En el vasto y a menudo incomprendido territorio del monte santiagueño, donde la aridez del paisaje se entrelaza con la densidad de una cultura milenaria, una organización civil ha logrado tejer, durante veinticinco años, un entramado de resistencia y preservación que trasciende lo meramente artístico. La Asociación Adobe, fundada con el propósito declarado de rescatar y conservar el patrimonio natural y cultural de esta región, celebra sus primeras dos décadas y media con una muestra en el Museo de Arte Popular José Hernández, en Buenos Aires. La exhibición, que reúne textiles, esculturas de madera y cerámicas, no es un simple despliegue estético, sino la punta de un iceberg de un proyecto de vida que involucra a comunidades enteras, a saberes ancestrales y a una cosmovisión que busca mantener su vigencia en un mundo que tiende a homogeneizar.
La génesis de esta iniciativa se remonta a la figura de Andreina Bassetti Rocca, una mujer de origen italiano que, según relata la placa conmemorativa en la capilla de Quimilí Paso, trajo desde Italia la imagen de la Virgen Niña. Su labor, sin embargo, excedió lo estrictamente devocional. Al fundar la Asociación Civil Adobe, estableció un puente entre su herencia europea y la realidad profunda del monte santiagueño. Este gesto, lejos de ser un acto de imposición cultural, se convirtió en un catalizador para la puesta en valor de los oficios y las expresiones locales. La muestra en el Museo de Arte Popular no es más que la manifestación visible de un proceso silencioso y cotidiano que ocurre en parajes como Quimilí Paso, donde el tiempo parece regirse por otros ritmos.
La geografía del monte santiagueño, con su flora xerófila y su fauna particular, no es un mero escenario; es un actor protagónico en esta historia. Diego Flamenco, un conocedor del terreno, camina por la espesura y explica con precisión botánica las diferencias entre el ucle, un cactus de entre 8 y 12 costillas con espinas, y el cardón, que puede llegar a tener hasta 32 costillas. Este nivel de detalle no es anecdótico. En un contexto global donde la crisis climática y la pérdida de biodiversidad son temas centrales, el conocimiento detallado del ecosistema por parte de las comunidades locales se convierte en un activo estratégico. La Asociación Adobe no solo preserva objetos; preserva un sistema de conocimiento que permite leer el monte, interpretar sus señales y convivir con él.
La estructura de la capilla de adobe en Quimilí Paso es, en sí misma, un símbolo de esta filosofía. Con su piso de tierra, sus bancos de tronco cubiertos por mantas y su campana de madera, representa una arquitectura vernácula que se adapta al entorno sin depredarlo. Una fotografía en el interior honra al primer enfermero de la Posta Sanitaria, un recordatorio de que el desarrollo comunitario va de la mano de la salud y el bienestar. La mención de la fundadora y su vínculo con la Virgen Niña añade una capa de sincretismo religioso que es característico de las culturas andinas y del noroeste argentino, donde lo católico y lo originario se fusionan en prácticas cotidianas.
El paisaje humano de la muestra y del territorio que representa está poblado por artistas y artesanos que encarnan la continuidad de oficios milenarios. Rolando Mojica, cuya casa está rodeada de esculturas-tronco que evocan ciervos, caballos, perros y seres imaginarios, es un ejemplo de cómo el arte se integra en la vida diaria. No se trata de piezas creadas para un mercado, sino de una extensión de la identidad. Su amigo y colega, Pascual Flamenco, rememora cómo sus padres y abuelos les hablaban en quichua, la lengua originaria que tanto amó y difundió don Sixto Palavecino, el violinista y folklorista santiagueño que llevó el idioma a las chacareras y canciones. La mención de Palavecino no es menor: su obra fue fundamental para visibilizar la vigencia del quichua en Santiago del Estero, una provincia donde el bilingüismo es parte de la vida cotidiana de miles de personas. La Asociación Adobe, al mantener y transmitir esta lengua, realiza una labor de preservación lingüística que es, en esencia, una labor de preservación de una forma de ver el mundo.
La colaboración entre artistas locales y foráneos es otra característica distintiva del proyecto. Dolores Mallea, arquitecta y carpintera de Buenos Aires, pasó una semana entera en un rancho sencillo, con escasos muebles artesanales y sin electricidad, junto a Luciano Giménez, un artista cordobés que creó múltiples y pequeñas piezas de cerámica con niños y adultos de la región. Este tipo de intercambios, lejos de ser una intromisión, representa un diálogo entre saberes. La presencia de Giménez y Mallea no solo aporta técnicas y perspectivas, sino que también visibiliza la realidad del monte ante públicos urbanos. La experiencia de vivir sin electricidad, compartiendo las condiciones de vida locales, rompe con la lógica extractivista que a menudo caracteriza la relación entre los centros urbanos y las periferias rurales.
El trabajo textil es otro pilar fundamental de la asociación. Marina Landriel, con un vellón de lana de oveja en sus manos, hila con un huso, tal como lo hicieron las mujeres desde la prehistoria. Este gesto, aparentemente simple, es una cadena de transmisión de conocimiento que ha sobrevivido a imperios, colonizaciones y revoluciones industriales. Ese hilo, que se convierte en un objeto larguísimo tendido en un telar horizontal de palo, es la materialización de una historia de resistencia. La anécdota de la gallina que se sube a la trama y la respuesta de Marina, acercándole un canasto con ovillos para que ponga sus huevos, revela una convivencia armónica entre lo humano y lo animal que es impensable en un entorno urbano industrializado.
El tríptico “Creer para ver”, tejido por Nelly Meilán, Claudia Mazzola y Marina Landriel, es una obra que condensa el espíritu de la asociación. El título mismo es una declaración de principios: la creencia como condición para la percepción. En un mundo donde la información visual es constante y superficial, proponer que hay que “creer para ver” implica un llamado a una mirada más profunda, a una comprensión que trascienda lo inmediato. Cada tapiz con una palabra inscrita es un recordatorio de que el lenguaje y el arte son vehículos de sentido.
El contexto económico y social de Santiago del Estero es fundamental para entender la relevancia de esta labor. La provincia, históricamente una de las más postergadas de Argentina, ha experimentado en las últimas décadas un crecimiento basado en la expansión de la frontera agropecuaria, especialmente el cultivo de soja. Este modelo, si bien ha generado divisas, ha tenido un impacto significativo en el monte nativo, que ha sido talado para dar paso a tierras cultivables. En este escenario, la Asociación Adobe no solo preserva cultura, sino que también defiende un modelo de desarrollo alternativo, basado en la sostenibilidad y en el respeto por el ecosistema. La muestra en el Museo de Arte Popular José Hernández es, por lo tanto, una plataforma para visibilizar esta resistencia.
Las implicancias de este tipo de iniciativas trascienden lo cultural. La preservación del monte santiagueño tiene consecuencias directas en la regulación hídrica, la captura de carbono y la biodiversidad. Los cactus, los algarrobos, los quebrachos y los chañares no son solo plantas; son parte de un sistema que sostiene la vida en una de las regiones más áridas del país. Al mantener vivas las prácticas de recolección, artesanía y construcción que dependen de estos recursos, la Asociación Adobe contribuye a la resiliencia climática de la región. Además, al empoderar a las comunidades locales, especialmente a las mujeres y a los jóvenes, fomenta el arraigo y evita la migración forzada hacia los centros urbanos.
La figura de don Sixto Palavecino merece una mención aparte. Su labor como difusor del quichua y su música, que fusionaba lo tradicional con lo contemporáneo, sentó un precedente para la valorización de la cultura santiagueña. La asociación retoma ese legado y lo adapta a los desafíos del siglo XXI. La lengua quichua, lejos de ser un vestigio del pasado, es una herramienta de identidad y un vehículo de conocimiento ecológico. En muchas comunidades, los nombres de las plantas, los animales y los ciclos climáticos solo existen en quichua. Perder la lengua sería perder la llave de acceso a ese conocimiento.
La muestra en el Museo de Arte Popular José Hernández, que celebra 25 años de labor ininterrumpida, es una oportunidad para que el público urbano se acerque a una realidad que le es ajena. Los textiles, las esculturas de madera y las cerámicas son la evidencia material de un proceso que involucra a decenas de personas en el monte santiagueño. Cada pieza tiene una historia, un autor, un contexto. Detrás de cada tapiz hay horas de hilado, de teñido con tintes naturales, de conversaciones en quichua. Detrás de cada escultura-tronco hay un árbol que fue respetado, una forma que fue descubierta en la madera. Detrás de cada cerámica hay un aprendizaje compartido entre generaciones.
La Asociación Adobe, al cumplir 25 años, demuestra que es posible construir alternativas al modelo hegemónico. No se trata de una utopía, sino de una práctica concreta que se sostiene en el tiempo. Su obra es un recordatorio de que el patrimonio natural y cultural no son entidades separadas, sino partes de un mismo sistema. Preservar el monte sin preservar la cultura que lo habita es tan absurdo como preservar la cultura sin el territorio que la sustenta. En un país donde la deuda con las provincias del norte es histórica, iniciativas como esta merecen ser reconocidas, estudiadas y, sobre todo, apoyadas.
El relato de Diego Flamenco caminando por el monte, explicando la diferencia entre el ucle y el cardón, es una metáfora de lo que está en juego. La precisión de su conocimiento, transmitido por padres y abuelos, es un tesoro que no aparece en los libros de texto ni en los informes técnicos. Es un conocimiento vivo, encarnado, que se renueva con cada generación. La Asociación Adobe, al crear espacios de transmisión, al organizar talleres, al invitar a artistas y al mantener viva la memoria de quienes ya no están, garantiza que ese conocimiento no se pierda. La muestra en Buenos Aires es un capítulo de una historia mucho más larga, que se sigue escribiendo cada día en el monte santiagueño.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
