Cultura

Julian Barnes advierte sobre la IA en Oviedo: «Los jóvenes sí deberían estar preocupados»

La escena parecía propia de un club de lectura y, sin embargo, terminó convirtiéndose en una de las intervenciones más citadas de la semana cultural española. Julian Barnes, el escritor británico que el próximo viernes recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026 en el Teatro Campoamor de Oviedo, compareció el martes 20 de octubre ante unos 2.000 integrantes de más de 150 clubes de lectura de bibliotecas públicas de Asturias, A Coruña, Cantabria, León, Palencia y Toledo. El encuentro, titulado «Pensamiento, verdad y belleza» y moderado por la catedrática jubilada Socorro Suárez Lafuente, estaba diseñado como un diálogo sobre su obra. Pero fue una pregunta sobre inteligencia artificial la que desplazó el eje de la conversación hacia un terreno que excede la literatura y toca la economía creativa, el derecho de autor y la formación de las nuevas generaciones de escritores.

La formulación de Barnes fue precisa y, a la vez, deliberadamente ambigua. Sostuvo que cuando la inteligencia artificial sea capaz de hacer algo «original», los escritores tendrán «un problema», aunque se mostró escéptico ante la posibilidad de que ese umbral se alcance: dudó de que un sistema pueda escribir «Madame Bovary o La Regenta». Acto seguido, reconoció que la sola mención de la IA le produce cansancio y que, sin ser científico, no puede determinar si la tecnología será capaz de un acto creativo genuino o si permanecerá en el terreno de lo «meramente imitativo». Su diagnóstico provisional se apoyó en un rasgo concreto: la IA, dijo, «no muestra ningún sentido del humor», porque genera contenido a partir de lo que ya existe.

Ese argumento no es nuevo, pero adquiere peso en la voz de un autor cuya obra se construyó, precisamente, sobre la imposibilidad de acceder a una verdad única. En «El loro de Flaubert» (1984), Barnes narró la búsqueda obsesiva de un objeto biográfico menor y descubrió que las fuentes se contradicen, que todo relato es una reconstrucción parcial. La misma lógica reaparece en «El sentido de un final» (2011), que le valió el Man Booker Prize. Desde esa tradición, la distinción entre imitación y originalidad no es un detalle técnico: es el núcleo del problema.

El escritor ilustró su escepticismo con un caso concreto. Relató que una periodista solicitó a una IA el párrafo inicial de una supuesta nueva novela de Julian Barnes. El resultado, según su relato, fue un plagio directo y, «el resto imitación». La anécdota funciona como evidencia empírica de una intuición más amplia: los modelos de lenguaje operan por inferencia estadística sobre corpus preexistentes, de modo que su producción tiende a la recombinación de patrones antes que a la ruptura de los mismos.

Sin embargo, la parte más incisiva de su intervención no fue la descalificación técnica, sino la distribución generacional del riesgo. «No me siento amenazado por la inteligencia artificial hasta que sea más inteligente y escriba mucho mejor, pero para entonces ya estaré muerto», ironizó, para añadir de inmediato: «Los jóvenes sí deberían estar preocupados». La frase admite una lectura literal —la exposición laboral de los autores emergentes— y otra estructural: quienes están construyendo su oficio en un ecosistema donde los textos sintéticos ya circulan masivamente enfrentan condiciones de competencia distintas a las de una trayectoria consolidada.

Esa preocupación tiene correlato documental. Entre 2023 y 2024 se multiplicaron las acciones colectivas contra desarrolladores de IA generativa: el Authors Guild y un grupo de diecisiete escritores, entre ellos John Grisham y George R. R. Martin, demandaron a OpenAI por el uso de obras protegidas en el entrenamiento de sus modelos; poco antes, escritores y guionistas habían presentado demandas similares contra Meta y Google. La controversia no se limita a los libros: se extiende a imágenes, guiones y música, y ha involucrado a miles de titulares de derechos.

En paralelo, el marco regulatorio europeo avanza por etapas. El Reglamento (UE) 2024/1689 —el AI Act— contempla desde agosto de 2025 obligaciones para los modelos de uso general, incluida la documentación del contenido empleado en el entrenamiento. Desde el 2 de agosto de 2026 resultan exigibles las obligaciones de transparencia del artículo 50, que obligan a informar sobre la interacción con sistemas de IA y a marcar el contenido sintético, con excepciones cuando media revisión humana y responsabilidad editorial. Se trata de un avance relevante, aunque incompleto: el propio reglamento no resuelve de forma definitiva las tensiones entre licencias, autoría y responsabilidad derivadas del entrenamiento con obras protegidas.

El contraste entre ambas capas de información es significativo. Mientras Barnes sostiene que la IA actual es imitativa, el volumen de litigios y la arquitectura regulatoria indican que su impacto económico ya es material. No se discute únicamente la calidad estética del output, sino la apropiación de corpus, la remuneración de autores y la trazabilidad de los contenidos. La originalidad, en ese contexto, deja de ser una categoría exclusivamente artística y se convierte en un criterio jurídico y comercial.

En su diálogo con los lectores, Barnes desplegó además una concepción de la literatura que complementa su postura tecnológica. Afirmó que el fin último del oficio «es decir la verdad conforme a la manera en la que el autor del libro ve el mundo», y que el compromiso social del escritor debe evaluarse según el tipo de sociedad en la que escribe y el grado de libertad del que dispone. Expresó admiración por Émile Zola, pero situó por encima a Gustave Flaubert, al que consideró «el mejor escritor de la historia». Y delimitó su propia posición: cuando un autor elabora su obra «le está diciendo a la raza humana cómo es y cómo puede encontrar sus propias respuestas», algo que depende del temperamento de cada creador; en su caso, dijo, no escribe para indicar a otros cómo vivir. «Escribir ex cátedra desde una silla muy elevada no me interesa en absoluto», subrayó.

El contexto biográfico refuerza el peso de sus definiciones. Barnes, nacido en Leicester en 1946, convive desde hace años con un cáncer de sangre que describió como «intratable pero estable» y que le ha debilitado progresivamente. En enero de 2026 publicó «Despedidas», un volumen híbrido de ficción y memoria en el que aborda la memoria, la persistencia del amor, la idea del final y la necesidad de aprender a decir adiós; el autor anticipó que será su último libro. Caballero de las Artes y de las Letras de Francia y Premio Jerusalén, integra la generación Granta junto a Martin Amis, Ian McEwan, Salman Rushdie y William Boyd.

El reconocimiento asturiano, anunciado el 10 de junio de 2026, lo convierte en el primer escritor inglés y el segundo británico en obtener el galardón tras Doris Lessing en 2001. El acta del jurado destacó su condición de «extraordinario narrador y ensayista», su «visión lúcida, cálida y compasiva del género humano» y una obra que «reelabora, con mirada europeísta, la historia de la literatura, el arte, la música e incluso la gastronomía». Su candidatura, propuesta por la propia Suárez Lafuente, se impuso entre 37 postulaciones de veinticuatro nacionalidades. Barnes sucede a Eduardo Mendoza en una nómina que incluye a Carlos Fuentes, Álvaro Mutis y Mario Vargas Llosa.

La dimensión económica del fenómeno que Barnes describió merece una consideración separada. La literatura es un sector de márgenes estrechos para la mayoría de sus autores, y la irrupción de sistemas capaces de producir texto a bajo costo modifica las condiciones de negociación en editoriales, medios y plataformas educativas. A ello se suma una dimensión formativa: si los lectores jóvenes se alfabetizan en entornos donde el texto sintético es ubicuo, la trazabilidad de la autoría se vuelve una competencia crítica. La observación de Barnes sobre la ausencia de humor en la IA no es un juicio estético menor: el humor exige ruptura de expectativas, un desvío respecto del patrón que los modelos estadísticos tienden a reproducir.

El escenario que se dibuja no es binario. Es posible que la IA permanezca en el terreno de la imitación sofisticada y, simultáneamente, produzca consecuencias económicas severas para los autores emergentes. También es posible que la regulación europea, con sus obligaciones de transparencia desde agosto de 2026, introduzca incentivos para licenciar corpus y remunerar derechos. Ambas trayectorias conviven hoy sin resolución.

La conclusión que se desprende de los hechos es acotada y verificable. Un autor con más de cuatro décadas de trayectoria, premiado por su lucidez, sostuvo ante 2.000 lectores que la inteligencia artificial carece actualmente de originalidad y de humor, y que si alguna vez los alcanza, el problema será real. Situó ese riesgo en el futuro de los escritores jóvenes, no en su propio presente, ya sellado con «Despedidas». El viernes 23 de octubre, a las 18:30, en el Teatro Campoamor, recibirá el galardón que consagra esa trayectoria. La advertencia quedará formulada, con la distancia irónica que caracteriza su obra, en el mismo año en que el marco regulatorio europeo empezó a exigir transparencia sobre el contenido generado por máquinas.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *