Arquitectura

La arquitectura frente al desafío digital: el caso de Slantis y la brecha tecnológica en la industria

La industria de la arquitectura ha sido, durante décadas, uno de los sectores más reacios a incorporar tecnología en sus procesos productivos. Mientras otras disciplinas como la ingeniería automotriz o la aeronáutica adoptaron hace años el diseño paramétrico y la simulación digital, la práctica arquitectónica continúa dependiendo en gran medida de tareas manuales, documentación fragmentada y una escasa integración entre las etapas del proyecto. Esta brecha, que se repite tanto en Montevideo como en Nueva York, fue el punto de partida para la creación de Slantis, una firma fundada por las arquitectas Andy Robert y Mercedes Carriquiry que combina conocimiento disciplinar y tecnología para optimizar procesos, implementar metodologías BIM (Building Information Modeling) y acompañar a los estudios en la adopción de nuevas herramientas.

La historia de Slantis se remonta a la formación de sus fundadoras en Uruguay y su posterior experiencia en el exterior. Mercedes Carriquiry pasó por el estudio de Jean Nouvel en París, mientras que Andy Robert desarrolló proyectos en distintos mercados. Ambas coincidieron en un diagnóstico común: la arquitectura es una de las industrias que más lento adopta tecnología. «Eso pasa igual en Montevideo que en Nueva York», sintetizó Robert en una entrevista reciente. Ese diagnóstico las llevó a crear una empresa que no se limita a vender software, sino que interviene en la reorganización de los flujos de trabajo y en la producción misma de los proyectos.

El contexto histórico de esta resistencia tecnológica es relevante. Desde la Revolución Industrial, la arquitectura mantuvo un modelo artesanal de producción, basado en el dibujo manual y la coordinación secuencial de disciplinas. La irrupción del CAD (Computer-Aided Design) en los años 80 representó un primer avance, pero limitado a la representación gráfica. No fue hasta la década de 2000 cuando el BIM comenzó a ganar terreno, aunque su adopción masiva sigue siendo despareja. Según datos de la Cámara Argentina de la Construcción, en Argentina apenas el 30% de los estudios de arquitectura utiliza BIM de manera sistemática, y menos del 15% lo integra en todas las fases del proyecto. En países como Chile o Brasil, los incentivos estatales y la presión de los grandes desarrolladores impulsaron una adopción más rápida.

La propuesta de Slantis apunta a resolver dos problemas concretos. El primero son los procesos manuales y repetitivos. Si en la mitad de un proyecto se cambia un tipo de ventana, alguien corrige a mano el plano, la lista de materiales, el presupuesto y el detalle de cómo se construye. Y como el arquitecto, el ingeniero y la fábrica trabajan cada uno con su archivo, esa corrección se vuelve a hacer en cada mano por la que pasa. Son las horas de los socios y de los arquitectos con más oficio las que se pierden ahí produciendo documentación en vez de proyectar. El segundo problema es la poca colaboración entre las etapas: por un lado el equipo de diseño, por otro el de proyecto ejecutivo, después la obra. Cada uno con su manual y sus prácticas, y la información se vuelve a armar de cero en cada pasaje.

Ambas cuestiones tienen un costo común: el margen para probar algo nuevo. Cuando la producción se lleva las horas, la innovación queda para el próximo proyecto, y el próximo proyecto llega igual. Slantis nace de eso. «Sabemos cómo llevar un proyecto desde el diseño hasta la obra sin que se pierda nada en el camino y trabajamos para repensar cómo se hace arquitectura con la tecnología como catalizador», explica Robert.

El modelo de trabajo de Slantis se asemeja al de otras industrias. Un auto o un avión se diseñan de manera integral en una computadora donde se prueban antes de que se fabrique la primera pieza. En arquitectura se puede hacer lo mismo: se arma un modelo completo del edificio, un gemelo digital, que integra geometría, datos técnicos, materiales y costos. Ese modelo permite simular el comportamiento del edificio, detectar interferencias entre disciplinas y generar automáticamente planos y documentación. La empresa ya intervino en proyectos de escala global: la ampliación del campus de YouTube en San Bruno, California; la torre 270 Park Ave de Foster & Partners, donde realizaron el desarrollo de geometría, diseño para fabricación y ensamblaje, y planos de taller para la plaza del rascacielos de 60 pisos; y el diseño de interiores para varias tiendas de Yves Saint Laurent en América.

Estos casos evidencian que la transformación digital no es una opción exclusiva de los grandes estudios. Slantis trabaja tanto con firmas pequeñas como con corporaciones internacionales, adaptando la implementación de BIM según la escala y los recursos disponibles. La experiencia en proyectos como el de Foster & Partners demuestra que la integración temprana de la tecnología reduce errores, acelera los tiempos de entrega y mejora la coordinación con fabricantes.

Las implicancias de esta transformación son profundas. En términos económicos, la adopción de metodologías colaborativas puede reducir hasta un 20% los costos de documentación y un 15% los plazos de obra, según estudios de la consultora McKinsey. En términos sociales, la digitalización permite que arquitectos de distintas geografías trabajen de manera remota y colaborativa, lo que amplía el mercado laboral y diversifica las oportunidades. Sin embargo, también plantea desafíos: la brecha tecnológica entre estudios grandes y pequeños puede acentuarse, y la formación académica aún no incorpora estas herramientas de manera generalizada. En Argentina, universidades como la UBA o la Universidad de Palermo han comenzado a incluir BIM en sus planes de estudio, pero la actualización curricular es lenta.

La historia de Slantis se inscribe en una tendencia más amplia. En los últimos años, startups como la española BIM6D o la estadounidense PlanGrid (adquirida por Autodesk) han buscado digitalizar la construcción. Pero el enfoque de Slantis es distinto: no se trata solo de vender software, sino de cambiar la forma de producir proyectos. Como señala Robert, la innovación en arquitectura pasa menos por incorporar software que por modificar la manera en que los equipos trabajan y comparten la información.

El futuro de la industria dependerá de la capacidad de los estudios por adaptarse. La presión de los clientes, la competencia global y la necesidad de reducir costos y tiempos están empujando hacia un modelo más integrado. La experiencia de Slantis muestra que es posible, pero también que requiere un cambio cultural profundo. La tecnología es el catalizador, pero la transformación real ocurre cuando los arquitectos deciden abandonar las prácticas heredadas y adoptar flujos de trabajo colaborativos. En un contexto donde la construcción representa cerca del 13% del PIB mundial, según el Foro Económico Mundial, la urgencia de modernizar la arquitectura no es solo una cuestión de competitividad, sino de sostenibilidad y eficiencia en el uso de recursos.

La trayectoria de Andy Robert y Mercedes Carriquiry refleja el potencial de una nueva generación de arquitectos formados en América Latina y proyectados al mundo. Su apuesta por la tecnología no niega la disciplina, sino que la potencia. En ese sentido, Slantis no es solo una empresa de servicios: es un síntoma de un cambio de época en el que la arquitectura, finalmente, comienza a mirar hacia el futuro digital.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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