La escena parece menor: una graduada en Letras de la Universidad de Buenos Aires que, tras pasar por el sector tecnológico a comienzos de los 2000, decide fundar una editorial propia. Sin embargo, el dato que rompe la previsibilidad del relato está en el objeto de ese proyecto: Empatía, la primera editorial argentina dedicada exclusivamente a publicar literatura africana contemporánea. La afirmación, sostenida por su fundadora, Marcela Carbajo, no constituye una curiosidad de catálogo sino una anomalía estructural en un mercado editorial hispanohablante históricamente orientado hacia Europa y Estados Unidos. De allí que la pregunta pertinente no sea por qué una editorial argentina publica autores africanos, sino por qué casi nadie lo había hecho antes con continuidad.
El recorrido de Carbajo combina formación académica, trabajo técnico y práctica profesional dispersa: traducciones para diarios, correcciones y ediciones de libros. Ese mosaico de tareas, según su propio relato, funcionó como antesala de un proyecto que se concretó finalmente en 2018. Empatía inició su actividad ese año, atravesó un receso forzoso durante la pandemia y luego retomó el ritmo hasta reunir 22 libros en catálogo. El punto de partida fue Antología. Escritores africanos contemporáneos, un volumen que seleccionó autores de lengua inglesa y francesa provenientes de Nigeria, Camerún, Kenia, Yibuti, Sudáfrica y Uganda. La decisión inaugural resulta significativa: en lugar de apostar por un autor consagrado, la editorial abrió con una muestra plural, evidenciando desde el primer movimiento una vocación de mapa y no de vitrina.
La lógica de selección se fue desplazando con el tiempo. Si en un inicio la editora buscaba escritores premiados, pronto comenzó a recibir libros para evaluar de editoriales africanas y francesas, construyó contactos personales en la Feria del Libro de Johannesburgo y proyecta visitas a Ruanda y Ghana. El criterio declarado combina valor literario con una función interpretativa: que los textos permitan comprender procesos y momentos históricos desde un lado empático, de donde proviene el nombre de la editorial. Esta formulación desplaza el eje desde la representatividad cultural hacia la experiencia narrativa, un matiz relevante en el debate sobre literatura poscolonial y sobre quién tiene derecho a traducir y distribuir esas voces.
El lanzamiento de Empatía puso el acento en una percepción extendida: la de que el continente africano constituye un todo homogéneo. Carbajo señala que ese lugar común desconoce la realidad y la individualidad de más de mil millones de habitantes distribuidos en cincuenta y cuatro países. La cifra no es retórica: la diversidad lingüística del continente incluye centenares de lenguas, y su producción literaria se articula en varios sistemas, entre ellos el anglófono, el francófono, el lusófono y el arabófono, cada uno con circuitos editoriales, premios y tradiciones críticas diferenciadas. Publicar literatura africana en español implica, por lo tanto, mediar entre al menos tres mercados: el de origen, el de las traducciones intermedias —frecuentemente francesas o inglesas— y el hispanohablante.
La editora sostiene que la literatura desmonta estereotipos con mayor eficacia que la información enciclopédica. Su argumento es que, ante una ficción narrada desde el lugar y con la propia vivencia, el lector incorpora ese mundo y lo entiende de una manera diferente a la que puede alcanzar mediante una entrada en Wikipedia. La comparación, más allá de su tono coloquial, remite a una discusión teórica conocida: la diferencia entre el dato y la experiencia mediada por la voz narrativa. Frente a la entrada enciclopédica, que ordena y generaliza, la novela particulariza y sitúa; frente al estereotipo, que aplana, la ficción restituye conflicto, ambigüedad e interioridad.
Los temas recurrentes del catálogo confirman esa orientación hacia los procesos históricos traumáticos. El apartheid en Sudáfrica, el genocidio en Ruanda y los conflictos heredados de la colonia aparecen de forma transversal. La boca llena de sal, de la sudanesa Reem Gaafar (1983), transcurre sobre el trasfondo de la situación actual en Sudán. También te convencieron, de la sudafricana Futhi Ntshingila (1974), expone los problemas de conciencia de un oficial del apartheid que ocultó sus crímenes ante la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. En ambos casos, la ficción opera como dispositivo de acceso a coyunturas específicas: la guerra civil sudanesa y la arquitectura de justicia transicional sudafricana, dos procesos con cronologías, actores y consecuencias verificables.
Junto a los títulos contemporáneos, Empatía incorporó lo que la editora denomina libros emblemáticos de la nueva literatura africana. El caso más citado es La casa del hambre, considerada la primera novela moderna de Zimbabue, escrita por Dambudzo Marechera (1952-1987) y descripta por la propia editorial como una suerte de Kerouac en ácido. La comparación con la Generación Beat no es azarosa: la obra de Marechera, publicada en 1978 y ganadora del Premio Guardian de Ficción, combina experimentalismo formal, fragmentación y una crítica frontal al orden colonial de Rhodesia. La mención de Doris Lessing, quien destacó en la obra el retrato de un hombre sometido a las brutalidades de la opresión blanca, añade una capa de lectura: la recepción de Marechera estuvo mediada, desde el inicio, por lectores metropolitanos que interpretaron su rabia en clave política antes que estética.
El caso permite trazar una comparación reveladora. La literatura africana traducida al español ha llegado históricamente por dos vías: la académica, ligada a programas universitarios y a editoriales especializadas de Europa, y la comercial, concentrada en un número reducido de nombres consagrados. Empatía se ubica en una tercera posición: una editorial pequeña, radicada en Buenos Aires, que combina catálogo de autor con antologías y que recurre tanto a contactos en ferias del libro africanas como a editoriales francesas. Esa doble dependencia —de los circuitos anglófonos y francófonos— plantea una tensión inherente al proyecto: traducir la periferia a través de centros intermedios, con el riesgo de reproducir filtros de selección ajenos.
Las implicancias de esta iniciativa se ordenan en al menos tres planos. En el plano cultural, amplía el repertorio disponible en español y desplaza el eje de la conversación sobre África desde la cobertura periodística de crisis hacia la producción estética. En el plano de mercado, una editorial con 22 títulos y estructura pequeña opera como actor de nicho, con capacidad limitada de distribución pero alta incidencia en circuitos académicos, librerías independientes y ferias. En el plano simbólico, la afirmación de que África no es un todo homogéneo introduce un argumento verificable: cincuenta y cuatro países, múltiples lenguas y sistemas literarios diferenciados contradicen cualquier lectura monolítica.
Resta una pregunta que el propio relato deja abierta: la sostenibilidad del proyecto en un mercado donde la traducción literaria enfrenta costos crecientes y tiradas reducidas. La trayectoria de Empatía —fundación en 2018, interrupción por la pandemia, retorno y consolidación de catálogo— sugiere una resiliencia basada en la selección cuidada más que en la escala. La proyección de visitas a Ruanda y Ghana indica, además, una intención de profundizar el vínculo directo con editores y autores del continente, lo que podría reducir la mediación europea en futuras adquisiciones.
En términos estrictamente informativos, el caso permite constatar varios hechos: existe una editorial argentina dedicada a literatura africana contemporánea; su catálogo alcanza 22 títulos; incluye autores de al menos siete países africanos; combina obras recientes con clásicos poscoloniales como Marechera; y su criterio editorial articula valor literario y comprensión histórica. La singularidad del proyecto no radica en descubrir la literatura africana, que existe y se publica desde hace décadas, sino en construir un puente estable hacia el español desde una ciudad del sur, con las limitaciones y las posibilidades que ese emplazamiento impone. Esa es, quizá, la dimensión más relevante del fenómeno: no la novedad del continente, sino la novedad del trayecto.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
