terreno que le es esquivo.
El contexto internacional tampoco ayuda. La economía global muestra signos de desaceleración y las potencias extranjeras ya no rinden pleitesía al modelo argentino como se esperaba. El Presidente se convenció de que las cosas no marchan ni marcharán como él mismo había pensado. Ni la inflación fue pulverizada ni la actividad crece a niveles exorbitantes ni su aura disruptiva lo preserva contra la realidad de los números de su popularidad.
Las implicancias de esta situación son profundas. En el plano económico, la persistencia de la inflación y la caída de la actividad afectan directamente el poder adquisitivo de los salarios y la inversión. La suspensión de las PASO, si bien puede reducir la incertidumbre política a corto plazo, también plantea interrogantes sobre la calidad democrática y la transparencia del proceso electoral. En el plano social, la disociación entre las necesidades de la población y las prioridades del Gobierno podría erosionar aún más la legitimidad de la administración Milei.
El fantasma del lunes negro no es una amenaza abstracta. En un país con historial de crisis financieras recurrentes, cualquier señal de debilidad puede desencadenar una corrida cambiaria. Los mercados observan con atención las negociaciones políticas y la evolución de los indicadores económicos. La estrategia oficial de priorizar la política electoral sobre la economía podría ser interpretada como una señal de que el Gobierno no tiene un plan sólido para enfrentar los desafíos macroeconómicos.
En conclusión, el Gobierno de Javier Milei enfrenta un dilema complejo: necesita mantener la estabilidad económica para evitar un lunes negro, pero al mismo tiempo busca asegurar su supervivencia política mediante alianzas y la suspensión de las PASO. La disociación entre el discurso y la realidad, sumada a la fragmentación de los gobernadores y la presión de los mercados, configura un escenario de incertidumbre que podría definir el futuro de la gestión. Los próximos meses, hasta octubre, serán cruciales para determinar si la maniobra política del oficialismo logra conjurar el fantasma del lunes negro o si, por el contrario, lo desata.
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